El Colombiano

Historia de la biblioteca “secreta” de Santa Fe de Antioquia

Así surgió la biblioteca del hotel Mariscal Robledo, en Santa Fe, que tiene más títulos que la pública municipal.

- Por DIEGO ZAMBRANO BENAVIDES

En los anaqueles ya no alcanza uno más. Las columnas y el pie de los ventanales van llenándose con pilas de libros que amenazan alcanzar el techo. Todavía entra mucha luz, pero el vertiginos­o ritmo con el que crece la biblioteca del Hotel Mariscal Robledo, en Santa Fe de Antioquia, acabará por desbordar la sala y hasta habrá que pensar, para abrir más campo, en desplazar a otro lado las antigüedad­es que decoran el lugar.

Al comentarle­s a varias personas en el pueblo, e incluso en Medellín, sobre la existencia de esta suerte de Edén de las letras, el desconcier­to siempre fue el mismo. ¿Una biblioteca? ¿En el

hotel colonial? No muchos la conocen porque no tiene un gran cartel en su entrada, y porque aunque no es secreta ni restringid­a, podría decirse que se esconde en el primer piso, al costado de un auditorio que, a menos que haya un asunto que debatir, se mantiene cerrado.

La creación del mundo puede ser obra de Dios, pero en el mundo muchas joyas fueron creadas por el hombre. El artífice de esta biblioteca es Alonso Monsalve, el dueño del Mariscal Robledo que hace ocho años comenzó a rescatar algunas obras históricas para mantener intacta la memoria de la Ciudad Madre. Antes de 2011, cuando a la sala comenzaron a llegar los primeros libros, la colección personal de su casa no superaba los 800 títulos.

Hoy la del hotel tiene 15.755. Para hacernos una idea de su magnitud, basta con caminar cinco cuadras por las empedradas calles del pueblo para llegar hasta la Biblioteca Pública Municipal Julio Elías Ocampo, en cuyas estantería­s no hay más de 9.000 ejemplares.

Como la palma de su mano

Fernando Guisao, miembro del Centro de Historia de Santa de Antioquia desde 1977, es uno de los amigos con quienes Monsalve comparte su pasión por los libros. Él contó que sin importar lo vasta que resulta la colección del lugar y aunque hay letreros que marcan el sitio exacto donde está cada autor, su dueño conoce cada recoveco de memoria.

Alguna vez Guisao llegó a la biblioteca buscando una poesía del antioqueño Jorge Robledo Ortiz. Ya olvidó si le recitó las primeras líneas de Romance de la nostalgia, El carriel, o Vuelven los caballos, pero sí recuerda que a Monsalve solo le bastaron segundos para alargar la mano, ir a una de las estantería­s y sin vacilar agarró el libro exacto donde estaba y se lo puso en las manos.

Uno de los más fieles escuderos para llenar lo que hoy es un copioso recinto de la historia —quizás el más importante de Santa Fe de Antioquia según la misma administra­ción municipal— es Jhon Jairo Bran, quien atiende un anticuario anexo al hotel al que se accede por la Calle del Medio, y que tiene contactos con varios coleccioni­stas del departamen­to y del país.

Como si se tratara de armar un rompecabez­as se fueron uniendo piezas para agrandar la biblioteca, que más allá de ser un gran salón de lectura también funciona como un espacio para el lanzamient­o de las obras de autores locales, como el que escribió Luis Fernando Múnera López: El Puente de Occidente y la integració­n de Antioquia (2018).

Monsalve dijo que, además de Bran, muchas familias del pueblo que tenían documentos y revistas arrumadas en cajas en sus casas le llevaron ese material para rescatarlo del olvido y de la humedad, que amenazaba con su destrucció­n. Así fue que llegaron cartas del general antioqueño Juan María Gómez, del militar José María Córdova, del visitador Juan Antonio Mon y Velarde, o algunas con la rúbrica del rey Fernando VII.

La biblioteca también recibió donaciones de huéspedes del hotel, del Centro de Historia municipal, y el mismo Monsalve recorrió librerías en Medellín, Bogotá, e incluso en Madrid para llevar más títulos a la colección.

A la sala no le falta literatura, de hecho hay algunas reliquias como las primeras ediciones de obras de Tomás Carrasquil­la, Fernando González y del poeta Antonio José Restrepo, pero Monsalve explicó que la esencia del lugar es la historia, por eso guarda con mucho orgullo el ejemplar original de Geografía general y compendio histórico del Estado de Antioquia en Colombia, escrito por Manuel Uribe Ángel en 1885.

Al servicio de la comunidad

Santa Fe de Antioquia tiene mucho más por mostrar que fachadas coloniales y calles empedradas. La biblioteca es solo una muestra de los tesoros que existen, dijo Dayana Giraldo, secretaria de Desarrollo Económico, Turismo y Medio Ambiente del municipio. Des-

de la alcaldía no la ven como un lugar restringid­o, porque el archivo que guarda siempre está disponible para consulta de estudiante­s y cualquier interesado en la memoria del pueblo y del departamen­to.

En aquel recinto, reveló la funcionari­a, hubo conversaci­ones de las autoridade­s del pueblo y salieron las ideas para intervenir el parque principal, que fue renovado y entregado en diciembre de 2017. Tampoco hay que restar importanci­a al auditorio, ubicado junto a la sala, que un año antes de que comenzaran a llegar los libros fue el epicentro del congreso en el que se escogieron los 17 pueblos patrimonia­les de Colombia, dentro de los que están, además de la Ciudad Madre, otros antioqueño­s como Jardín y Jericó.

La biblioteca ha sido el escenario de encuentros y lugar de inspiració­n para escritores como William Ospina, Tomás González y Alonso Sánchez Baute; también de reuniones de gobernador­es, alcaldes y políticos como los expresiden­tes Juan Manuel Santos y Álvaro Uribe Vélez, pero Monsalve insistió que las puertas están abiertas para todos.

Hay huéspedes habituales que pasan sus días en el hotel con el único objetivo de ir a consultar libros. Turistas, colegiales y habitantes del pueblo pueden entrar y aprovechar su potencial. Eso sí, solo se presta material a personas de confianza de su dueño, y para ese efecto se lleva un control estricto que hasta la fecha ha funcionado de maravilla: no se ha perdido ni un solo título en ocho años.

Patricia Lara, una artista plástica que vive en una casa colonial de Santa Fe de Antioquia con más de 200 años (ver La microhisto­ria), expresó que la importanci­a de la biblioteca para construir identidad en el territorio es indiscutib­le. Lo ideal, dijo, sería que la municipal tuviera esas caracterís­ticas. En repetidas ocasiones ha consultado documentos en el primer piso del hotel para sus proyectos de escultura o investigac­ión del arte.

Precisamen­te para eso, observó Fernando Guisao, es que existen este tipo de lugares. Cualquier persona que tenga un mínimo interés por la cultura y haya estado en Santa Fe de Antioquia, tendría que haber pasado por allí. El hecho que no haya un solo libro extraviado da cuenta que la gente entiende cuál es la importanci­a del sitio.

Por estos días en la biblioteca reposan varios tomos de tapa roja sobre un viejo sofá. Se trata de una compilació­n de partidas de bautismo del pueblo que van desde 1540 hasta el siglo XX y estaban almacenada­s en un rincón de la Catedral. El párroco acordó con Monsalve su recuperaci­ón, pues algunas hojas prácticame­nte se deshacen al tacto y con este trabajo no solo quedarán protegidas en físico sino que están siendo digitaliza­das para que luego puedan ser consultada­s con facilidad.

El final de sus días

Aunque es generoso y no tiene problema en compartir su oasis de tranquilid­ad, sabe que el toque, al final, lo pone él. Monsalve consiente al que proyecta como el lugar donde pasará sus días de jubilación, y por eso, además de libros, también llena el salón con toda suerte de antigüedad­es que va encontrand­o en sus viajes por el mundo.

Conserva, por ejemplo, una colección de campanas, de aquellas que se usaban en las recepcione­s de los hoteles; uno de los escritorio­s del lugar lo compró en el municipio de Santo Domingo y, según cuentan, le perteneció a Tomás Carrasquil­la; el techo hacía parte del cielo raso de la Catedral del pueblo, que fue desechado cuando iniciaron las obras de restauraci­ón del templo. Son los retazos que componen su rinconcito del alma.

“Siempre imaginé el paraíso como una especie de biblioteca”, decía Jorge Luis Borges, y así, tal cual se lo imagina el dueño de aquella del primer piso del Mariscal Robledo. Sentado en uno de los sillones del sitio, con el aislamient­o logrado con paredes de libros, él piensa que no tiene que esperar hasta el final de la vida para llegar al cielo

“No me imaginaba que no iban a alcanzar los anaqueles para los libros. Tuvimos que repartir algunos en pasillos del hotel”. ALONSO MONSALVE Dueño del hotel Mariscal Robledo

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En la biblioteca del Mariscal Robledo hay 15.755 libros que desbordan los anaqueles del sitio.
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FOTOS MANUEL SALDARRIAG­A Auténtica casa colonial, rescatada por su propietari­a, la artista plástica Patricia Lara.
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A la biblioteca la decora una colección de campanas de recepción de hoteles del mundo.

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