MA­RIA­NA, con­tra to­dos los mie­dos

Paula - - ENTREVISTA -

LA AC­TRIZ HA­BLA POR PRI­ME­RA VEZ DEL TRAS­PLAN­TE HEPÁTICO DE ÁL­VA­RO HENRÍQUEZ, SU EX­PA­RE­JA Y PA­DRE DE SU HI­JA DE 16 AÑOS. “PA­RA ELLA HA SI­DO SUPERDURO, AUN­QUE ES MUY RE­SI­LIEN­TE. ES MA­DU­RA Y SA­BE QUIÉN ES SU PA­PÁ. TIE­NE MUY BUE­NA RE­LA­CIÓN CON ÉL. ADE­MÁS YO ME HE PREO­CU­PA­DO CON TRES COJONES DE ARMARLA MUY BIEN”, DI­CE LA IN­TÉR­PRE­TE QUE POR ES­TOS DÍAS GRA­BA LA CIN­TA EMA JUN­TO A GAEL GAR­CÍA. “ME GUS­TAN LOS AC­TO­RES CO­MO ÉL: SEN­CI­LLOS, SUPERPOLÍTICOS Y QUE SE MOJAN EL CU­LO”, AFIR­MA. DES­DE SU BAN­DE­RA FE­MI­NIS­TA FLAMEANDO, MA­RIA­NA LO­YO­LA ES­TÁ DE­CI­DI­DA A VEN­CER TO­DOS SUS TE­MO­RES: “ME ATRE­VO A DE­CIR CO­SAS QUE NO MU­CHOS DI­CEN”.

“HAY UNA JUS­TI­CIE­RA DEN­TRO DE MÍ.

Una jus­ti­cie­ra fe­mi­nis­ta”, de­cla­ra Ma­ria­na Lo­yo­la. Y son­ríe. Su sim­pa­tía no se des­va­ne­ce ni cuan­do se su­mer­ge en los te­mas que más le in­dig­nan, co­mo la ca­ren­cia de una ley de abor­to uni­ver­sal, la dis­pa­ri­dad de suel­dos en­tre hom­bres y mu­je­res, y el aco­so. Su ca­ris­ma en pan­ta­lla se tras­la­dó a la vi­da real y la han ten­ta­do pa­ra co­men­zar una ca­rre­ra en el Con­gre­so. Pe­ro ella se re­sis­te. Pre­fie­re el ci­ne: su gran amor ar­tís­ti­co. “Me gus­ta ac­tuar, poh”, re­su­me. Hoy es­tá en mu­chas ba­ta­llas. La más im­por­tan­te, la úl­ti­ma, fue ar­mar emo­cio­nal­men­te a su hi­ja Oli­via, de 16 años, pa­ra en­fren­tar el tras­plan­te de hí­ga­do de su fa­mo­so pa­dre. Ál­va­ro Henríquez, su ex­pa­re­ja y lí­der de Los Tres, fue tras­plan­ta­do el 1 de ma­yo pa­sa­do tras con­ver­tir­se en el pa­cien­te más gra­ve del país a cau­sa de su pro­lon­ga­do al­coho­lis­mo. “Fue heavy”, di­ce Lo­yo­la con esa po­de­ro­sa na­tu­ra­li­dad que tan­tos per­ga­mi­nos le va­le en­tre sus co­le­gas. Unos mi­nu­tos atrás Ma­ria­na es­ta­cio­nó su ca­mio­ne­ta en el Star­bucks de La Rei­na, la co­mu­na don­de vi­ve con la fa­mi­lia que ar­mó con el fo­tó­gra­fo Ro­dri­go Par­dow, su ma­ri­do. Tie­ne 60 mi­nu­tos exac­tos pa­ra con­ver­sar, di­ce, pues hay prio­ri­da­des. En una ho­ra se va rau­da a bus­car a su hi­ja por­que pre­fie­re que no ande en mi­cro. “Las mu­je­res vi­vi­mos con mie­do, ¿tú vi­ves con mie­do? No. ¿Tú sa­bes lo que es an­dar en mi­cro sen­ta­da en la fi­la de ade­lan­te con el bol­si­to acá?”, pre­gun­ta y se en­ro­lla en la si­lla. Por eso le gus­tan los via­jes a paí­ses que nos lle­van ven­ta­ja. Don­de se pue­de an­dar li­bre a las 3 de la ma­ña­na, sin mie­do y en el es­ta­do que sea. Y pen­sar jus­to aho­ra en esas la­ti­tu­des desa­rro­lla­das, mien­tras prue­ba su lat­te con le­che de co­co, le da ra­bia. “Me mo­les­ta por­que es­ta­mos tan atra­sa­dos. Pien­sa que es­ta co­mu­na se es­tá ar­man­do por su­ge­ren­cia del al­cal­de (Jo­sé Ma­nuel Pa­la­cios). Qué ra­bia. Pe­se a to­do creo que es­ta­mos evo­lu­cio­nan­do. Por eso hay que ser pro­gre­sis­ta, proac­ti­vo y fe­mi­nis­ta. El fu­tu­ro es fe­mi­nis­ta”, va­ti­ci­na. A los 43 años –aun­que en bro­ma pi­de que no se lo re­cuer­den– es un re­fe­ren­te del fe­mi­nis­mo y es­tá en­fren­ta­da a to­dos sus mie­dos. A la muer­te, a asu­mir que su hi­ja em­pie­ce a an­dar so­la, a que ca­rre­tee. No les te­me a los di­rec­to­res ma­chis­tas, ni a quie­nes se opo­nen a una ley de abor­to, a los pi­no­che­tis­tas, a la cul­pa. In­clu­so se atre­ve a abor­dar al­go de su vi­da pri­va­da, pe­se a ser ex­tre­ma­da­men­te re­ce­lo­sa de lo que pa­sa en su ca­sa. “Me da mie­do ven­ti­lar la in­ti­mi­dat”, bro­mea cam­bian­do la ‘d’ por una ‘t’. Pe­ro lo di­ce en se­rio. “Lo de ser mu­jer y sen­tir mie­do es real. Por eso el fe­mi­nis­mo es en­fren­tar­se a to­dos los mie­dos. He es­ta­do pen­san­do que con la muer­te de mi ma­má – 21 años atrás– me pa­sa­ron dos co­sas. Una, es que apa­re­ce el mie­do ate­rra­dor a la muer­te y, por otro la­do, emer­ge esa li­ber­tad que te pro­vo­ca te­ner con­cien­cia de que la vi­da se aca­ba, que se aca­ba ya. Y asu­mes el car­pe diem y tal, pe­ro tie­nes que ser con­se­cuen­te. Yo me atre­vo a de­cir co­sas que no mu­cha gen­te se atre­ve, en­ton­ces me pa­sa la cuen­ta. Pe­ro es inevi­ta­ble, por­que hay una jus­ti­cie­ra en mí”, re­cal­ca. La ac­triz di­ce en que es­te 2018, de pron­to, se apa­re­ció Pi­no­chet otra vez. “De­be ser por­que se cum­plie­ron 45 años del Gol­pe. O la de­re­cha efec­ti­va­men­te hi­zo un pac­to con Kast, no sé. Pe­ro los pi­no­che­tis­tas es­tán desata­dos. No so­lo la Paty Mal­do­na­do en te­le­vi­sión ni el dipu­tado Urru­tia en el Con­gre­so; mu­cha gen­te en Twit­ter se de­cla­ra pi­no­che­tis­ta 100%. A mí no me gus­tan los pi­no­che­tis­tas, no por un pro­ble­ma po­lí­ti­co, por un pro­ble­ma éti­co”, afir­ma

Te ti­ran har­tos mi­si­les por Twit­ter

¿Los pi­no­che­tis­tas? sí. Pe­ro los si­len­cio, ni los blo­queo. Lo apren­dí de quie­nes tie­nen fa­mi­lia­res eje­cu­ta­dos o de­te­ni­dos des­apa­re­ci­dos. Ellos con to­do su do­lor de­fien­den los de­re­chos hu­ma­nos y es­tán lle­nos de amor.

Eso va en lí­nea con al­go que di­jis­te ha­ce un tiem­po: “No ha­ré más co­sas que no me gus­tan”.

Pe­ro eso tie­ne que ver más con la pe­ga, a ve­ces no me re­sul­ta mu­cho, por­que es di­fí­cil vi­vir. Por eso ten­go mi py­me (Am­ma Ghee, em­pren­di­mien­to gourmet que se ob­tie­ne de la pu­ri­fi­ca­ción de la man­te­qui­lla sin sal). En un mi­nu­to me ca­brié de las te­le­se­ries. La py­me pa­ga las deu­das. Las cuen­tas más que las deu­das. Ten­go una ca­sa y un au­to. Ten­go su­per­buén vi­vir, no di­go que no, pe­ro no me ar­mé un es­ti­lo de vi­da así guau. So­lo me en­can­ta via­jar.

¿Por qué a los ac­to­res de iz­quier­da les en­ros­tran sus bie­nes?

Por­que hay muy ma­la edu­ca­ción cí­vi­ca en es­te país. Se cree que los que pen­sa­mos co­mo so­cial­de­mó­cra­tas so­mos co­mu­nis­tas, so­mos ‘zur­dos’. Ade­más ¿qué ac­tor es de de­re­cha?

Lu­ciano Cruz-Co­ke…

Pe­ro es que ca­si no hay. Ya, uno o dos. Creo que la sen­si­bi­li­dad ar­tís­ti­ca en ge­ne­ral es más de iz­quier­da por­que es­ta­mos más cer­ca de la reali­dad.

¿La de­re­cha es una bur­bu­ja?

Es que se van ca­da vez más arri­ba a los ce­rros. Y aho­ra con pis­to­las en las ca­sas, co­mo quie­re el al­cal­de de es­ta co­mu­na. Yo he pues­to car­te­les que di­cen “no ten­go ar­mas”, por­que no ten­go. No ten­go na­da. Ten­go una te­le.

Y aquí vas a de­cir el cli­ché de los ac­to­res: no veo te­le.

Ja­ja­já, es que no veo, poh. Veo Net­flix, no te­le­se­ries.

Eso es co­mo un es­cri­tor que no lee li­bros.

Yo no ha­go so­lo te­le­se­ries. Ade­más las te­le­se­ries en Chi­le no son tan bue­nas. Pe­ro son me­jo­ra­bles.

¿Tu hi­ja tam­po­co ve te­le?

No, no tie­ne per­mi­so, ja­ja­já. Pe­ro ve Friends. Yo ten­go los ho­ra­rios bien res­trin­gi­dos en mi ca­sa. La Oli cuan­do era chi­ca… qué atroz soy, ja­ja­já… fi­lo, co­mo has­ta los 12 no po­día ver te­le en la se­ma­na.

¿Qué be­ne­fi­cios le tra­jo?

Pre­gún­ta­le a cual­quier ami­go mío có­mo es la Oli­via, se me po­ne el pe­cho de pa­lo­ma. Yo me crié en un ma­triar­ca­do, mi ma­má era su­per­exi­gen­te, era pro­fe­so­ra. Mi pa­pá tra­ba­ja­ba en dis­tin­tas ciu­da­des e iba a la ca­sa fin de se­ma­na por me­dio. Ella fue muy ma­má, pe­ro exi­gen­te. Mis ami­gos la ama­ban y yo de­cía por qué, si es tan pa­ca. Me acuer­do que ti­po 20 de fe­bre­ro te­nía­mos que em­pe­zar a ha­cer ta­reas con mis her­ma­nos.

¡Qué la­te­ra!

Sú­per, ja­ja­já. Pe­ro era lo má­xi­mo. Pre­gún­ta­le a la Ja­vie­ra Con­ta­dor por ella, que era mi com­pa­ñe­ra de Tea­tro en la UC. Mi ma­má fue mi fan nú­me­ro uno, ex­tra­or­di­na­ria, nos ha­cía has­ta el ves­tua­rio. La amo y la ex­tra­ño to­dos los días.

¿Eres igual a ella?

Más re­la­ja­da. Me en­can­ta­ría que la Oli­via le­ye­ra más, por ejem­plo. Co­mo la Mi­cae­la, que es la hi­ja de Ro­dri­go (su ma­ri­do), que es­tá los fi­nes de se­ma­na con no­so­tros. Pe­ro la Oli jue­ga hoc­key, es al­ta co­mo su pa­dre, y tie­ne una in­te­li­gen­cia so­cial de al­to im­pac­to.

Eso es tu­yo.

Sí, pe­ro de Ro­dri­go tam­bién. Ro­dri­go la crió des­de que te­nía 2 años y me­dio y ya tie­ne 16 y me­dio.

¿Ro­dri­go ha si­do más pa­pá que Ál­va­ro en ese sen­ti­do?

Ro­dri­go ha si­do el pa­pá co­ti­diano, del día a día. Por­que fi­nal­men­te cuan­do tú te se­pa­ras tie­nes un ré­gi­men que es fin de se­ma­na por me­dio. Y el pa­pá de la Oli tie­ne unos ho­ra­rios peor que los míos.

¿Có­mo es la re­la­ción de Oli­via y Ál­va­ro?

Bue­na. Pe­se al te­rre­mo­to que fue su tras­plan­te. Tie­ne al­tos y ba­jos por la con­di­ción de Ál­va­ro. Es­te año iba bien has­ta que se des­mo­ro­nó de nue­vo. A la Oli le gus­ta es­tar con su pa­pá, es una re­la­ción ma­du­ra, mi hi­ja es una ni­ña re­si­lien­te en ese sen­ti­do. Ella es muy ma­du­ra y yo me he preo­cu­pa­do con tres cojones de armarla muy bien. Creo que mi edu­ca­ción, y Ro­dri­go ha apor­ta­do mu­cho en eso tam­bién, ha si­do sos­te­ner­la so­bre to­do en es­te pro­ce­so, dar­le he­rra­mien­tas pa­ra que ella pue­da ma­ne­jar es­ta si­tua­ción den­tro y fue­ra de la ca­sa, por­que ha si­do com­ple­jo y pú­bli­co. Ella quie­re mu­chí­si­mo a su pa­pá.

Ca­si se mue­re Ál­va­ro Henríquez.

Yo me ale­gro que es­té bien, que ha­ya sa­li­do de es­ta, que se ha­ya sal­va­do. Es­toy con­ten­ta, es el pa­pá de mi hi­ja, lo va a ser to­da su vi­da y si él es­tá sano pa­ra to­dos es me­jor. Ade­más creo que su ca­so nos re­cuer­da que te­ne­mos que ser do­nan­tes, por­que se pue­den sal­var vi­das. Ál­va­ro ade­más es un ti­po tre­men­da­men­te ta­len­to­so, que tie­ne mu­cha mú­si­ca que en­tre­gar to­da­vía. Y que­re­mos ser tes­ti­gos de eso.

¿Es com­pli­ca­do pa­ra Oli­via que sus pa­pás sean fa­mo­sos?

No. Yo me con­si­de­ro co­no­ci­da pe­ro no un per­so­na­je pú­bli­co. No me desen­vuel­vo en la vi­da co­mo tal. An­do de bu­zo, mis ami­gas son las mis­mas, no ha cam­bia­do mi vi­da por sa­lir en la te­le.

¿Có­mo ha si­do Ál­va­ro co­mo pa­pá?

Ha si­do un pa­pá mú­si­co. Un pa­pá más des­de lo in­te­lec­tual, creo yo. En lo co­ti­diano ha si­do más pa­pá Ro­dri­go, re­pi­to.

Te com­pli­ca que te pre­gun­ten mu­cho por él.

Sí, por­que es el pa­pá de mi hi­ja y va­mos a es­tar li­ga­dos siem­pre. No me gus­ta ex­po­ner a mi hi­ja, no lo ha­go. Soy cui­da­do­sa con eso. En­ton­ces en ese sen­ti­do no le res­pon­de­ría a na­die la in­ti­mi­dad de la re­la­ción que pue­do o no te­ner con su pa­pá. Lo del tras­plan­te ha si­do do­lo­ro­so, nos he­mos preo­cu­pa­do yo y Ro­dri­go de sos­te­ner a la Oli­via y de que ella afron­te es­ta reali­dad que ha si­do su­per­fuer­te. Pe­ro ella es­tá bien pa­ra­da.

¿Tu quie­bre con Ál­va­ro Henríquez se pro­du­jo en par­te por su abu­so del al­cohol?

Por su­pues­to que sí, y fue do­lo­ro­so.

¿Te da mie­do que la Oli ca­rre­tee?

Ella es muy ma­du­ra, sa­be quién es su fa­mi­lia, sa­be quién es su pa­pá. Ella es su­per­con­tro­la­da y de­por­tis­ta. Nos gus­ta via­jar y ca­mi­nar, so­mos una fa­mi­lia su­per­sa­na.

Te cam­bio de te­ma…

Uf, ya, me­jor. Su­fi­cien­te ‘in­ti­mi­dat’.

¿Qué te pa­re­ció que el pre­si­den­te Pi­ñe­ra le cor­ta­ra un me­chón de pe­lo a la in­ten­den­ta Ru­bi­lar?

Im-pac-tan-te. Atroz, me si­gue im­pre­sio­nan­do es­te se­ñor. ¿Vis­te lo de las na­ran­jas fal­sas en La Mo­ne­da? Es tí­pi­co de es­te go­bierno: apa­ren­tar y po­co con­te­ni­do.

¿Te sen­ta­rías en una me­sa con Pa­tri­cia Mal­do­na­do?

No creo. Ella tie­ne una co­sa muy ira­cun­da, las dos ve­ces que fui al ma­ti­nal pe­dí que no es­tu­vie­ra. Y no por­que yo com­pi­ta con ella, no quie­ro vio­len­tar­la, lo que pa­sa es que no me da el cue­ro, no po­dría mi­rar­la a los ojos. Es una mu­jer que tie­ne un cor­vo col­ga­do al cue­llo, y di­ce co­sas fe­ro­ces. Que lo di­ga en su ca­sa pe­ro no en la te­le. Qué pa­sa con los edi­to­res de los ma­ti­na­les. Ya, y sé que aquí van a de­cir si pien­so que en Ve­ne­zue­la hay una dic­ta­du­ra. Y yo di­go sí, Ve­ne­zue­la, Cu­ba y Ni­ca­ra­gua, las tres son dic­ta­du­ras. Y Chi­na tam­bién, pe­ro con Chi­na no se me­ten por­que tie­nen el po­der eco­nó­mi­co. Hay do­ble es­tán­dar en la de­re­cha y la iz­quier­da. Por eso me gus­tan las nue­vas mi­ra­das co­mo el Fren­te Am­plio o mu­cha gen­te ati­na­da de Evó­po­li.

¿Te cae bien al­guien de la de­re­cha du­ra?

No. Pe­ro me pa­sa con La­vín, y co­mo que me car­ga que me pa­se, ja­ja­já, que lo en­cuen­tro tierno, co­mo bueno, tie­ne bue­nas in­ten­cio­nes. Oja­lá fue­ra un po­qui­to más abier­to de men­te.

¿Vas a ser can­di­da­ta al Con­gre­so?

No quie­ro, quie­ro ac­tuar, quie­ro ha­cer pe­lí­cu­las.

Co­mo Ema, la pe­lí­cu­la de Pa­blo La­rraín que es­tás ro­dan­do en Val­pa­raí­so con Gael Gar­cía.

Sí. Gael es te­la, es lo má­xi­mo. Es igual que Ri­car­do Da­rín (tra­ba­jó con él en El bai­le de la Vic­to­ria). Los dos son pio­la, sen­ci­llos, ce­ro di­vos. De­ma­sia­do nor­ma­les y superpolíticos. Me gus­tan los ac­to­res así, que se mojan el cu­lo.

Otro gi­ro te­má­ti­co: ¿cuál es la peor ac­ti­tud ma­chis­ta?

Esa sen­sa­ción de su­pe­rio­ri­dad. Soy hom­bre, en­ton­ces te to­co la cin­tu­ra al dar­te un be­so, te pue­do aga­rrar el cu­lo. En el mun­do de la ac­tua­ción es heavy, es as­que­ro­si­to.

Por eso ar­ma­ron el co­lec­ti­vo fe­mi­nis­ta Red de Ac­tri­ces Chi­le­nas (Rach).

Te­ne­mos cua­tro ejes: li­ber­ta­des re­pro­duc­ti­vas, aco­so, igual­dad de suel­do y co­si­fi­ca­ción de la mu­jer. Esa es nues­tra agen­da, yo soy la vo­ce­ra. Por ejem­plo, del abor­to te pue­do ha­blar des­de un pun­to de vis­ta su­per-po­li­te y de­cir que es un te­ma de sa­lud pú­bli­ca. Pe­ro tam­bién des­de lo vis­ce­ral te pue­do de­cir que es nues­tro ‘fuc­king’ de­re­cho. De­jen de jo­der, es mi cuer­po y ha­go lo que quie­ro con mi cuer­po. Lo que pa­sa es que ese dis­cur­so no sir­ve en un país con­ser­va­dor co­mo Chi­le. Es un te­ma ur­gen­te, se mue­ren 800 o más mu­je­res al año y hay mu­cha hi­po­cre­sía, por­que si tie­nes pla­ta, abor­tas.¶

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