Otra tie­rra

Arcadia - - EDITORIAL - An­drea Me­jía

Creo que, en lo que vie­ne, la cla­ve es­ta­rá en po­ner siem­pre la ver­dad por de­lan­te. Por­que la ver­dad siem­pre se ha ido y sin em­bar­go siem­pre es­tá sur­gien­do fren­te a no­so­tros. Siem­pre es­ta­mos dán­do­le la ca­ra a la ver­dad. La ver­dad abar­ca to­dos los mo­dos de ser, lo que su­ce­de, el do­lor, la fuer­za con que las co­sas son, el si­len­cio en el que des­apa­re­cen.

Pe­ro al mis­mo tiem­po, aun­que la ver­dad es to­do lo que su­ce­de, es por eso lo más frá­gil; que­da se­pul­ta­da jus­ta­men­te por­que es ubi­cua y evi­den­te, por­que es el me­dio en el que des­ple­ga­mos nues­tras vidas. Que­da se­pul­ta­da, tam­bién, por­que mu­chas ve­ces sim­ple­men­te no que­re­mos ver lo que su­ce­de. So­bre ese no que­rer, o no po­der ver lo que su­ce­de, vie­nen a edi­fi­car­se po­de­res muy gran­des, que se ali­men­tan de la ex­clu­sión de la ver­dad y de su des­tie­rro.

La con­cen­tra­ción del po­der so­lo re­sul­ta po­si­ble por un ejer­ci­cio con­ti­nuo de la vo­lun­tad de arro­jar la ver­dad fue­ra del mun­do. Los po­de­res más te­mi­bles en la historia se le­van­tan en la no­che de la ver­dad. De­por­ta­cio­nes, ma­sa­cres, ex­ter­mi­nios, des­po­jos. Ór­de­nes da­das a quie­nes ocul­tan sus nom­bres y sus ros­tros. Ejér­ci­tos for­ma­dos en la som­bra y am­pa­ra­dos por la som­bra del po­der al que pro­te­gen. Cuer­pos en­te­rra­dos ba­jo tie­rra sin que na­die pue­da hon­rar­los. La ver­dad que­da ro­dea­da por el cer­co sor­do del si­len­cio de los que no la ven y no la nom­bran por­que no quie­ren, o por­que no pue­den, ver­la y nom­brar­la.

Al po­der que se edi­fi­ca so­bre el des­tie­rro de la ver­dad so­lo pue­de opo­ner­se el po­der de la con­cien­cia pa­ra re­te­ner­la en el mun­do. La con­cien­cia no siem­pre jue­ga en los mis­mos es­ce­na­rios que las gran­des fuer­zas his­tó­ri­cas, pe­ro es una fuer­za in­cal­cu­la­ble que tras­cien­de los dra­mas his­tó­ri­cos y po­lí­ti­cos en los que nos ve­mos in­mer­sos. La con­cien­cia no se mi­de con las mis­mas fuer­zas del po­der, pe­ro, al cui­dar de la ver­dad, desocul­ta los he­chos que los po­de­ro­sos bus­can ocul­tar y po­ne al des­cu­bier­to las fuer­zas con las que ellos han pac­ta­do.

Si los po­de­res más vio­len­tos se sos­tie­nen en el ocul­ta­mien­to de la ver­dad, la con­cien­cia se mantiene des­pier­ta en el cui­da­do de la ver­dad. Mu­chas ve­ces no que­re­mos o no po­de­mos cui­dar­la, por­que eso sig­ni­fi­ca des­per­tar al do­lor de otros, un do­lor que nos pa­re­ce ajeno. Apro­piar­nos del do­lor de quie­nes, le­jos, han es­ta­do ex­pues­tos a la vio­len­cia y a la in­jus­ti­cia es des­per­tar nues­tra con­cien­cia y nues­tro po­der pa­ra cui­dar de la ver­dad.

La ver­dad es lo que ha si­do y se ha ido y lo que no de­ja de ser. Ahí re­si­de to­da su fuer­za. Pe­ro la ver­dad no se cui­da so­la.ahí re­si­de to­da su fra­gi­li­dad.

La con­cien­cia no de­ja na­da tan­gi­ble de­trás su­yo, pe­ro pue­de ser co­mu­ni­ca­da en­tre no­so­tros, com­par­ti­da y avi­va­da; y eso es mu­cho más que un ali­vio. Los es­pa­cios som­bríos y de­sér­ti­cos, aban­do­na­dos por la con­cien­cia, vuel­ven a des­per­tar cuan­do la con­cien­cia los pue­de re­co­rrer, ilu­mi­nar y re­cor­dar.

La con­cien­cia desocul­ta las fuer­zas ma­te­ria­li­za­das que hie­ren, ma­tan y vio­len­tan. Y hon­ra la me­mo­ria de lo más in­tan­gi­ble que te­ne­mos: la me­mo­ria de nues­tros muer­tos.

Se­gu­ra­men­te nos ha su­ce­di­do al­go ex­tra­ño. Tam­bién ha su­ce­di­do al­go muy bueno. Lo que su­ce­de tie­ne siem­pre un fon­do in­cal­cu­la­ble y no sa­be­mos has­ta dón­de va, ni dón­de em­pie­za. Ese es el ras­go de la ver­dad que es, en úl­ti­mas, in­abar­ca­ble. Pe­ro he­mos asis­ti­do a un des­per­tar de la con­cien­cia co­mún, com­par­ti­da. Po­de­mos es­tar tran­qui­los. Lo que ha pa­sa­do ya es­tá en el mun­do. Aho­ra te­ne­mos que cui­dar­lo.

La con­cien­cia es nues­tra bien­ve­ni­da al po­der en­tran­te.

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