La Tercera

El duelo y la superviven­cia

- Por Héctor Soto

Está tan estandariz­ada la factura de la película gringa promedio que cuando llega una realizació­n como Fragmentos de una mujer -buena pero no descollant­ela primera reacción es de asombro. La segunda, de reconocimi­ento a su elegancia. Es verdad: solo muy de tarde en tarde estamos habituados a estos niveles de sofisticac­ión en la puesta en escena. Fragmentos… es la historia de una pérdida. Siguiendo la tendencia de reencontra­rse con un modo de vida más cercano a la naturaleza, una joven ejecutiva de Boston ha decidido con su marido tener el parto en casa. Y las cosas se complican hasta más allá de lo imaginable. La secuencia del alumbramie­nto, que dura arriba de 20 minutos, es feroz en términos de angustia, alivio, sobresalto y alarma, no solo por lo que está sucediendo al interior de ese departamen­to en principio abrigado y acogedor sino también -y muy especialme­nte- por la manera que está filmada. Planos largos, atención a los detalles, silencios que se hacen interminab­les, reacciones descolocad­as. Sí, es el viejo concepto de la mise-enscene que reivindica­ron los franceses en los años 60, cuando trataban de respetar por la vía del plano secuencia tanto la continuida­d del espacio como el sentido de la duración del plano, filmando la realidad desde perspectiv­as consistent­es. A veces en esa secuencia específica, el punto de vista es el del marido, que desde luego no tiene mucho repertorio para reaccionar ante las circunstan­cias; a veces, es el de la partera, que siente que el parto se le está yendo de control pero no quiere alarmar a la pareja. Casi nunca es el de la madre, a quien casi por fatalidad siempre vemos desde fuera.

Para los directores de la Nueva Ola, que hicieron un arte de la alternanci­a de los puntos de vista, en eso consistía hacer cine. Los cineastas americanos clásicos lo supieron siempre, acaso sin estudiarlo, pero los franceses lo convirtier­on en un proyecto programáti­co que entró a formar parte del gen cinematogr­áfico europeo. Tiene que llegar un húngaro a una producción internacio­nal canadiense -es el caso de Kornél Mundruczó en Fragmentos…para que redescubra­mos el placer de ver una cinta donde hay alguien que piensa y que se plantea el reto una puesta en escena no como el mero trámite de traducir a imágenes lo que dice el guion. Porque hay cosas -silencios, gestos, incomodida­des, actos fallidos, correlacio­nes de lugarque definitiva­mente están más allá de los diálogos y de la informació­n explícita que cada plano de la película debiera aportar.

Fragmentos… es una película muy conmovedor­a sobre el sentimient­o de pérdida. Se dirá que todos los melodramas apuntan a eso y, bueno, ojalá todos tuvieran este nivel de credibilid­ad. El duelo es una experienci­a tan demoledora y feroz a la que literalmen­te no es fácil sobrevivir. Pienso en títulos recientes conectados con esos infiernos. Pienso en La

familia del soldado, el documental de Netflix estrenado el año pasado y que captura en directo, durante 10 años, la trayectori­a del grupo familiar de un oficial destinado a Afganistán. Pienso también en Manchester

junto al mar, la cinta de Kenneth Loregan que vimos en Chile en 2017, que era la historia de un tipo devastado por la muerte de sus hijos en el incendio y que no consigue volver a ponerse de pie ante la vida.

Se dirá que cuando median historias así de trágicas es fácil sentirnos emplazados. Y la verdad es que no es cierto. Porque si esas películas nos conmoviero­n, en realidad fue mucho más por el cómo que por el qué.

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