Ari­za­la, un sal­to de Co­mu­ne­ros a Bie­nal

EL CO­REÓ­GRA­FO Y BAI­LA­RÍN NO LO APREN­DI­DO EN SU BA­RRIO Y CA­SA.

ADN Cali - - PORTADA -

El bai­la­rín, co­reó­gra­fo y ac­tor no ol­vi­da los apren­di­za­jes en su ba­rrio y su ca­sa.

Des­cal­zo, en pan­ta­lo­ne­ta y dán­do­le con un pa­li­to a una llan­ta, Du­ván Ari­za­la re­co­rrió las ca­lles de Co­mu­ne­ros, en el Dis­tri­to de Agua­blan­ca.

Es el re­cuer­do que tie­ne hoy de ese ba­rrio, don­de co­mo mi­les de ni­ños apren­dió a de­fen­der­se y se­guir a lo que ha­cían los más gran­des, no siem­pre lo me­jor.

Pe­ro en su ca­mino apa­re­ció el bai­le y hoy, con 26 años, des­pués de bai­lar fren­te a 22 je­fes de Es­ta­do, in­clui­do el Rey de Es­pa­ña, en la Cum­bre His­pa­noa­me­ri­ca­na, es la ima­gen de la Bie­nal In­ter­na­cio­nal de Dan­za de Ca­li, Y em­pren­dió un via­je al ex­te­rior.

En ese ál­bum de re­cuer­dos fi­gu­ran los 8 años cuan­do se fue de la ca­sa pa­ra evi­tar los co­rrea­zos de unas tías. Me­tió la ro­pa en una bol­sa de ba­su­ra y se es­ca­pó por la ven­ta­na. Dor­mía en el te­cho de una ca­sa que te­nía su pa­pá Sil­vino Al­ber­to Ari­za­la. Allá lo des­cu­brió un tío cuan­do pen­sa­ban que se lo ha­bían ro­ba­do.

Fue a dar a la ca­sa de la ma­má en Na­ri­ño, pe­ro ya ha­bía otra fa­mi­lia y re­gre­só a Ca­li a se­guir al pa­pá, que ven­día fru­tas en ca­rre­ta. Él le plan­tó la idea de ale­jar­se de pe­li­gros y apren­der a tra­ba­jar.

El sal­to bio­grá­fi­co lle­ga a una ado­les­cen­cia que era ‘par­char­se’ en una es­qui­na, sin na­da en la ca­be­za. No lo sabía pe­ro en la cin­tu­ra y en esos pies lle­va­ba lo que le cam­bió la vi­da. Fue a los 15 años cuan­do con sus ami­gos lle­ga­ron a la ca­sa ju­ve­nil por­que allá bai­la­ban. Pen­sa­ba en sal­sa pe­ro se que­dó pren­di­do en el Hip Hop. Allí co­no­ció a su pri­mo Ni­co­lás, quien con su es­ti­lo en pista le des­per­tó los de­seos de su­pe­rar­lo.

A Du­ván el bai­le que le ve­nía de esas he­ren­cias de Bue­na­ven­tu­ra y has­ta Áfri­ca. Pa­sa­ron por ex­hi­bi­cio­nes en co­le­gios, en even­tos ma­si­vos y otros es­ce­na­rios.

En 2013 la no­ti­cia de que se­ría pa­pá le cam­bió la vi­da. Le to­có po­ner­se a ven­der dul­ces y pa­sa­bo­cas en los se­má­fo­ros.

Lue­go se unió a un pro­yec­to de la Al­cal­día de Ca­li pa­ra ado­qui­nar ca­lles en el ba­rrio Mo­ji­ca.

Pe­ro en la dan­za es­ta­ba el sen­de­ro que si­guió pa­ra no que­dar­se en el ca­mino co­mo tan­tos ami­gos que mu­rie­ron en días du­ros, o los que se per­die­ron en al­gu­nas adic­cio­nes.

De esos mu­cha­chos que­dan una do­ce­na, dos que lle­ga­ron a la uni­ver­si­dad, la ma­yo­ría que tra­ba­ja en ofi­cios va­rios y uno que, co­mo él, so­ña­ron que le­van­ta­rían al pú­bli­cos pa­ra aplau­dir­los.

Ari­za­la em­pe­zó a des­cu­brir que esa vi­da era la que es­ta­ba en su por­ve­nir y que lo ha lle­va­do a ser bai­la­rín, co­reó­gra­fo, ac­tor, hi­jo y pa­dre.

A fi­nes de 2014 co­no­ció a la di­se­ña­do­ra Ca­ro­li­na Me­jía, quien lo in­clu­yó co­mo uno de sus mo­de­los en Bo­go­tá Fas­hion Week en oc­tu­bre de 2015.

En­ton­ces, lo­gró en­trar a Re­ci­tal Co­lom­bia, for­ma­do por 12 bai­la­ri­nes de dan­za ur­ba­na, con apo­yo del Mi­nis­te­rio de Cul­tu­ra y la Bie­nal in­ter­na­cio­nal de Dan­za de Ca­li.

Cuen­ta que el co­reó­gra­fo Mou­rad Mer­zou­ki es­co­gía los bai­la­ri­nes pa­ra Re­ci­tal. Cuan­do fue a ver la lis­ta no vio su nom­bre y llo­ró co­mo un ni­ño. Pa­sa­ron dos me­ses y al abrir un co­rreo elec­tró­ni­co se en­con­tró con el men­sa­je: “El co­reó­gra­fo Mou­rad le ha se­lec­cio­na­do pa­ra que sea par­te del equi­po re­ci­tal Co­lom­bia”.

Fue la puer­ta pa­ra co­no­cer más es­pa­cios de cul­tu­ra y paí­ses. Cree que fue Dios quien le dio esa sa­li­da a una vi­da sin rum­bo. Sien­te or­gu­llo de tras­cen­der co­mo un re­pre­sen­tan­te de gé­ne­ro ur­bano.

Tam­bién sien­te que con quie­nes han po­di­do mos­trar su ta­len­to se ge­ne­ra una na­rra­ti­va dis­tin­ta de lo que siem­pre se ha con­ta­do de su ba­rrio Co­mu­ne­ros y del Dis­tri­to de Agua­blan­ca. “Hay más gen­te ge­ne­ro­sa y crea­ti­va, hay bue­nos ve­ci­nos, pe­ro se ha ha­bla­do más de lo ma­lo. Es ho­ra de ir des­pe­jan­do esa eti­que­ta del mie­do por el de gen­te que cui­da a los ni­ños y las ni­ñas”, di­ce el ar­tis­ta.

Aho­ra se son­ríe cuan­do los ni­ños y ni­ñas de su ba­rrio sal­tan y gri­tan que “ese es mi pri­mo o ese es mi tío cuan­do me ven”.

JUAN RUE­DA

“El bai­le es mi sen­ti­do de vi­vir”, di­ce el ar­tis­ta que es la ima­gen de la Bie­nal de Dan­za de Ca­li.

JUAN PA­BLO RUE­DA

Su es­ti­lo y su ta­len­to le abrie­ron puer­tas en el ci­ne.

JUAN PA­BLO RUE­DA. ADN

El ba­rrio Co­mu­ne­ros sa­be más de una his­to­ria de Ari­za­la, quien di­ce que hay ta­len­to.

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