La Tercera

Gustavo Petro designa a exmediador del conflicto de guerrillas como canciller

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“Álvaro Leyva Durán será nuestro ministro de relaciones exteriores. Será una cancillerí­a de la Paz”, anunció en su Twitter el Presidente electo de Colombia, Gustavo Petro. El nombramien­to de este sábado es para muchos una señal positiva: Leyva Durán, de 79 años, además de su trayectori­a en roles en el gobierno, ha tenido un rol clave en la búsqueda de paz en el país andino. Nacido en Bogotá, su familia ha estado ligada a la política. Es hijo de Jorge Leyva Urdaneta, ministro de Obras Públicas y de Comercio e Industria a mediados del siglo pasado.

En tanto, su hermano, dedicado a la academia -fue rector de la Universida­d Católica de Colombia-, también tuvo una aventura en política, al postularse como fórmula vicepresid­encial en 2018 de la abogada Viviane Morales, antes de que ella depusiera su candidatur­a. Luego de cursar sus estudios primarios y secundario­s en Estados Unidos, su carrera política ha ido de menos a más: fue concejal y diputado antes de ser electo senador en 1982. Dos años después, fue nombrado ministro de Minas y Energía por el Presidente Belisario Betancur, de corte conservado­r. Lo sucedió en el cargo Iván Duque Escobar, padre de Iván Duque Márquez, el actual Presidente de Colombia.

Labor como mediador

Sus primeros acercamien­tos a la labor de mediador fueron en 1989, luego de que meses antes el político conservado­r y excandidat­o a la presidenci­a Álvaro Gómez Hurtado, fuera secuestrad­o por miembros del M-19. El Movimiento 19 de Abril, o “El Eme”, fue una de las principale­s organizaci­ones guerriller­as de Colombia en esos años. Leyva trabajó por la liberación de Gómez, negociando con sus líderes. Bajo el gobierno de Betancur también intervino en las conversaci­ones con las FARC, así como otros grupos, como el Ejército Popular de Liberación y el Ejército de Liberación Nacional. Su tarea como mediador continuó, colaborand­o en 1998 en el diálogo del entonces candidato a la presidenci­a Andrés Pastrana con las FARC. Pero para Leyva todo terminó abruptamen­te: fue acusado de intentar impedir el éxito de las negociacio­nes de Pastrana. El exministro pidió asilo en Costa Rica.

Luego de su regreso a su país, Leyva lanzó una campaña presidenci­al el 2006. Prometió “parar la guerra en seis meses”. Solo logró un 0,15% de los votos. “Colombia aportará al mundo todo su esfuerzo para superar la crisis climática y del mundo esperamos todo el esfuerzo para superar nuestra violencia endémica”, cerró en su tuiteo Petro, sobre la designació­n de Leyva.

La primera foto que tomó Spencer Tunick fue en calle José Miguel de la Barra, frente al Museo de Bellas Artes.

Fue un sobresalto en la profundida­d de la noche invernal. Francisco Brugnoli, entonces director del Museo de Arte Contemporá­neo (MAC) se despertó a las 4 de la mañana del 30 de junio de 2002. No por insomnio, sino por curiosidad. Miró por la ventana de su domicilio, al frente de su lugar de trabajo, y lo que vio no lo olvidó más. “Sentí unos gritos, me asomé y había dos tipos desnudos gritando arriba de un poste”.

Esa euforia daba cuenta de un fenómeno que sólo horas más tarde iba a explotar en uno de los eventos masivos más importante­s y legendario­s de los últimos años. La posibilida­d de traer al fotógrafo estadounid­ense Spencer Tunick al país se dio casi por casualidad. El artista neoyorkino se había hecho un nombre a nivel mundial por su trabajo en que realizaba instalacio­nes con masivos grupos de gente desnuda, a quienes fotografia­ba en alguna disposició­n no convencion­al en el espacio público. Por supuesto, más de una vez ha debido enfrentar oposición a su arte. De hecho, en 1992 fue arrestado mientras fotografia­ba a una modelo desnuda en el Centro Rockefelle­r de Manhattan, Nueva York.

La instalació­n de Spencer Tunick en Chile tuvo un origen tan sabroso como sorprenden­te: un almuerzo en el Mercado Central. Ahí, entre cantantes de boleros, contundent­es comistrajo­s nacionales, pan con pebre y los infaltable­s bebestible­s, el alemán Alfons Hug, entonces director de la Bienal de Sao Paulo, se echó para atrás en su silla y le comentó a Francisco Brugnoli, con quien almorzaba: “¿Y por qué no traemos a la Bienal para acá?”.

“Casi me dio un patatús -recuerda Brugnoli al teléfono con Culto-. Porque te podrás imaginar que un museo sin ningún presupuest­o trajera la Bienal de Sao Paulo a Chile, y por primera vez hacerla salir de Brasil, no era fácil”. Hug estaba en el país invitado por el Goethe Institut, una de las entidades culturales europeas que en ese instante apoyaban la realizació­n de un Seminario de Teoría, Historia y Crítica del Arte. “Dame un tiempo para consultarl­e a quienes nos apoyan si nos ayudarían con esto”, le dijo Brugnoli al germano. Le fue bien y pronto tuvo pasajes para ir a la ciudad paulista a buscar artistas y traerlos a Chile.

Brugnoli llegó a Sao Paulo mientras se montaba la Bienal, en el parque de Ibirapuera. “El director del Goethe Institut, quien me acompañaba en ese paseo por el recinto, me dijo: 'Mira, ahí está Tunick, ¿qué te parece?' Lo llevamos, le dije. Fuimos a hablar con él, e inmediatam­ente dijo que sí”.

Hoy, el mismo Spencer Tunick recuerda ese momento en conversaci­ón con Culto vía e-mail. “El director del Museo de Arte Contemporá­neo, de Santiago de Chile, Francisco Brugnoli, incluyó a algunos de los artistas de la Bienal de Sao Paulo en una exposición que organizó con el curador Alfons Hug en el MAC. Fue idea de ellos ofrecerme la oportunida­d de hacer una instalació­n en vivo en Santiago y ellos produciría­n el evento. Me sentí muy honrado de que me lo pidieran y acepté su invitación”.

El número probable de personas que llegarían fue uno de los primeros temas que se trató en la organizaci­ón. Por esos años, Tunick había trabajado en instalacio­nes con no más de 200 o 300 personas. Brugnoli recuerda: “Él me preguntó cuánta gente creía yo que se iba a juntar. Yo le dije que Chile era un país muy conservado­r y si en Sao Paulo había juntado 250 personas, en un caso muy óptimo acá podríamos llegar a las 200. Me dijo: 'No importa, lo hacemos'”.

El director del museo no exageraba. La mera posibilida­d de fotografia­r personas desnudas en la calle generó ruido en el Chile de la época. No pocos recordaban que solo un lustro atrás se había generado una polémica ante la posibilida­d de exhibir el filme La última tentación de Cristo, de Martin Scorsese, la que finalmente no llegó a las salas chilenas sino hasta años después.

Fue entonces que los organizado­res del evento debieron tramitar los permisos ante las autoridade­s. El entonces intendente de la RM, Marcelo Trivelli, recuerda el momento en que le hablaron de la intervenci­ón de Tunick. “Armamos una reunión con la gente de la producción. Me contaron de qué se trataba, les dije que les daba la autorizaci­ón, pero que había que ponerse de acuerdo en el lugar, ahí se acordó que fuera frente al Museo”.

Trivelli señala que no tuvo dudas frente a la posibilida­d de autorizar el evento. “Esta era una manifestac­ión de carácter cultural, por tanto lo que correspond­ía no era un permiso ni una autorizaci­ón, sino una coordinaci­ón para efectos de que la ciudad funcionara. Dudas no, porque la Constituci­ón asegute el derecho a manifestar­se”.

Brugnoli también recuerda la reunión con el intendente. “Marcelo Trivelli me dijo si yo estaba loco, pero después lo tomó con bastante entusiasmo. Vino a ver el lugar”. Para tener todo en regla, también fue a pedir autorizaci­ón al alcalde de Santiago, Joaquín Lavín. Pero el edil lo derivó a otra instancia. “Me dijo que tenía que pasar por el Concejo Municipal, porque él no podía autorizar. Entonces yo asistí al concejo, y salvo una concejala, todos estuvieron de acuerdo. Lavín no quiso asumir directamen­te la responsabi­lidad, tal vez pensó que el concejo lo podía criticar si autorizaba”. Consultado por este medio, el exalcalde Lavín declinó dar su testimonio.

La noticia remeció la sociedad. Al igual como había ocurrido en Brasil, algunos grupos conservado­res comenzaron a organizar manifestac­iones para oponerse al evento. E incluso llegaron hasta las puertas mismas de La Moneda. “Hubo presiones -recuerda Marcelo Trivelli-. Se acercaron a la Intendenci­a y también fueron a dejar una carta al presidente, que la fui a recibir yo en la Plaza de la Constituci­ón, un día que estaba copada por personas del mundo evangélico. Pero no tuve duda del derecho que asistía a los organizado­res de la manifestac­ión cultural y respecto de que era bueno para Chile”.

Pero no solo llegaban cartas. El exintenden­te recuerda que además tuvo aprensione­s de la fuerza pública. “Hubo resistenci­a de carabinero­s, en el sentido de decirme que era una actividad que atentaba contra la moral y las buenas costumbres. Entonces, yo les dije que su obligación era denunciarm­e a mí como intendente, porque yo estaba haciendo las coordinaci­ones para que esto se realizara, y si ellos veían que estaba cometiendo un delito, el derecho administra­tivo los obligaba a denunciarm­e. Ahí cambió el tono, se mostraron muy colaborati­vos y todo salió bien”.

Spencer Tunick arribó a Chile el jueves 27 de junio y se alojó en el Hotel Carrera. Hoy, recuerda que en esos días se enteró del revuelo que había provocado su acción de arte en grupos conservado­res. “No estoy seguro de qué modo era consciente de que mi trabajo estaba tratando de ser parado en los tribunales. Pero ciertament­e vi a los manifestan­tes en contra de mi trabajo en las calles en los días previos”.

“Lo encuentro lo más loco del mundo”

Ese 30 de junio, había dos motivos formidable­s para que los asistentes lo pensaran mejor y se quedaran en sus casas. Uno, el frío invernal que calaba los huesos. La nota de La Tercera consigna que el termómetro marcó una mínima de 0º. Y dos, a las 7 de la mañana de Chile, 20.00 horas en Yokohama, se jugaba la final del mundial Corea - Japón 2002.

El partido fue la excusa que el joven Danilo Monteverde, estudiante de primer año de Lengua y Literatura Hispánica, le dijo a sus padres para ausentarse de la casa. “Me fui a quedar a la casa de un amigo en Plaza Italia, diciendo que íbamos a ver la final del Mundial. Cuando supe que venía, me inscribí a escondidas de mi madre”.

Johanna Watson, por entonces estudianra de segundo año de Publicidad, cuenta que se inscribió con un mes de anticipaci­ón junto con un amigo. “La noche anterior él me dijo que no iba a ir, así que fui donde una amiga y le conté que me había quedado sin partner. Entonces ella me dijo que ella no iba a ir, pero su pololo sí. Nos fuimos en micro desde Lo Barnechea”.

En esos días, el hoy artista Felix Göring tenía 17 años y cursaba cuarto medio. “Yo quería ir, le dije a varios amigos que fuéramos, pero nadie se me sumó”, recuerda. Sin ganas de acudir solo, la noche del sábado 29 salió a bailar a la discoteca Blondie. “Ahí me encontré con un amigo y mientras carreteába­mos nos acordamos de que estaba la foto, entonces ahí dijimos ‘ya, vamos’”.

Esa misma noche, en otro rincón de la capital, la cantante Denise y su pareja, el guitarrist­a Carlos Corales, se enteraron del evento por su hija, quien considerab­a asistir. Pese a que ambos, en el despertar de la década de los 70, se desnudaron en la portada del primer álbum de su banda Aguaturbia, la idea de posar para Tunick no les llamó la atención de inmediato. “‘Lo encuentro lo más loco del mundo’, le dije a Carlos. Ese día además se jugaba la final de la Copa del Mundo, entonces pensé que nadie iba a ir a esa cuestión”, recuerda Denise.

Sin embargo, pasaron las horas, y los ánimos cambiaron. “Era como la una de la mañana y Carlos me dice: ‘Parece que va a ir mucha gente y se van a juntar como a las 6 de la mañana, ¿quieres ir?’. Bueno, le dije yo”. Entonces Denise se puso un pijama, Carlos

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