Mil pa­la­bras por una ima­gen

Arcadia - - EDITORIAL - An­to­nio Ca­ba­lle­ro

Es­te hue­co ate­rra­dor que pa­re­ce lle­var a los mis­mos in­fier­nos –esos bri­llos omi­no­sos que ape­nas re­lu­cen en la ne­gru­ra de lo hon­do– se hi­zo con las me­jo­res in­ten­cio­nes. Tal co­mo, se­gún es fa­ma, es­tán em­pe­dra­dos los ca­mi­nos que con­du­cen allá. Más que em­pe­dra­do pa­re­ce en­ce­men­ta­do, y no me ex­pli­co qué son esos gri­ses pe­go­tes

cir­cu­la­res en el ocre ro­ji­zo de la pa­red ver­ti­cal, co­mo res­tos de una obra mal he­cha, ni se me ocu­rre pa­ra qué pue­den ser­vir los tor­ni­lli­tos que per­fo­ran esa mis­ma pa­red de dos en dos. En fin. El ca­so es que la bue­na in­ten­ción del agu­je­ro con­sis­te, si en­ten­dí bien el con­fu­so en­re­do de lo que he leí­do en los pe­rió­di­cos, en en­men­dar los erro­res co­me­ti­dos al ex­ca­var unos tú­ne­les que de­bían ser­vir, no sé exac­ta­men­te có­mo, pa­ra con­tri­buir a la des­con­ta­mi­na­ción del río Bo­go­tá: esa cloa­ca.

De los que des­cien­den al po­zo en una es­pe­cie de frá­gil bar­ca de Ca­ron­te col­ga­da de cua­tro cuer­das, el más al­to, ese que abre la bo­ca en una gran ri­so­ta­da de sus­to al tiem­po que sa­lu­da con so­bra­dez con la mano, es el al­cal­de En­ri­que Pe­ña­lo­sa. Se­ten­ta me­tros de pro­fun­di­dad di­cen que tie­ne el po­zo.y allá aba­jo esos di­fu­sos bri­llos in­fer­na­les son, al pa­re­cer, los res­tos a me­dio des­gua­zar de dos co­lo­sa­les má­qui­nas tu­ne­la­do­ras que se que­da­ron en­te­rra­das ha­cie sie­te años a cau­sa de –¿lo cree­rá el lec­tor?–, a cau­sa de uno de los in­fi­ni­tos ca­sos de co­rrup­ción que han ca­rac­te­ri­za­do los go­bier­nos en Co­lom­bia en los úl­ti­mos tiem­pos. En es­te ca­so, el go­bierno dis­tri­tal de Sa­muel Mo­reno.

Las ci­fras del di­ne­ro en jue­go son es­truen­do­sas: pa­ra em­pe­zar, el cos­to de la cons­truc­ción de es­te pro­fun­do po­zo pa­ra res­ca­tar las

tu­ne­la­do­ras ha si­do de 24 mil mi­llo­nes de pesos, cuan­do las má­qui­nas mis­mas no va­len sino 23 mil mi­llo­nes. O eso va­lían cuan­do eran nue­vas. En reali­dad no va­len na­da ya, des­pués de sie­te años se­pul­ta­das en el ba­rro: ape­nas su pe­so en hie­rro vie­jo. Pe­ro ese cos­to es in­sig­ni­fi­can­te com­pa­ra­do con el to­tal del pro­yec­to del cual los tú­ne­les aban­do­na­dos en­ton­ces (por­que las dos tu­ne­la­do­ras que avan­za­ban des­de ex­tre­mos opues­tos no pu­die­ron en­con­trar­se: en­tre una y otra ha­bía una di­fe­ren­cia de va­rios me­tros de pro­fun­di­dad; y por aña­di­du­ra al Acue­duc­to de Bo­go­tá se le ha­bía ol­vi­da­do com­prar el lo­te en don­de de­bían em­pa­tar, con lo cual las obras se sus­pen­die­ron y la em­pre­sa cons­truc­to­ra –Ode­brecht, sí se­ño­res– re­sol­vió de­man­dar a to­do el mun­do), los tú­ne­les en­ton­ces aban­do­na­dos, di­go (sí, ya sé que es­to es com­ple­jo), y hoy vuel­tos a abrir, no son sino un ele­men­to.

Lo que fal­ta, aho­ra que el Distrito de­ci­dió re­em­pren­der los tra­ba­jos, va a cos­tar cua­tro y me­dio bi­llo­nes de pesos más.y es­ta­rá ter­mi­na­do –o eso es lo que di­ce aho­ra el al­cal­de Pe­ña­lo­sa: esa mis­ma fi­gu­ri­ta de ca­mi­sa azul que ríe mien­tras sa­lu­da o sa­lu­da mien­tras ríe y mien­tras ba­ja al fon­do de ese po­zo sin fon­do que con­du­ce al in­fierno–.

Es lo que se lla­ma ti­rar pla­ta al ca­ño. Oja­lá es­ta vez sir­va pa­ra al­go.

Newspapers in Spanish

Newspapers from Colombia

© PressReader. All rights reserved.