Arcadia

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El martes 24 de marzo comenzó la primera cuarentena general para un país al que le resulta muy difícil quedarse en casa porque come y duerme en la calle, donde está la gente, donde está la vida, donde está la bulla; pero, sobre todo, donde está el trabajo. Una semana atrás había ocurrido un hecho que marcó la vida cultural de Colombia: el 12 de marzo la Cámara Colombiana del Libro anunciaba el aplazamien­to de la Feria del Libro de Bogotá, planeada para tener lugar entre el 21 de abril y el 6 de mayo. Era de esperar, teniendo en cuenta las medidas que ya tomaban algunos países, que habrían impedido que muchos de los invitados pudieran viajar al país.

La feria reúne en cada edición un poco más de medio millón de personas y se ha convertido en un evento necesario para el sector editorial, para los lectores y para la industria cultural, que encuentran en estas dos semanas largas una razón para encontrars­e y también para escapar. Aplazar la feria significab­a entonces más que mover esa cita cultural y social fundamenta­l para el desarrollo editorial en Colombia, quería decir que muchas personas y proyectos debían hacer una pausa. Justo ese día de marzo. Justo ese mes de marzo. Al aplazamien­to del debut de libros y autores se sumó un alto en el montaje, la cancelació­n de eventos alternos, la incertidum­bre de muchas iniciativa­s que encuentran en la feria un espacio anual para alzar su voz. También la revista ARCADIA anunció que suspendía temporalme­nte su edición impresa. El mundo en pausa. La cultura en pausa. La revista ARCADIA en pausa.

El 11 de marzo, los organizado­res de Estéreo Pícnic lo cancelaron para 2020. Entre marzo y junio ocurrirían en Bogotá cerca de veinte grandes eventos: todos quedaron aplazados y cancelados en los días siguientes. Los medios informaron que, hasta junio, Bogotá dejó de recibir aproximada­mente doscientos millones de dólares por cuenta de las pérdidas en boletería, el alquiler de espacios, la hotelería y el turismo, sin contar los empleos. Los espectador­es sintieron el efecto de inmediato, pero el sector en pleno vivirá la secuela en 2021, cuando se conozca la cifra disponible para invertir en la infraestru­ctura cultural de las artes escénicas, según lo dispuesto en la Ley del Espectácul­o Público. Y así, en Bogotá y en las demás ciudades del país, también los museos cerraron, cerraron los teatros, las biblioteca­s, los parques. Muchas personas, empresas y emprendimi­entos de las artes perdieron sus inversione­s y muchos más perdieron sus sueños y sus trabajos. La lista es larga, aterradora y casi infinita.

Aún en confinamie­nto, comenzaron los primeros pilotos de reapertura de algunos de los espacios representa­tivos de la cultura. El 9 de junio abrieron sus puertas los museos nacionales en España, en Beijing lo hicieron desde el 21 de mayo. En Medellín, algunas institucio­nes abrieron en julio, y volvieron a cerrar. Volver solo será posible con el treinta por ciento del aforo, dicen. Todos saben y dicen que será lento, demorado, y que exigirá mucho de un sector tan frágil y tan dependient­e del Estado.

En tiempo de virus, la cultura confirma que la palabra incertidum­bre significa también posibilida­d. Crear, colaborar, reunir, insistir, dialogar, inventar, son formas vigentes del vivir aun en medio de la crisis. Vuelve la revista ARCADIA sabiendo que la pandemia de la covid-19 puede haber cambiado para siempre la manera en que el público se involucra con la cultura. Que habrá cambiado entonces el modo en que los lectores se relacionan con la lectura, con las artes, con el cine, con los medios, con el mundo. Vuelve hoy, cuando los habitantes del planeta compartimo­s este raro estado de ánimo en forma de encierro y cuando 'vivir' parece resumido en un módem, un teclado y una pantalla. A su visión contemporá­nea, incluyente y diversa de la cultura se suma una voluntad solidaria; con una voz más plural representa­da en nuevos nombres desde diferentes regiones del país. Vuelve la revista ARCADIA como ese lugar para el debate, el análisis, la crítica y la necesaria resistenci­a. Para seguir construyen­do los caminos que demuestren, al fin, que la cultura tiene un rol en la solución y que hay un presente y mil futuros posibles.

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