LI­BROS

Que Pasa - - GUÍA -

tin­gen­tes o, peor aún, acer­ca de te­mas que no le in­tere­san. No se es­con­de, se ex­po­ne y ex­po­ne, co­mo un ca­na­lla a ve­ces, a los que tu­vie­ron la ma­la idea de ron­dar­lo. Riego pue­de te­ner ima­gi­na­ción, sin du­da (es de es­pe­rar que mu­cha), pe­ro lo que más tie­ne es oí­do, ojos, em­pa­tía, co­ra­zón y co­ra­je (es de ese ti­po de li­bros que no mi­den las con­se­cuen­cias). Es­ta no­ve­la ur­gen­te, contemporánea, al día, cap­ta lo que las otras ar­tes no se fi­jan y la pren­sa no ve. Los po­lo­los se van, to­dos se van, po­co re­sul­ta. “Pron­to en­ten­dí que no ha­bía que aga­rrar­les ca­ri­ño”, con­fie­sa. Riego no­ve­li­za más que na­rra, y no se le va de­ta­lle, uti­li­za for­mi­da­ble­men­te el de­seo y la ne­ce­si­dad de to­do ado­les­cen­te (y de to­do hijo) de ca­ri­ca­tu­ri­zar a la com­pe­ten­cia y a los enemi­gos. Los po­lo­los de mi ma­má es la his­to­ria de dispu­ta de te­rri­to­rios y po­see la mal­dad y la ma­la le­che de un ado­les­cen­te tan cruel co­mo in­te­li­gen­te, pe­ro no se que­da en eso: to­do el úl­ti­mo ca­pí­tu­lo y la epi­fá­ni­ca es­ce­na fi­nal de la no­ve­la es de una crea­ti­vi­dad, lo­cu­ra, ter­nu­ra y belleza que lle­nan de luz la os­cu­ri­dad que rei­na­ba y re­di­men al na­rra­dor y lo trans­for­man en aca­so lo que te­mía: en un adul­to y, so­bre to­do, en el hijo ma­yor.[

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