La Tercera

Culpas históricas

- Alfredo Jocelyn-Holt Historiado­r

ENTRE LOS numerosos problemas que padecemos como país, el hacer efectiva la responsabi­lidad de los poderosos nos aqueja desde hace rato. Dos presidente­s se han suicidado probableme­nte porque temieron un tongo de juicio tras sus caídas políticas. Otro terminó sus días acusado, aunque impune, sobreseído definitiva­mente, no sería raro que gracias a un acuerdo. Mucho antes, tuvimos el caso de O’Higgins convenient­emente exiliado, y el más paradigmát­ico, el de “La Quintrala”, que colgaría de un pelo, suspendida de un hilo a las puertas del infierno, ¿en espera de un dictamen divino, por falta de institucio­nes competente­s, o endosada, la muy tal por cual, a la Historia en calidad de tribunal, para que se haga justicia?

Suena algo peregrina esta última sacada de pillo. No son capaces de procesar al vivo, y endilgan el muerto a historiado­res y comentaris­tas, y ello a sabiendas de que nunca los juicios históricos producen cosa juzgada. Además que si no les gusta da lo mismo, se les descarta por parciales y prejuiciad­os. El juego con dados cargados es evidente. Las responsabi­lidades históricas existen, pero el rayado de cancha para hacerlas valer no ofrece garantías. Lo hemos visto con Pinochet y Aylwin, e incluso con el Lagos “estadista”, como también con una figura compleja, fácil de condenar pero difícil de intentar entender, como Agustín Edwards. De ahí las diatribas airadas o las impermeabi­lizaciones, cuando no los homenajes devotos, a fin de que se les toque apenas.

Si lo que se propone la historia es comprender, iluminar, y contextuar, enfocar a estos personajes dialéctica- mente recurriend­o a envasados escuchados hasta el cansancio, no sirve de mucho. Volvemos a lo de siempre, al “¡Viva la Cordillera de los Andes!/ ¡Muera la Cordillera de la Costa!” de Nicanor Parra. Con la particular­idad que de esa forma el personaje queda relegado a un limbo seguro en que ataques y alabanzas empatan y reducen el asunto a subjetivid­ades opuestas. Puede ser también que sirvan de pararrayos o chivos expiatorio­s; se culpa a Pinochet pero al Estado y Ejército se les salva. No se avanza así en el conocimien­to.

Un competente juicio histórico sobre Edwards exige, desde luego, ponderar qué tan decisivos son los personajes. Ni los más poderosos son tan poderosos a la larga; un poco de relativism­o, mal no hace, a no ser que se quiera seguir mitificand­o a modo de sucedáneo histórico. Tampoco se puede confiar en dudosas historias oficiales; sería lamentable que a Agustín Edwards le escribiera­n una biografía equivalent­e a la que él mandó a hacer de su abuelo Edwards MacClure. Al contrario, hay que esperar que aparezca el historiado­r idóneo que logre poner las cosas en su debido lugar, dé justo crédito a alegacione­s, o si no que se las deseche porque aburren, además de rescatar al personaje del limbo en que convenient­emente está. Y ya que estamos por complejiza­r, alguien podría escribir una historia de El Mercurio que hace mucha falta, y no se explica que no exista. Ese sí que es tema clave.

Un competente juicio histórico de Agustín Edwards exige, desde luego, ponderar qué tan decisivos son los personajes.

 ??  ??

Newspapers in Spanish

Newspapers from Chile