LI­BROS

Poe­sía se­lec­ta Da­río Ja­ra­mi­llo Agu­de­lo Lu­men | 300 pá­gi­nas

Arcadia - - EDITORIAL | CONTENIDO - Por Ha­rold Mu­ñoz

ADa­río Ja­ra­mi­llo Agu­de­lo no lo co­noz­co. Me lo he cru­za­do, él no sa­be que nos he­mos cru­za­do, y en nues­tros en­cuen­tros nun­ca he­mos ha­bla­do. Por eso no sé có­mo sue­na su voz cuan­do ha­bla o de­cla­ma. Su voz ha si­do la mía. Él com­pu­so, y yo can­té los poe­mas de su Poe­sía se­lec­ta, an­to­lo­gía re­cien­te­men­te pu­bli­ca­da por el se­llo Lu­men. 300 pá­gi­nas, 44 años de la obra de un hom­bre que, re­pi­to, no co­noz­co y sin em­bar­go re­co­noz­co. Sus mie­dos y ob­se­sio­nes se pa­re­cen a los míos, por­que son los de cual­quie­ra: la pér­di­da, el tiem­po, la muer­te, el amor, que son for­mas de lla­mar a Dios, con quien di­ce ha­ber man­te­ni­do con­ver­sa­cio­nes: el to­do­po­de­ro­so dis­fra­za­do de ser­pien­te. ¿Aca­so no son esos los te­mas de to­da la li­te­ra­tu­ra? Son tam­bién los de Ja­ra­mi­llo. Él los re­to­ma en for­mas que va­rían en ca­da uno de sus li­bros. Y con el po­se­si­vo, sus li­bros, me re­fie­ro a los que di­ce ha­ber es­cri­to y a los que di­ce no ha­ber es­cri­to. Él mis­mo se con­fie­sa en dos no­tas al pie; una en Los poe­mas de Es­te­ban (1995) y otra en Li­tur­gia de los bos­ques (2006). So­bre lo pri­me­ro, el poe­ta ad­mi­te ha­ber trans­cri­to los ver­sos de un per­so­na­je que en su “pre­ca­ria exis­ten­cia no­ve­les­ca es­cri­bió unos poe­mas”. Esa exis­ten­cia no­ve­les­ca se ex­tin­gue en Car­tas cru­za­das, fic­ción que Ja­ra­mi­llo es­cri­bió en­tre 1989 y 1995, y de la que yo, más de vein­te años des­pués, trans­cri­bo unos ver­sos de Es­te­ban, el per­so­na­je: “el ol­vi­do no es que al­go se bo­rre en la me­mo­ria, / el ol­vi­do te ocu­pa to­do el tiem­po, a la ho­ra del tra­ba­jo o del / aseo, cuan­do co­mes o re­zas no te ol­vi­des de ol­vi­dar”. So­bre el otro ca­so, que en la se­lec­ción es­tá jus­to des­pués de la sec­ción de ga­tos, Ja­ra­mi­llo acla­ra que son de Se­bas­tián Uri­be Ri­ley, quien vi­vió en La voz in­te­rior, no­ve­la pu­bli­ca­da en 2006, y que a su vez in­ven­ta­ba a otros au­to­res con sus res­pec­ti­vas obras. De es­to, que es un her­ba­rio, no que­da mu­cho, ya que el per­so­na­je se en­car­gó de re­co­ger to­dos los ejem­pla­res de las li­bre­rías, al­go que has­ta el día de hoy no ha he­cho Ja­ra­mi­llo con su obra, poe­ta, en­sa­yis­ta y no­ve­lis­ta, que no me han pre­sen­ta­do. O no de la for­ma ha­bi­tual: me­dian­te un ter­ce­ro, un ami­go de un ami­go, pues Ja­ra­mi­llo tie­ne la cos­tum­bre de pre­sen­tar­se co­mo el ter­ce­ro des­de su pri­mer li­bro, His­to­rias (1974), en don­de hay va­rias bio­gra­fías ima­gi­na­rias. La pri­me­ra es la de Sey­mour, per­so­na­je que to­ma pres­ta­do de A Per­fect Day for Ba­na­na­fish, de Sa­lin­ger. En ese poe­ma, que inau­gu­ra to­da la se­lec­ción, Ja­ra­mi­llo ha­ce las ve­ces de bió­gra­fo y nos pre­gun­ta: “no sé si a us­te­des les pa­sa que se can­san un po­co de la ru­ti­na / car­gan­te de ser la mis­ma per­so­na to­dos los días. / Des­pués de to­do, ¿es tan te­rri­ble que a ve­ces pa­rez­ca­mos la / mis­ma per­so­na?”. Me­jor di­cho, ni si­quie­ra cuan­do es él, se pue­de es­tar se­gu­ro. Peor aún, ni si­quie­ra cuan­do se nom­bra a sí mis­mo o a una co­sa. Co­mo se de­mues­tra en sus poe­mas, la me­mo­ria so­lo vie­ne si se la lla­ma en el pre­sen­te –pa­ra­fra­sean­do a Sar­lo–. Y Ja­ra­mi­llo ha pa­sa­do 44 años, más unos que se es­ca­pan de la an­to­lo­gía, tra­tan­do de ma­te­ria­li­zar la pa­la­bra. No lo co­noz­co, in­sis­to, pe­ro la muer­te del her­mano que no sé si tu­vo la sen­tí co­mo la del her­mano que no ten­go. Sus ami­gos muer­tos son mis ami­gos aún vi­vos. to­dos in­di­vi­duos de are­na, co­mo un in­ten­to de cris­ta­li­zar el mun­do. a sí mis­mo. La na­da. Ocio que se re­su­me en su Poe­sía se­lec­ta. Es­fuer­zo que pa­ra él ha si­do, es y se­rá pro­bar y pro­bar, un jue­go que du­ra­rá más que su vi­da.

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