30 años sin el Mu­ro que cam­bió el mun­do

Dos ale­ma­nes cuen­tan có­mo vi­vie­ron ese 9 de no­viem­bre de 1989, cuan­do el pa­re­dón se con­vir­tió en un cú­mu­lo de es­com­bros de­rri­ba­dos por el pue­blo.

El Colombiano - - PORTADA - Por JU­LIA­NA GIL GU­TIÉ­RREZ

Dos ale­ma­nes re­cuer­dan sus vi­ven­cias de la caí­da del Mu­ro de Ber­lín en no­viem­bre de 1989. Le ex­pli­ca­mos có­mo era ese pa­re­dón que los di­vi­dió.

Una voz en la te­le­vi­sión di­jo que a par­tir de ese mo­men­to se po­dría via­jar en­tre la Re­pú­bli­ca De­mo­crá­ti­ca de Ale­ma­nia (RDA, es­te) y la Re­pú­bli­ca Fe­de­ral de Ale­ma­nia (RFA, oes­te) sin vi­sa.

En sus on­ce años de vi­da, Sven Schus­ter, quien vi­vía en el la­do del ca­pi­ta­lis­mo, ya sa­bía que vi­vía en un país partido en dos por un mu­ro, púas y mi­nas. Ese no­viem­bre de 1989, en­tre la exen­ción de vi­sa­do que ha­cía la ad­mi­nis­tra­ción de la Unión So­vié­ti­ca para al­gu­nos via­jes al ex­te­rior y el des­gas­te eco­nó­mi­co del la­do co­mu­nis­ta, sin­tió que al­go es­ta­ba por cam­biar.

Schus­ter cre­ció en Weis­sen­burg, pue­blo de la ciu­dad de Ba­vie­ra, en­tre la economía ca­pi­ta­lis­ta que ins­tau­ra­ron los alia­dos y los re­la­tos que le con­ta­ban su sus pa­dres so­bre el otro la­do, don­de que­dó par­te de su fa­mi­lia sin po­der cru­zar an­te el freno en for­ma de mu­ro que eri­gió la RDA para evi­tar que los ale­ma­nes que es­ta­ban en su par­te hu­ye­ran al otro sec­tor del país. “Te­nía com­pa­ñe­ros en el co­le­gio pro­ce­den­tes del es­te que lo­gra­ron es­ca­par. Ha­bla­ban ru­so y no in­glés co­mo no­so­tros. Con los días sen­tía­mos que al­go pa­sa­ría y no fue sor­pre­sa cuan­do ca­yó el Mu­ro”, re­la­ta.

A es­te ale­mán, hoy de 41 años, le lle­ga a la ca­be­za esa ima­gen del hom­bre que dio el anun­cio en la te­le­vi­sión. Era la voz del pri­mer se­cre­ta­rio del Partido Co­mu­nis­ta de la RDA, Gün­ter Scha­bows­ki. En esa rue­da de pren­sa es­ta­ba Ric­car­do Ehr­man, un periodista ita­liano que tra­ba­ja­ba en el la­do es­te y que con su pre­gun­ta ra­jó el Mu­ro de Ber­lín. Una pa­la­bra, seis le­tras y una re­vo­lu­ción: “¿Cuán­do?”. La res­pues­ta del Scha­bows­ki se tra­du­jo en un “a par­tir de aho­ra”. El se­cre­ta­rio ha­bló y la gen­te sa­lió a las ca­lles. Los ciudadanos par­tie­ron el Mu­ro co­mo pá­ja­ros car­pin­te­ros la­bran un ár­bol y los co­rri­llos de gen­te bai­lan­do so­bre sus es­com­bros y co­rrien­do de un la­do a otro de Ale­ma­nia di­na­mi­ta­ron la cor­ti­na de ce­men­to que di­vi­día Ber­lín y, con es­to, los alam­bres y ba­rri­ca­das que te­nían al país en dos ban­dos.

Ho­ras an­tes un gru­po de ex­per­tos ha­bía en­via­do una car­ta al Co­mi­té Cen­tral del partido su­gi­rien­do que el Mu­ro se de­mo­lie­ra en un fu­tu­ro cer­cano para con­ver­tir­lo, se­gún su mi­si­va, “en una re­li­quia del pa­sa­do”. El fu­tu­ro fue ese mis­mo día.

El mun­do mi­ró ha­cia el es­te. “Scha­bows­ki se­ña­ló –en la mis­ma rue­da de pren­sa– que la me­di­da ha­ría su­per­fluas las ins­ta­la­cio­nes fron­te­ri­zas en­tre am­bos es­ta­dos ale­ma­nes y el pro­pio Mu­ro de Ber­lín”, se le­yó en EL CO­LOM­BIANO en un ar­tícu­lo de esa no­che.

Des­pués del es­truen­do

No so­lo era un mu­ro de púas o ce­men­to. Es­ta­ba vi­gi­la­do por las au­to­ri­da­des de la RDA al man­do de la Unión So­vié­ti­ca para que na­die del es­te cru­za­ra al oes­te (al re­vés sí se po­día), pe­ro nin­guno de ellos re­pri­mió al pue­blo que co­men­zó a de­rri­bar­lo. Por una no­che y los días si­guien­tes ca­yó de a po­co a ma­nos de quie­nes pe­dían la reuni­fi­ca­ción. Tiem­po des­pués quie­nes cre­cie­ron en el la­do co­mu­nis­ta co­no­cie­ron el cos­ta­do opues­to, y de un la­do y del otro, sin res­tric­cio­nes, en­tra­ron a esa par­te del país que es­ta­ba ocul­ta, y ar­ma­ron así el rom­pe­ca­be­zas de lo que les fal­tó a unos y les so­bró a los otros.

“Vi las imá­ge­nes en la te­le­vi­sión, en un ca­nal es­ta­tal, y mis pa­pás eran muy fe­li­ces. Yo tam­bién es­ta­ba con­ten­to por­que pa­re­cía al­go ché­ve­re”, re­cuer­da Tho­mas Go­da, quien a sus diez años fue tes­ti­go de la caí­da. Ellos le ex­pli­ca­ron que la gen­te pro­tes­tó para “li­be­rar­se del reino so­vié­ti­co” y que aho­ra Ale­ma­nia se reuni­fi­ca­ría. Dos años des­pués, Go­da via­jó con su fa­mi­lia a lo que fue la RDA. Las imá­ge­nes de esa tra­ve­sía es­tán mar­ca­das por re­tra­tos de bos­ques, hue­cos en la ca­lle, vi­vien­das ro­tas y edi­fi­cios que pa­re­cían co­lap­sar.

Un vahí­do de un Mu­ro cons­trui­do por la RDA que, co­mo los in­te­gran­tes del Partido Co­mu­nis­ta di­je­ron ese 9 de no­viem­bre, que­dó en los ves­ti­gios de la historia co­mo la in­sig­nia de la Gue­rra Fría, la bi­po­la­ri­dad en­tre Es­ta­dos Uni­dos y la Unión So­vié­ti­ca y que con su caí­da cam­bió el re­la­to del Si­glo XX y la pos­gue­rra: una cor­ti­na que di­vi­dió Ale­ma­nia du­ran­te 29 años y que hoy cum­ple 30 de su caí­da en una Ale­ma­nia en reuni­fi­ca­ción

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