Pa­sar fi­ján­do­se

Arcadia - - CONTENIDO - Por Ca­ro­li­na Sa­nín

Ca­ro­li­na Sa­nín

Al en­trar en la ex­po­si­ción El tes­ti­go, que reúne mu­chas de las fotos que Je­sús Abad Co­lo­ra­do to­mó de la gue­rra co­lom­bia­na du­ran­te un cuar­to de si­glo, uno en­cuen­tra en pri­mer lu­gar los re­tra­tos de dos ni­ños pe­que­ños de Bo­ja­yá, ese nom­bre de pue­blo ma­sa­cra­do que tan­to he­mos re­pe­ti­do y tan­to nos ha fal­ta­do ima­gi­nar. Los ni­ños

mi­ran ha­cia ade­lan­te. Pe­ro “ade­lan­te” no es un pun­to pos­te­rior en nin­gún ca­mino que ellos va­yan o no va­yan a re­co­rrer, sino que es el len­te de la cá­ma­ra y es el es­pec­ta­dor de la fo­to. La mi­ra­da de esos dos ni­ños so­bre­vi­vien­tes de la gue­rra –tes­ti­gos de la gue­rra– de­ter­mi­na al si­guien­te tes­ti­go, que es el fo­tó­gra­fo, de quien la es­pec­ta­do­ra re­ci­be el tes­ti­go (el ob­je­to que in­ter­cam­bian los co­rre­do­res en una ca­rre­ra de re­le­vos), y en­ton­ces ella sa­be que tie­ne que cum­plir con ser, en ade­lan­te, tam­bién tes­ti­go. Por­que la ca­rre­ra –que es la his­to­ria– no se aca­ba nun­ca, pe­ro los co­rre­do­res nos cansamos.y nos mo­ri­mos. En­ton­ces te­ne­mos que co­rrer en­tre to­dos.

Los dos ni­ños de Bo­ja­yá no mi­ran tris­tes ni no tris­tes; no mi­ran bien ni mal.tie­nen una mi­ra­da an­te­rior a cual­quier ges­to, a cual­quier más­ca­ra. No ha­cen nin­gu­na ca­ra, sino que tie­nen el so­lo sem­blan­te del ser hu­mano, esa ca­ra que es la no­ve­dad del mun­do, que es siem­pre el acon­te­ci­mien­to más re­cien­te del mun­do: la no­ti­cia.a lo me­jor esa sim­ple y li­sa ca­ra de per­so­na, no iden­ti­fi­ca­da con nin­gún sen­ti­mien­to ni en­tre­ga­da a nin­gu­na ex­pec­ta­ti­va de sen­ti­mien­to, sea la ca­ra del do­lor re­fle­ja­do; es de­cir, la ca­ra del tes­ti­go. Esa ca­ra de los dos ni­ños, que no es ni ape­sa­dum­bra­da ni asus­ta­da ni ra­bio­sa ni con­ten­ta, es la en­tra­da al do­lor y el se­llo del do­lor. Es la ca­ra del ser hu­mano que me mi­ra, con una jus­ta me­di­da de cu­rio­si­dad y pa­cien­cia, co­mo a un ser hu­mano; que siem­pre es­tá anun­cián­do­me mi hu­ma­ni­dad –y exi­gién­do­me­la–.

Si­guen en la ex­po­si­ción otras fotos del ras­tro de la gue­rra; de las “per­so­nas que han es­ta­do per­dien­do cons­tan­te­men­te”, di­ce una ci­ta en la pa­red, con ese ver­bo –per­der– que di­ce la de­rro­ta y si­mul­tá­nea­men­te di­ce el ex­tra­vío; que di­ce que la pér­di­da fi­nal es en­con­trar­se per­di­do. Son to­das fotos del inú­til do­lor de la ex­pul­sión. De los ex­pul­sa­dos de la tie­rra y de la vi­da. De los co­rre­do­res de la ca­rre­ra per­di­da y sin re­le­vo. Mien­tras mi­ro la ex­po­si­ción se me ocu­rre que el do­lor que es­tá en la raíz de to­dos los do­lo­res es el del can­san­cio del que no se pue­de des­can­sar.to­da tor­tu­ra, to­da hu­mi­lla­ción, to­da es­cla­vi­tud, to­do abu­so, to­do cau­ti­ve­rio y to­da ca­ren­cia con­lle­van el ro­bo del des­can­so. La ci­fra del su­fri­mien­to, en­ton­ces, es el ca­dá­ver in­se­pul­to: el cuer­po que se­gui­rá can­sa­do, can­sán­do­se pa­ra siem­pre, sin po­der acos­tar­se ni sen­tar­se en su hue­co den­tro de la tie­rra.

En El tes­ti­go es­tán las fotos de los hor­nos cre­ma­to­rios que se cons­tru­ye­ron en la sel­va pa­ra des­apa­re­cer los cuer­pos sin que na­die los co­no­cie­ra ni los des­pi­die­ra; sin que na­die de­cla­ra­ra el des­can­so y lo pu­sie­ra en el lu­gar de la pe­na.y es­tán las fotos de las fo­sas co­mu­nes ocul­tas en la sel­va, con los hue­sos con­fun­di­dos, los miem­bros sin con­cier­to, las par­tes

con­ver­ti­das en cual­quier par­te y en nin­gu­na par­te; con tu cuer­po des­tro­za­do, per­di­do e in­de­ter­mi­na­do, pa­ra que otro no pue­da re­le­var­te; pa­ra que no pue­das des­can­sar de la ca­rre­ra, y el vi­vo no pue­da em­pe­zar a co­rrer des­pués de ti –no pue­da vi­vir a par­tir de ti–. Con el horno y la fo­sa co­mún se des­tie­rra el des­can­so. Se prohí­be el re­le­vo. Se eli­mi­na el tes­ti­go.

Di­ce el Co­rán que des­pués de que Caín ma­tó a su her­mano Abel, vino un cuer­vo y ras­gu­ñó el sue­lo, y así le in­di­có que po­día en­te­rrar a la víc­ti­ma, y así los hom­bres apren­di­mos a en­te­rrar a los muer­tos. Pa­ra mí es un gran mis­te­rio: ¿qué quie­re de­cir que un ani­mal no hu­mano le ha­ya en­se­ña­do al hu­mano un ac­to bá­si­co de la ci­vi­li­za­ción? ¿Y por qué un ani­mal que vue­la en el cie­lo nos en­se­ñó a so­te­rrar? ¿Y por qué un ani­mal que co­me ca­dá­ve­res nos en­se­ñó a en­te­rrar los ca­dá­ve­res pa­ra que no se los co­man los ani­ma­les? ¿Y en­te­rrar al muer­to es es­con­der­lo, o es mos­trar­lo? A raíz de eso me pre­gun­to tam­bién: ¿la evi­den­cia de la his­to­ria –que es bá­si­ca­men­te la se­cuen­cia de nues­tros ase­si­na­tos– es la su­ma de los muer­tos re­co­no­ci­dos, des­pe­di­dos y en­te­rra­dos en se­pul­tu­ras in­di­vi­dua­les, o es la res­ta de los muer­tos de la gue­rra, de­ja­dos en las fo­sas co­mu­nes, que per­vi­ven co­mo fan­tas­mas? ¿Una di­fe­ren­cia se­ña­la­da en­tre la paz y la gue­rra es que la paz de­ja una tum­ba con un nom­bre y la gue­rra una sin nom­bre?

Ten­go la no­ción de que Je­sús Abad Co­lo­ra­do, que ha an­da­do tan­to con­tra el can­san­cio y ha to­ma­do fotos mi­ran­do con tan­tos ojos, les re­ci­be el tes­ti­go a los muer­tos pa­ra que ellos pue­dan des­can­sar. Nos lo pa­sa a no­so­tros. El tes­ti­go nos da la lar­ga­da que nos ha­ce en­trar en la ca­rre­ra.

Vi­gía del Fuer­te, An­tio­quia. 2007

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