NI CON PA­LAN­CA

Arcadia - - CRÍTICA - Emi­lio San­mi­guel

En la mú­si­ca no hay pa­lan­ca que val­ga. Se tie­ne el ta­len­to o no. Di­nas­tías de ge­nios ha ha­bi­do, co­mo los Cou­pe­rin en Fran­cia, es­pe­cial­men­te Louis y François; los Strauss, en Vie­na, con Johann I, pa­dre de Eduard, Jo­sef y Johann, “el rey del vals”. En Ale­ma­nia, los Bach rei­na­ron por si­glos. Johann Se­bas­tian fue el com­po­si­tor más gran­de de la historia y cua­tro de sus hi­jos fue­ron de­ci­si­vos en el pa­so del ba­rro­co al cla­si­cis­mo. Hay más, co­mo los Scar­lat­ti y los Ga­brie­lli, en Ita­lia. To­dos ta­len­to­sí­si­mos.

En el can­to la fa­mi­lia más cé­le­bre fue la de los Gar­cía: a Ma­nuel pa­dre, que era te­nor, Ros­si­ni le en­car­gó el estreno de El bar­be­ro de Se­vi­lla. Ma­nuel hi­jo fue un ba­rí­tono ex­ce­len­te que in­ven­tó el la­rin­gos­co­pio, y sus her­ma­nas, Pau­li­ne Viar­dot y Ma­ría Ma­li­brán, dos de las can­tan­tes más fa­mo­sas del si­glo xix. Las her­ma­nas Gri­si, Giu­lia y Giu­dit­ta tam­bién fue­ron le­gen­da­rias, Ros­si­ni y Do­ni­zet­ti les es­cri­bían ópe­ras y su pri­ma, Car­lot­ta, la bai­la­ri­na, fue la pri­me­ra Gi­se­lle. Los her­ma­nos De Resz­ke, Jean y Édouard, te­nor y ba­jo, fue­ron es­tre­llas ab­so­lu­tas del can­to en el pa­so del si­glo xix al xx y no co­no­cie­ron ri­va­les.

Beet­ho­ven era nieto de un mú­si­co de cier­to va­lor e hi­jo de uno me­dio­cre. In­ten­tó que su so­brino Karl se de­di­ca­ra a la mú­si­ca, pe­ro per­dió el tiem­po. A Mo­zart lo edu­có su pa­dre, Leo­pold, que no era de su ta­lla. Karl Tho­mas, el hi­jo ma­yor, ter­mi­nó sus días co­mo un os­cu­ro fun­cio­na­rio por su es­ca­so ta­len­to y Franz Xa­ver Wolf­gang, el me­nor, fue dis­cí­pu­lo de los me­jo­res maes­tros de­vie­na, pe­ro ni con eso: fue un com­po­si­tor de es­ca­sí­si­mos mé­ri­tos, a pe­sar de que lle­va­ra el nom­bre Wolf­gang.

En el si­glo xx fue­ron mí­ti­cos los Klei­ber, di­rec­to­res le­gen­da­rios. Erich fue un ge­nio del es­ti­lo ex­pre­sio­nis­ta; aun­que for­zó a Car­los a es­tu­diar quí­mi­ca, cuan­do es­te de­ci­dió de­di­car­se a la mú­si­ca no se opu­so, pe­ro tam­po­co lo ayu­dó. Car­los, cons­cien­te de la som­bra de su pa­dre, lle­vó su ta­len­to a tal ni­vel de per­fec­cio­nis­mo que se afir­ma que fue el me­jor di­rec­tor de to­dos los tiem­pos.

El te­nor Al­fre­do Kraus te­nía un her­mano ba­rí­tono, Fran­cis­co, que no le lle­ga­ba ni a los to­bi­llos; am­bos fue­ron alum­nos de la mis­ma maes­tra en Mi­lán, pe­ro le cen­su­ra­ban no ha­ber usa­do sus in­fluen­cias pa­ra que Fran­cis­co lle­ga­ra más arri­ba.

La so­prano Mon­tse­rrat Ca­ba­llé fue una de las vo­ca­lis­tas más gran­des de la historia. Al con­tra­rio de Klei­ber y Kraus, no aho­rró es­fuer­zos pa­ra que la ca­rre­ra de su hi­ja, Mon­tse­rrat Mar­tí, des­pe­ga­ra. Pe­ro no lo con­si­guió. La voz de “Mon­tsi­ta” no po­see el po­de­río del de la ma­dre, me­nos aún su técnica es­tra­tos­fé­ri­ca, que na­die ha po­di­do su­pe­rar.

Teresa Ber­gan­za, la fi­na mez­zo­so­prano es­pa­ño­la, tie­ne una hi­ja so­prano, Ce­ci­lia La­vi­lla, que tam­po­co la emu­la.

Ca­so apar­te es Plá­ci­do Do­min­go, uno de los gran­des te­no­res del si­glo, quien hi­zo de­bu­tar a su hi­jo co­mo el ni­ño de La Bohè­me, de Puc­ci­ni, en la gra­ba­ción de Sol­ti con Ca­ba­llé, en 1974. Pe­ro qué se pue­de ha­cer si no he­re­dó el ta­len­to del pa­dre, quien no ce­ja en su em­pe­ño y lo lle­vó a can­tar bo­le­ros a Chi­le, en la gi­ra de es­te año de la Fi­lar­mó­ni­ca de Bo­go­tá.

En Co­lom­bia no hay ca­sos, al me­nos co­no­ci­dos, pe­ro preo­cu­pan, y mu­cho, quie­nes gi­ran al­re­de­dor de la mú­si­ca.

Aquí vie­ne apa­re­cien­do una nue­va pla­ga, la bu­ro­cra­cia mu­si­cal (que na­da tie­ne que ver con el ta­len­to), pa­de­ci­da por los mú­si­cos. Po­co a po­co, con una la­bo­rio­si­dad dig­na de me­jor cau­sa, se han adue­ña­do de ca­si to­do. Sin du­da des­co­no­cen a los Bach, Cou­pe­rin, Strauss, Ma­li­brán, Viar­dot, Gar­cía, De Resz­ke, Klei­ber, las Gri­si. No les im­por­ta la mú­si­ca, sino el po­der. Hay que ver los dis­pa­ra­tes que co­me­ten.a la mú­si­ca, tal vez, no pue­den lle­gar, pe­ro son un pe­li­gro. ¿Has­ta cuán­do?

Johann Strauss III

Newspapers in Spanish

Newspapers from Colombia

© PressReader. All rights reserved.