El Colombiano

Cuando todo es perfecto. “Retrato de una mujer en llamas”, de Céline Sciamma

- CORTESÍA

Hay un instante del enamoramie­nto, ojalá lo hayan vivido, en que uno es capaz de recordar, al cerrar los ojos, cada rincón del cuerpo de la persona que ama. Céline

ha conseguido en

“Retrato de una mujer en llamas” que todos los que hemos amado volvamos a vivir ese instante a través de sus dos personajes principale­s: Marianne, la pintora hija de pintor que ha llegado a esta isla en la que transcurre casi todo, para cumplir con un contrato, y

Héloïse, la joven que debe ser retratada de la forma más fiel posible, para que un hombre al que jamás veremos, acepte convertirl­a en su esposa.

Y lo logra valiéndose de todas las herramient­as que le permite el cine. Un guion preciso, capaz de definir a un personaje en un par de escenas (sabremos del ímpetu de Marianne y de su independen­cia cuando, casi al comienzo, escoja arrojarse a las aguas para cumplir un compromiso, y luego la veamos fumar desnuda frente al hogar); un casting perfecto (después de ver la película uno no puede imaginarse en esos papeles a unas actrices que no sean Noémie Merlant y Adèle Haenel), que logra con sus actuacione­s impregnar con la carga erótica y sentimenta­l que se merece, frases que dichas de otra manera no tendrían ese poder, como “¿Has soñado conmigo?”; una fotografía que aturde de lo bella, que convierte cada fotograma en un cuadro al óleo y que le valió a su creadora, la talentosís­ima Claire Mathon, ser honrada como la mejor de su categoría en los premios César del año pasado.

Como toda obra mayor, “Retrato de una mujer en llamas” trasciende la anécdota inmediata, la que contaría una sinopsis, para ser capaz de hablar de la vida en mayúsculas, de independen­cia femenina y de qué carajos es la sororidad, del amor y el deseo, de la libertad y de la soledad. Cada vez que la veamos (porque quién quiere perderse el placer de repetir cuando el plato es perfecto y delicioso) encontrare­mos otra línea de diálogo brillante, otro gesto de las actrices que parece irrepetibl­e. Y disfrutare­mos de nuevo, pero con más intensidad, de la música de Vivaldi, que suena en el momento justo, y de esa especie de canon de reclamo que cantan un grupo de mujeres al calor de una hoguera, dándole otro significad­o a la palabra aquelarre. Todo esto lo haremos mientras volvemos a vivir, al lado de Marianne y Héloïse una historia de amor que se va extendiend­o de a poco, sin prisas, como quien desnuda al objeto de su deseo, con una sensación de verdad de la que pocas películas se pueden ufanar. Ahí están la curiosidad y la risa involuntar­ias, las miradas intensas y los dedos, tenues, inventando caminos. La sensualida­d casi involuntar­ia.

Hay un instante del amor en que todo es perfecto. No porque lo sea, sino porque estamos ciegos a cualquier defecto. Ese instante es breve e intenso, pero justo para vivir ese momento y guardarlo en la memoria, es que vale la pena enamorarse. Como las mujeres de esta película inmensa de Céline Sciamma, para que haya una página de nuestra historia en la que nos quedemos a vivir para siempre

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