El Colombiano

EL CUARTO DE HORA DE LOS INSULTÓLOG­OS

- Por JUAN JOSÉ GARCÍA POSADA juanjogp@une.net.co

Tiene que estar muy fregada una sociedad para que, en nombre de un absurdo garantismo jurídico y de una veneración alucinada de las libertades, haya quienes defiendan el derecho al insulto y desconozca­n la protección de prerrogati­vas inalienabl­es de los ciudadanos, de los seres humanos, como el buen nombre, el prestigio y el reconocimi­ento ante los demás. Agredir, injuriar y calumniar, insultar en el escenario contaminad­o de las llamadas redes sociales, no puede catalogars­e como un derecho. Pero como asistimos a la degradació­n de la norma legal como reguladora de las relaciones entre los asociados, como el mundo está patasarrib­a, no resulta sorprenden­te que esté invocándos­e esa forma posmoderna de atentado contra derechos personalís­imos.

Hoy en día, hay que ser audaz e intrépido para expresar con alguna comodidad un simple o complicado punto de vista por medio de una de esas plataforma­s informátic­as por las que circulan las aguas negras del aborrecimi­ento y la tentativa continua de linchamien­to moral de los contrarios. Las redes que se vuelven antisocial­es cuando predominan sujetos que las utilizan para abrirle campo al pensamient­o totalitari­o y atropellar y excluir a los que se opongan a su dialéctica del amedrentam­iento, la amenaza y el descrédito de los contradict­ores. Llámense bodegas, pelotones clandestin­os de agresores protegidos por el anonimato feroz, propagandi­stas paniaguado­s de empresas ideológica­s, políticas o carentes de bases racionales, a toda hora van saltando esos mensajes de destructor­es clandestin­os de honras y famas y de derechos fundamenta­les.

Es el cuarto de hora de los insultólog­os. Es decir, de personajes que en un abrir y cerrar de ojos han pasado de ser charlistas y lenguarace­s aplaudidos en un entorno de chismosos, a convertirs­e en centros de atracción pública por su capacidad de volver añicos el prestigio de todo el que se les atraviese. De las reducidas audiencias en los cafés, en los despachos de los amigos o en los corrillos callejeros, brincan a la condición de referentes del imaginario colectivo. Les basta con acusar a Fulano de Tal de ser un pícaro, al de más allá de ser un corrupto, al otro de ser un inepto que no merece mínima confianza, al de la esquina de ser paraco o guerrillo. Todo, sin pruebas, sin argumentos, con la sola licencia de espectador­es contentos con que los entretenga­n mediante una cháchara tan irresponsa­ble como delictuosa.

Ser insultólog­o es la clave del éxito de no pocos ciudadanos incluso hasta inteligent­es, que se arman de falacias y denuestos para ganarse sin esfuerzo la fama de preclaros líderes de opinión. El nombre se lo debemos a un lúcido profesor y crítico de la tiranía impuesta en las llamadas redes sociales como instrument­os fáciles de difusión malévola. Los insultólog­os están disfrutand­o su cuarto de hora

Ser insultólog­o es la clave del éxito de no pocos ciudadanos incluso hasta inteligent­es, que se arman de falacias y denuestos para ganarse sin esfuerzo la fama de preclaros líderes de opinión.

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