ALI­VIA SU PIEL IRRITADA

Si ves erup­cio­nes en la piel de tu be­bé, no te alar­mes de más. Ob­sér­va­las bien y, si tie­ne fie­bre, ve al mé­di­co de in­me­dia­to.

Ser Padres (Chile) - - EN PORTADA -

¿Por qué se irri­ta la piel del be­bé?

La piel del be­bé es muy sen­si­ble y de­li­ca­da, y es­tá ex­pues­ta a cons­tan­tes ro­ces que pue­den las­ti­mar­la. Además es mu­cho más fi­na que la de los adul­tos, con lo que es más vul­ne­ra­ble a su­frir los cam­bios de tem­pe­ra­tu­ra, reac­cio­nes alér­gi­cas a pro­duc­tos de hi­gie­ne o a cual­quier mi­cro­or­ga­nis­mo. Por si fue­ra po­co, los pro­pios plie­gues del cuer­po ha­cen que se acu­mu­le su­dor, su­cie­dad o res­tos de cre­mas. Es­to fa­vo­re­ce un am­bien­te idó­neo para el cre­ci­mien­to de gér­me­nes que pue­den irri­tar­la. En un prin­ci­pio, una piel irritada no es si­nó­ni­mo de en­fer­me­dad, pe­ro sí de­be vi­gi­lar­se y tra­tar de ali­viar la co­me­zón para que no es­té in­có­mo­do. Si no res­pon­de a los tra­ta­mien­tos tó­pi­cos o ve­mos que em­peo­ra, hay que acu­dir al mé­di­co para que ave­ri­güe cuál es el ori­gen de la irri­ta­ción y brin­de el tra­ta­mien­to más ade­cua­do.

¿Qué ti­po de irri­ta­cio­nes son las más fre­cuen­tes?

Aque­llas que se pro­du­cen en la zo­na del pa­ñal. En con­cre­to, en el área ge­ni­tal y los mus­los. La pro­pia ori­na, que se trans­for­ma en amo­nía­co por el efec­to de las bac­te­rias o las he­ces, son las res­pon­sa­bles de la apa­ri­ción de sar­pu­lli­dos o piel irritada. Por eso hay que man­te­ner al be­bé siem­pre con el pa­ñal lim­pio, asear­lo y se­car­lo con pro­duc­tos ade­cua­dos. Hay otros pro­ble­mas

que tam­bién cau­san erup­cio­nes. Por ejem­plo, los cam­bios de tem­pe­ra­tu­ra (frío/ca­lor), la ex­po­si­ción al sol, ha­ber in­ge­ri­do al­gún ali­men­to que no le ca­yó bien, su­dar más de lo nor­mal o usar una pren­da de al­gún ma­te­rial sin­té­ti­co o que ten­ga al­gu­na eti­que­ta.

Co­rre al doc­tor si...

Ob­ser­vas en tu be­bé gra­ni­tos o pro­tu­be­ran­cias que vie­nen acom­pa­ña­das de otros sín­to­mas, co­mo fie­bre, llan­to, tos o si su as­pec­to em­peo­ra y se ex­tien­de por to­do el cuer­po: con­súl­ta­lo con el mé­di­co. Al­gu­nas in­fec­cio­nes ví­ri­cas tam­bién pue­den pro­vo­car­los y de­ben tra­tar­se con me­di­ca­ción. En nin­gún ca­so in­ten­tes au­to­me­di­car­le ni re­cu­rrir a re­me­dios ca­se­ros a no ser que te lo di­ga el pe­dia­tra. Tam­po­co es con­ve­nien­te que uti­li­ces te­ra­pias al­ter­na­ti­vas sin con­sul­tar­lo an­tes con el es­pe­cia­lis­ta.

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