Otra tie­rra

Arcadia - - EDITORIAL | CONTENIDO - An­drea Me­jía

Tre­ce ho­ras más tar­de aquí, en Sin­ga­pur. Siem­pre se­rá ex­tra­ño pa­ra mí que ha­ya una por­ción del glo­bo te­rrá­queo en la os­cu­ri­dad y otra ba­jo la luz, que el tiem­po avan­ce en el es­pa­cio, que la luz del día va­ya es­tam­pan­do el mar y los con­ti­nen­tes, del es­te ha­cia el oes­te, y que la vi­da hu­ma­na nun­ca duer­ma, co­mo si nos tur­ná­ra­mos las ho­ras de sue­ño y de vi­gi­lia pa­ra no dor­mir nun­ca,

pa­ra agi­tar­nos y tra­ba­jar siem­pre y siem­pre pro­du­cir, y siem­pre es­tar ha­blan­do, o es­cri­bien­do.

Ese ex­ce­so de ac­ti­vi­dad hu­ma­na se re­fle­ja de ma­ne­ra ex­tra­ña en los cen­tros mun­dia­les del ca­pi­tal, en las bol­sas y los cen­tros fi­nan­cie­ros en don­de se api­ñan cons­truc­cio­nes de hie­lo, to­rres de ba­bel que in­ten­tan al­can­zar el cie­lo, ha­blan­do ya no to­das las len­guas, sino el idio­ma úni­co y mudo del ca­pi­tal. Sin­ga­pur es así. Es un es­pe­jo ex­tra­ño de es­ta ac­ti­vi­dad hu­ma­na in­ce­san­te que ha que­da­do con­ge­la­da en la frial­dad de los edi­fi­cios, en su quie­tud va­cía, en el bri­llo opa­co del me­tal ba­jo una in­men­sa cú­pu­la de nu­bes y bru­ma. Es co­mo si el tiem­po se hu­bie­ra des­va­ne­ci­do y to­do el mo­vi­mien­to y to­do el so­ni­do se hu­bie­ra aquie­ta­do en el im­pe­rio del gris, del vi­drio y el cris­tal. Un bos­que de to­rres, ban­cos en su ma­yo­ría, ro­dea el mar, el agua ver­de de la bahía. Es el ca­pi­tal con su he­chi­zo her­mé­ti­co, gla­cial, que no co­mu­ni­ca na­da más allá de su es­plen­dor.

En las no­ches, to­do al­re­de­dor de la bahía se ilumina. Las es­truc­tu­ras de luz le­vi­tan so­bre el agua, y el agua es la úni­ca zo­na de os­cu­ri­dad en me­dio de la in­can­des­cen­cia. Hay tan­ta luz, es ca­si be­llo, pien­so, pe­ro sien­to tam­bién que hay una tris­te­za pro­fun­da que se ele­va de to­do es­to. Ima­gino que de­be ha­ber un ho­rror se­cre­to en el co­ra­zón de to­do en­can­ta­mien­to. Ese ho­rror va apa­re­cien­do po­co a po­co: en Sin­ga­pur hay pe­na de muer­te, cas­ti­gos cor­po­ra­les.aquí la ley es muy es­tric­ta, me di­ce son­rien­do un hom­bre me­nu­do de ma­nos in­creí­ble­men­te be­llas y mi­ra­da vi­vaz. Con­ver­so con él en el me­tro. Me son­ríe tan­to que tar­do un tiem­po en com­pren­der que su son­ri­sa es una mues­tra de gen­ti­le­za pu­ra. Me di­ce su nom­bre; no pue­do trans­cri­bir­lo pa­ra ano­tar­lo y en­ton­ces lo ol­vi­do pron­to, ca­si al sa­lir del va­gón.

Es­tá la ac­ti­vi­dad de los tu­ris­tas. La lo­cu­ra de los ca­si­nos, la ex­ten­sión in­fi­ni­ta de al­fom­bras ro­jas con me­sas de jue­go. In­clu­so es­te hor­mi­gueo pa­re­ce su­mi­do en la quie­tud, co­mo si to­dos los hu­ma­nos se

hu­bie­ran con­ge­la­do fren­te a su cru­pier o a sus má­qui­nas tra­ga­mo­ne­das. Es­tán los es­ca­pa­ra­tes de las gran­des mar­cas que en­vuel­ven to­do lo que su luz do­ra­da to­ca. Cer­ca al río, ha­cia don­de mi­re, hay tu­ris­tas chi­nos con su sel­fie stick, su pa­lo de au­to­rre­tra­to, y los veo ca­mi­nar, vién­do­se a sí mis­mos en su ce­lu­lar, de­te­nién­do­se de vez en cuan­do pa­ra cap­tu­rar su ima­gen. Es el es­pec­tácu­lo de al­go que ya ni si­quie­ra es so­le­dad, es la hu­ma­ni­dad en­te­ra la que ha caí­do ba­jo un he­chi­zo y gra­vi­ta en una es­pe­cie de au­tis­mo. Con to­da es­ta gen­te en­si­mis­ma­da gi­ran­do en mi men­te, pien­so en lo que ha­ce la ex­te­rio­ri­dad ra­di­cal. Pien­so en el co­lap­so de la in­te­rio­ri­dad.

En cier­tos lu­ga­res de la ciu­dad es po­si­ble rom­per el he­chi­zo: en los tem­plos sin­toís­tas o hin­duis­tas, lle­nos de ofren­das de flo­res y de ga­lle­tas dul­ces y de pa­pe­les de vo­tos y de­seos. Las imá­ge­nes de los dio­ses se mul­ti­pli­can, en una re­pe­ti­ción que tie­ne al­go de ma­nia­co. O en el Chi­na­town, con sus co­mi­das te­rro­rí­fi­cas. O en un res­tau­ran­te in­dio por el que pa­so, don­de se ce­le­bra el pri­mer año de una ni­ña, anun­cia­do con un car­tel ro­sa­do in­men­so; en­tre una mul­ti­tud co­lo­ri­da de tíos y pri­mos y ma­dres y ni­ños que co­rre­tean, to­dos se gri­tan unos a otros con ale­gría.

Tam­bién hay mi­llo­nes de or­quí­deas que pa­re­cie­ran pe­dir per­dón por el ex­ce­so de ace­ro. Hay lo­tos enor­mes y de­li­ca­dos, y mu­chas flo­res. Pe­ro ellas tam­bién pa­re­cen es­tar ba­jo el he­chi­zo, en los lob­bies si­len­cio­sos y va­cíos de los ho­te­les, en in­ver­na­de­ros que son in­men­sos glo­bos de vi­drio.

En es­te mo­men­to, los edi­fi­cios de la bahía es­tán a mis es­pal­das y veo ha­cia el mar abier­to. Hay mu­chos bar­cos flo­tan­do y un sol hú­me­do que se re­fle­ja en el agua co­lor de ace­ro. Son bar­cos que se­gu­ra­men­te trans­por­tan mer­can­cía y tam­po­co co­mu­ni­can na­da.y aho­ra me re­con­ci­lio por­que ya no ha­go nin­gún jui­cio. Por­que yo tam­bién he caí­do ba­jo al­gún ti­po de en­can­ta­mien­to, frío y mudo.

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