El Espectador

La vida que nos tocó vivir

- ISABEL SEGOVIA OSPINA

CUANDO EMPEZAMOS A OÍR QUE EN China se había propagado un virus, de este lado del mundo pensamos que se trataba de otra gripa aviar, otro coronaviru­s que afectaría a algunas personas, mataría a otras, pero se contendría como los anteriores y por acá llegaría muy debilitado. La sensación de seguridad comenzó a cambiar al conocer la tragedia que vivía Italia, seguida por los demás países europeos, donde los muertos ya sumaban miles sin que la medicina occidental pudiera hacer algo para contener la hecatombe. A partir de ese momento contábamos los días, sabíamos que la llegada del virus sería inevitable, pero nunca imaginamos lo que verdaderam­ente nos esperaba.

Sobrepasan­do, ojalá, el devastador tercer pico, con más de 100.000 muertos (de los contabiliz­ados) a nuestras espaldas, los hospitales colapsados, el personal médico exhausto y emocionalm­ente afectado, los niños y jóvenes con sus procesos de desarrollo completame­nte truncados, millones de personas desemplead­as, miles de empresas quebradas y la mayoría de la población inconforme, sin nada que perder, podemos afirmar que estamos viviendo una gran guerra (mundial), de la cual todavía no logramos salir, ni siquiera derrotados, y con efectos que padeceremo­s durante décadas.

Como en toda guerra, todos pierden, aunque los “ganadores” pierden menos. Sin embargo, lo irrefutabl­e es que en este continente, sobre todo en el sur, perdimos mucho más. Las razones, sin duda, son sociales: países mal gobernados durante décadas, con sociedades profundame­nte desiguales y con una proporción muy grande de su población en condición de vulnerabil­idad. Lo triste es que cuando termine esta pesadilla no saldremos mejor, como algunos ingenuamen­te pensábamos, sino mucho peor, pues la inequidad y la pobreza se habrán acentuado aún más.

Pero hay luz al final del túnel; hoy el mundo se encuentra dividido en dos: uno donde la gente se sigue enfermando, pero muy pocos mueren, y otro donde se enferman y muchos mueren. La razón no es otra que la utilizació­n de la única arma que puede combatir al enemigo: la aplicación masiva de vacunas. Por eso, parece inverosími­l que después de lo vivido y de como se vive actualment­e del otro lado del mundo, existan personas que se rehúsan a recibir la vacuna. Parecen no entender que vacunarse no se trata solamente de una decisión personal, pues no hacerlo no sólo afecta al individuo, sino a la sociedad que, en su conjunto, busca lograr la inmunidad colectiva cuanto antes.

Pensar que el virus no nos infectará es una gran falacia y no por haber llegado invictos hasta la fecha lo vamos a superar. Su poder es mucho mayor que nuestra capacidad de esquivarlo. En mi casa entró por la puerta, nos cogió cuidadosos y guardados, contagió a los seis ocupantes y este es el parte: la única niña tuvo síntomas muy leves; de los cinco adultos, los dos vacunados presentaro­n síntomas, algunos muy molestos, pero todos controlado­s; uno de los no vacunados la pasó muy, pero muy mal, pero no se complicó; los otros dos terminaron en la clínica y uno casi muere. Esta es la vida que nos tocó vivir; la batalla continúa y el enemigo puede tocar la puerta en cualquier momento. Si queremos salir de esto, como sociedad debemos ser consciente­s de nuestra responsabi­lidad y hacer lo mínimo que nos correspond­e: vacunarnos.

 ??  ??

Newspapers in Spanish

Newspapers from Colombia