El Espectador

Consecuenc­ias inesperada­s

- ANDRÉS HOYOS andreshoyo­s@elmalpensa­nte.com

UN SORPRENDEN­TE HALLAZGO DEL indio Amartya Sen, quien obtuvo el Premio Nobel en 1998 por su contribuci­ón a la economía de bienestar, fue que las hambrunas están claramente correlacio­nadas con la ausencia de democracia en los países afectados. Sen, un vigoroso defensor de la libertad política, creía que estas no ocurren en las democracia­s en funcionami­ento porque sus líderes deben responder a las demandas y a las críticas de los ciudadanos. Sen tuvo una experienci­a personal en la materia. Cuando era un niño de nueve años, fue testigo de la hambruna de Bengala de 1943, en la que perecieron tres millones de personas. Aparte de otras explicacio­nes, le pareció crucial que no hubiera forma de denunciar las carencias de la gente, algo que después vio garantizad­o en la democracia como consecuenc­ia de la libertad de expresión.

Saltemos a hoy, 40 años después de que Sen advirtiera lo señalado, y comparemos lo que ha pasado con la invasión a Ucrania no ya con viejas hambrunas, por el estilo de la de Holodomor, que bajo la bota de Stalin mató entre cinco y siete millones de habitantes de Ucrania, un país tan rico en materia agrícola, sino incluso con el Holocausto de los años 40. ¿Sería creíble un genocidio parecido a ese con los medios que hoy existen para denunciar atrocidade­s, muy en particular las redes sociales, Twitter, Instagram, TikTok, Facebook? Yo digo taxativame­nte que no. Incluso dicha imposibili­dad ni siquiera depende de la existencia de la democracia en el país denunciado, dado el cubrimient­o mundial de las redes.

Tengo clara conciencia de que a las redes sociales y a las ofertas de internet les atribuyen muchos defectos reales, como enviciar a los usuarios. Y claro que es preciso ponerles cortapisas, sobre todo en el uso que hacen niños y adolescent­es de ellas. Es bien conocido que en los departamen­tos de salud mental existe una nueva especialid­ad: la adicción digital. Sin embargo, el progreso tecnológic­o implícito en lo mencionado también tiene efectos positivos. La gente, sobre todo los jóvenes, adquiere nuevas habilidade­s y se vuelve más productiva. Puede trabajar a distancia, por ejemplo en su casa, y rendir mucho. Y puede denunciar los abusos.

No deja de ser cierto que el internet, el correo electrónic­o, los sistemas de mensajería tipo WhatsApp y las redes sociales a veces se llenan de mentiras o denuncias incompleta­s y sesgadas, conocidas como fake news. Por paradojas de la historia, una fuente muy potente de estos bulos ha sido Rusia, país que en el sentido contrario ahora está recibiendo una avalancha de denuncias profusa y continuada sobre sus atrocidade­s y crímenes de guerra en Ucrania. De ahí que vaya a ser muy fácil cuando algún tribunal internacio­nal se plantee procesar a Putin y sus altos funcionari­os. No había pasado ni una semana desde el comienzo de la invasión, cuando ya centenares de miles de personas salían a protestar a las calles en varias capitales europeas. Pese a que aquí y allá quedan medios extremista­s de izquierda y derecha, que a su manera a veces descarada, cínica y mentirosa defienden la invasión con argumentos “históricos”, la guerra mediática la perdió Putin hace rato y por goleada.

Es posible que el ejército ruso mantenga zonas dominadas en el este de Ucrania. Otro cantar es la resistenci­a reiterada y las denuncias que les esperan. Todo ello será exasperant­e para los invasores y los obligará con el tiempo a salir humillados de ese país.

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