UN CIER­TO OLOR A PO­DRI­DO

El Colombiano - - OPINIÓN - Por ER­NES­TO OCHOA MO­RENO ochoaer­nes­[email protected]

Es­tu­ve don­de mi an­ciano tío cu­ra, el pa­dre Ni­ca­nor Ochoa. A él, tan real co­mo ima­gi­na­rio (o me­jor, real por ima­gi­na­rio), acu­do a me­nu­do pa­ra apa­ci­guar mis in­quie­tu­des in­te­rio­res, las an­gus­tias del mo­men­to. Se lo di­je de en­tra­da:

-Con es­to de los es­cán­da­los de co­rrup­ción, tío, el país es­tá olien­do muy ma­lu­co.

-Es que, hi­jo, a eso hue­le la co­rrup­ción: a po­dri­do. A eso, a pu­tre­fac­ción, a ca­da­ve­ri­na, hue­le hoy Co­lom­bia.

-El cán­cer de la co­rrup­ción, pa­dre, de que se ha­bla re­tó­ri­ca­men­te y que, co­mo el cán­cer, se diag­nos­ti­ca pe­ro no se cu­ra.

-Y es que el cán­cer no es sino el ham­bre in­con­te­ni­ble de una cé­lu­la que aca­ba de­vo­ran­do to­do lo que la ro­dea. Es co­mo si a una hor­mi­ga le die- ra el ham­bre de un ele­fan­te y em­pe­za­ra a de­vas­tar to­do a su al­re­de­dor pa­ra sa­ciar su ape­ti­to des­afo­ra­do.

-Eso, ni más ni me­nos, sería la co­rrup­ción.

-Que co­mo el cán­cer, es fá­cil de prevenir al prin­ci­pio pe­ro di­fí­cil de de­tec­tar. Tan­to, que cuan­do se ha­ce no­to­rio ya es in­cu­ra­ble. Re­cuer­do ha­ber leí­do eso en Ma­quia­ve­lo, re­fi­rién­do­se a la ti­sis co­mo me­tá­fo­ra de al­gu­nas per­ver­sio­nes po­lí­ti­cas: im­per­cep­ti­bles y tra­ta­bles al prin­ci­pio, pe­ro cuan­do se ha­cen vi­si­bles ya no tie­nen cu­ra. -¿Y en­ton­ces? -Lle­ga un mo­men­to en que un in­di­vi­duo, un grupo de per­so­nas, una em­pre­sa, una ins­ti­tu­ción, una na­ción, nau­fra­gan en el de­seo desafo- ra­do de te­ner: dinero, po­der, tie­rras, lo que sea, que a me­di­da que se tie­nen exigen más y más (dinero, po­der, tie­rras, lo que sea). Co­mo ya no se pue­de re­tro­ce­der, hay que echar mano de to­do pa­ra lo­grar­lo: so­bor­nos, coimas y to­da cla­se de de­li­tos blan­cos. O ni tan blan­cos y de to­dos los co­lo­res, esos que es­tán aho­gan­do hoy a nues­tra so­cie­dad.

-Eso, pa­dre, sin me­ter­nos en mo­ra­lis­mos, se lla­ma co­di­cia.

-Exac­to. Pu­ra (o im­pu­ra, me­jor) co­di­cia. La “cu­pi­di­tas” la­ti­na, de don­de vie­ne la pa­la­bra co­di­cia. El de­seo in­con­te­ni­ble, la pa­sión, la “cu­pi­do”...

-Ya se le sa­lió a us­ted el la­tín, tío.

-Un la­tín, hi­jo, que, ya no nos sir­ve a los cu­ras vie­jos sino pa­ra alar­des eti­mo­ló­gi­cos. Pe­ro no me ha­gás de­cir bo­ba­das.

-Bo­ba­das, que, de pron­to, pa­dre Ni­ca­nor, nos ayu­dan a amai­nar las náu­seas que nos asal­tan en es­te reino de la co­rrup­ción. Que hue­le a po­dri­do. A in­so­por­ta­ble ca­da­ve­ri­na

Lle­ga un mo­men­to en que un in­di­vi­duo, una em­pre­sa, una na­ción, nau­fra­gan en el de­seo des­afo­ra­do de te­ner: dinero, po­der, tie­rras, lo que sea... Eso se lla­ma co­di­cia.

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