CA­SO REABIER­TO

Ser Padres (Chile) - - SER ABUELOS -

Un ca­so co­mún que los abue­los han de en­fren­tar pa­ra de­fen­der a su mu­cha­chi­to es el de “la edu­ca­ción au­to­ri­ta­ria”. Lo cu­rio­so es que jus­ta­men­te sue­le ser el mis­mo abue­lo quien la ejer­ce, pues re­pro­du­ce el es­ti­lo pa­ren­tal ba­jo el cual fue cria­do, por lo cual le cues­ta en­ten­der la ne­ce­si­dad del equi­li­brio en­tre la au­to­ri­dad y la no vio­len­cia, pa­ra el bie­nes­tar del ni­ño.

Di­ce la es­pe­cia­lis­ta Pa­tri­cia Osuna que “la edu­ca­ción no tie­ne que ser per­mi­si­va, de­be po­ner lí­mi­tes cla­ros, pe­ro tam­po­co de­be ser hu­mi­llan­te ni au­to­ri­ta­ria”. Lle­var a los abue­los ha­cia es­ta re­fle­xión es, a ve­ces, com­ple­jo por­que ellos vi­vie­ron una edu­ca­ción muy dis­tin­ta a la ac­tual: “An­tes, a los ni­ños se les veía co­mo ma­na­da; ha­bía que te­ner mu­chos hi­jos que he­re­da­ran el ofi­cio del pa­dre, mu­chas ma­nos pa­ra tra­ba­jar y así, ga­ran­ti­zar la su­per­vi­ven­cia de la fa­mi­lia. No era na­da com­pa­ra­do con lo que te­ne­mos aho­ra; la in­di­vi­dua­li­dad, cen­trar­se en la emo­cio­nes, eso no exis­tía; era el gru­po an­tes del in­di­vi­duo. Nues­tros abue­los tie­nen va­lo­res ina­mo­vi­bles, cen­tra­dos en las instituciones, creen fiel­men­te en ellas, no co­mo aho­ra, que no se cree en na­da. Por ello, pa­ra los abue­los que es­tán cui­dan­do a los chi­cos de hoy, en­ten­der­los les es di­fí­cil, pues ellos cre­cie­ron y fue­ron edu­ca­dos en un mun­do don­de no exis­tía la no­ción de los de­re­chos de los ni­ños, exis­tía la obli­ga­ción de alie­nar­se a la au­to­ri­dad, si no, su­frías las te­rri­bles con­se­cuen­cias”.

Co­mo abue­li­to que bus­ca con­vi­vir en amor con sus nie­tos, te to­ca ga­nar es­te ca­so: di­ge­rir es­tos cam­bios. Cla­ro que tus va­lo­res apor­tan va­rios be­ne­fi­cios a tu pe­que; por ejem­plo, el res­pe­to a las instituciones o a una au­to­ri­dad, le pue­den apor­tar los lí­mi­tes que re­quie­ren pa­ra apren­der a ac­tuar co­rrec­ta­men­te en es­te mun­do. Ocu­rre lo mis­mo con el res­pec­to que sien­tes por las tra­di­cio­nes; tu pro­fun­da no­ción del por­qué se ha­cen las co­sas de tal o cual mo­do, le dan los ci­mien­tos de su iden­ti­dad per­so­nal y fa­mi­liar, in­clu­so na­cio­nal. Sin em­bar­go, re­cuer­da que ellos es­tán vi­vien­do una épo­ca dis­tin­ta, una don­de el va­lor de las emo­cio­nes y la vin­cu­la­ción afec­ti­va nos ha­ce me­jo­res per­so­nas.

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