Otra tie­rra An­drea Me­jía

Arcadia - - CONTENIDO - Por An­drea Me­jía

Es­toy es­pe­ran­do en una tien­da a que al­guien me di­ga qué le pa­sa a mi compu­tador; es la ba­te­ría, tra­je la ba­te­ría de un compu­tador vie­jo pa­ra que la cam­bien, pe­ro eso no se pue­de ha­cer. No se pue­den cam­biar las pie­zas, to­do de­be ser nue­vo y bri­llan­te, ru­ti­lan­te y muy ca­ro y muy pron­to in­ser­vi­ble. Es la ley. Pe­ro esa no es la ley, pien­so. Mien­tras es­pe­ro, leo de un li­bro que he traí­do con­mi­go.

Lle­vo un tiem­po le­yén­do­lo, me­ses, por­que he in­te­rrum­pi­do mu­cho su lec­tu­ra, pe­ro ya ca­si voy a lle­gar al fi­nal. Siem­pre la mis­ma emo­ción de es­tar lle­gan­do al fi­nal de un li­bro.

No hay si­llas en la tien­da y en­ton­ces leo de pie. Aun­que el chi­co del ser­vi­cio téc­ni­co se de­mo­ra, no es­toy de mal ge­nio. Es un buen ti­po.tal vez es­tá des­va­li­jan­do mi compu­tador vie­jo, pe­ro qué más da. Me sien­to dé­bil por­que ten­go una gri­pa le­ve.tal vez por al­go más que no me in­tere­sa des­en­tra­ñar. ten­go en la men­te la es­ce­na que aca­bo de leer en mi li­bro, la de una an­cia­na que aban­do­na un con­cier­to de Mah­ler an­tes de que la mú­si­ca ter­mi­ne. Es una es­ce­na be­llí­si­ma. La an­cia­na ca­mi­na en la os­cu­ri­dad del tea­tro ha­cia la puer­ta de sa­li­da. Su pe­lo blan­co bri­lla por la luz azul que irra­dia el es­ce­na­rio. Bri­lla co­mo una co­ro­na. Ca­si creo es­tar ahí. Ima­gino a esa an­cia­na co­mo el ser hu­mano más be­llo de la Tie­rra. Pien­so en mi abue­la y en to­do lo que le de­bo. Me ale­gra mu­cho que es­té vi­va y no pue­do ima­gi­nar có­mo se­rá cuan­do ella mue­ra. Ella no lle­va el pe­lo blan­co, se lo pin­ta de un co­lor oro ce­ni­za. Es el úl­ti­mo bas­tión de su va­ni­dad. Siem­pre ha si­do muy gua­pa.

Me acuer­do de que una ami­ga me con­tó que una no­che lle­vó a su abue­la a un con­cier­to, o a una obra. Y al­go ma­lo pa­sa­ba, eso no lo re­cuer­do, pe­ro en to­do ca­so no era muy gra­ve y lo que me quedó de la his­to­ria es que mi ami­ga re­co­rría con su abue­la, to­mán­do­la del bra­zo, las es­ca­le­ras in­ter­mi­na­bles del tea­tro, cu­bier­tas de una al­fom­bra ro­ja; que ellas ba­ja­ban des­pa­cio por esos pel­da­ños mu­lli­dos, mi ami­ga acom­pa­ñan­do a su abue­la, es­col­tán­do­la con pa­sos inau­di­bles. Ca­si creo tam­bién ver­las. Esa es la ley, pien­so; aun­que la ley no pue­de apa­re­cer an­te la ima­gi­na­ción.

La me­mo­ria es si­nuo­sa y len­ta. Pe­ro mi ami­ga y su abue­la no son pa­ra mí un re­cuer­do. ¿Qué son? ¿Y por qué es­tán co­mo vivas y ba­jan­do esa es­ca­le­ra en mi ca­be­za? ¿Có­mo lle­gó a mí esa otra an­cia­na, la que avan­za so­la en la pe­num­bra de un tea­tro? Vino del li­bro que sos­ten­go de pie en es­ta tien­da de apa­ra­tos don­de pron­to vol­ve­rá a apa­re­cer

el chi­co de ser­vi­cio téc­ni­co pa­ra de­cir­me que mi compu­tador no tie­ne arre­glo; vino de mu­cho más allá, no per­te­ne­ce a na­die. Pe­ro ahí es­tá, apa­re­ci­da, con su pe­lo blan­co, dan­do pa­sos len­tos ha­cia ade­lan­te, so­bre­lle­van­do su vi­da de es­pí­ri­tu en el me­dio ra­dian­te y mó­vil de la ima­gi­na­ción. ¿Por qué ha­brá que­ri­do aban­do­nar el tea­tro an­tes de que el con­cier­to ter­mi­na­ra? No pue­do se­guir­la más allá de la sa­li­da, ni sé si va a mo­rir afue­ra al per­der­se en el vien­to frío de la no­che.

La ley es acom­pa­ñar a los muer­tos, aun­que la ley es que los muer­tos de­ben ir­se so­los.

Vuel­vo a mi abue­la, a la úl­ti­ma con­ver­sa­ción que tu­vi­mos en su bal­cón. Me sir­vió té ne­gro y tro­ci­tos de cho­co­la­te que yo mor­dis­quea­ba dis­traí­da mien­tras le con­ta­ba una his­to­ria que creía que era muy bue­na. Na­na, ten­go que con­tar­te al­go, le di­je. Ella me de­jó ha­blar y me oyó sin so­bre­sal­tar­se. Lue­go ha­bló ella. Mi abue­la es en ver­dad in­creí­ble­men­te gua­pa.y cuan­do ha­bla to­do se im­preg­na de la cal­ma de sus ojos me­dio gri­ses, me­dio azu­les. Su se­re­ni­dad es esa for­ma tan al­ta de in­te­li­gen­cia.

La ima­gi­na­ción y la me­mo­ria es­tán ín­ti­ma­men­te li­ga­das. Por esos dos po­de­res sos­te­ne­mos en nues­tra men­te las co­sas au­sen­tes.a ve­ces las imá­ge­nes son dé­bi­les y se es­pan­tan. Pe­ro des­de su ma­te­ria mu­da, he­chas ca­si so­lo de luz y de pol­vo, pue­den traer, co­mo la ima­gen de mi abue­la, la ma­yor de las dul­zu­ras.

Un chi­co a mi la­do se prue­ba unos au­dí­fo­nos inalám­bri­cos. De­jo que las lu­ces de la tien­da me per­meen y me cai­gan des­de arri­ba. Que me ro­deen to­das las co­sas que ven­den, le­ves, rí­gi­das y des­lum­bran­tes. Hay te­lé­fo­nos y re­lo­jes in­te­li­gen­tes, pan­ta­llas, au­dí­fo­nos de mu­chos mo­de­los y car­ca­sas pro­tec­to­ras he­chas de si­li­co­nas bri­llan­tes. En el te­le­vi­sor hay un vi­deo de Sha­ki­ra. No se le en­tien­de na­da de lo que can­ta, pe­ro su­pon­go que eso no im­por­ta mu­cho.

No me opon­go ni re­sis­to. Pien­so que en la pa­si­vi­dad hay una fuer­za se­cre­ta, y en mi de­bi­li­dad hay una es­pe­cie muy hon­da de ale­gría.

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