SO­BRE LOS ES­TA­DOS DE LA MA­TE­RIA

El Colombiano - - OPINIÓN - Por JO­SÉ GUI­LLER­MO ÁN­GEL me­moan­[email protected]

Es­ta­ción Qué es eso (pre­gun­tan­do o re­ga­ñan­do), en la que se dan to­do ti­po de trans­fe­ren­cias en las que unos cuer­pos se re­car­gan en otros ( co­mo áto­mos en­lo­que­ci­dos) y las mu­ta­cio­nes abun­dan. Y lo que ve­nía en es­pi­ral suel­ta vec­to­res por to­das par­tes y, si X era igual a Y (la reali­dad con re­la­ción a lo que sa­be­mos), es­ta igual­dad ya no es y apa­re­cen to­da cla­se de si­tua­cio­nes en re­ver­sa, fre­na­zos, cam­bios de fun­ción, iner­cias que fun­cio­nan co­mo bo­las de bi­llar gol­pean­do con­tra las ban­das de la me­sa, pro­du­cien­do ta­ca­das ines­pe­ra­das y cuen­tas mal he­chas en el fi­che­ro, a más de ju­ga­das de fan­ta­sía que asom­bran pe­ro no va­len, pues el asun­to no es de cir­co.

Y en­ton­ces, apa­re­cien­do y des­apa­re­cien­do, la ma­te­ria no es por su cla­si­fi­ca­ción y uso, sino una so­pa que hier­ve y de la que no se sa­be su con­te­ni­do real y me­nos el sa­bor que tie­ne, y que a ve­ces ni so­pa es, sino un al­go re­ca­len­ta­do que con­tie­ne lo de ayer más un hue­vo que se le pu­so hoy. Y bueno, con es­to desa­yu­na­mos no más pa­de­ce­mos un no­ti­cie­ro.

Se sa­be que la ma­te­ria es un com­pues­to de ener­gía (de cuan­tos de ener­gía que se mue­ven en des­or­den) y tie­ne ma­sa, lu­gar pa­ra mo­ver­se y fuer­zas que la po­nen en mo­vi­mien­to. Y si bien es una so­la, se mues­tra en di­ver­sos es­ta­dos: só­li­do, vis­co­so, líquido, plas­ma y ga­seo­so, pu­dien­do pa­sar de un es­ta­do a otro, se­gún se mez­cle, se mue­va y se le aña­da ca­lor. Así, de lo só­li­do se pa­sa a lo líquido, crean­do an­tes una vis­co­si­dad en la que unos ele­men­tos se unen a otros (tam­bién se desunen), pre­su­mien­do lo que era y lo que pa­sa. En tér­mi­nos de mo­ral, la vis­co­si­dad ( co­mo el lo­do) des­ha­ce va­lo­res es­pe­cí­fi­cos y el re­sul­ta­do es una li­cue­fac­ción ex­tra­ña que vuel­ve lí­qui­das las cos­tum­bres y, co­mo di­ce Zig­munt Bau­man, co­rren por ahí y al fi­nal al­guien las tra­pea o se se­can de­bi­do al ca­lor que ha­ce.

Cuan­do la ma­te­ria son ga­ses, se res­pi­ra mal y has­ta se flo­ta si lo crea­do es un lu­gar ex­tra­ño don­de se ve y se oye mal, se an­da tan­tean­do y se en­tien­de por par­tes, cuan­do no es que se en­tien­de na­da y en­ton­ces, en esa ma­te­ria mu­tan­te, va­mos per­di­dos co­mo en los via­jes de Co­lón, bus­can­do una co­sa y en­con­tran­do otra, pa­ra más sus­tos y ma­los go­bier­nos. Y claro, des­ma­te­ria­li­zán­do­nos en­tre los frag­men­tos, en los que an­da­mos, tro­pe­zan­do y sal­tan­do.

Aco­ta­ción: a con­se­cuen­cia de la en­tro­pía, to­do tien­de a des­truir­se. La con­di­ción de ma­te­ria es lle­gar a un fi­nal. Fi­nal que es una tras­for­ma­ción y un ini­cio. Pe­ro mien­tras lo vis­co­so sea la pre­sen­cia y el plas­ma lo que to­da­vía no es, ya no se apa­re­ce ma­te­ria fi­ja y, en es­te pun­to, hay más hu­mos que otra co­sa

En tér­mi­nos de mo­ral, la vis­co­si­dad (co­mo el lo­do) des­ha­ce va­lo­res es­pe­cí­fi­cos y el re­sul­ta­do es una li­cue­fac­ción ex­tra­ña que vuel­ve lí­qui­das las cos­tum­bres...

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