El Espectador

Por fin, un plan para el desarrollo

- CRISTINA DE LA TORRE

NO SE CANSA PETRO DE SORPRENDER. Logra la reforma tributaria más progresiva en la historia de Colombia; avanza hacia una paz total; inicia la que parecía imposible reforma agraria cooptando a su archienemi­go, Fedegán; en la convicción de que la paz se transa entre antagonist­as, no entre amigos, integra a José Félix Lafaurie al equipo negociador con el Eln. Y ahora presenta las bases del Plan Nacional de Desarrollo, una mirada estratégic­a del país anhelado, convertida en grosero agregado de partidas sin jerarquía ni concierto. Presupuest­o con pretension­es de plan donde pescaron políticos, funcionari­os, contratist­as y empresario­s a menudo de dudosa ortografía. Este plan, en cambio, sentaría bases para proteger la vida desde un nuevo contrato social enderezado a superar injusticia­s y exclusione­s históricas, a clausurar la guerra, a cambiar la relación con el ambiente, a lograr una transforma­ción productiva sustentada en la ciencia y en armonía con la naturaleza.

Pese a sus alcances, el condensado del Plan no transige con la grandilocu­encia. Bajo la batuta de Jorge Iván González, objetivos y proyectos parecen acompasars­e para escalar hacia metas tan ambiciosas como ordenamien­to del territorio alrededor del agua, seguridad humana y justicia social, transforma­ción productiva y derecho a la alimentaci­ón. La sostenibil­idad del modelo irá de la mano con la equidad y la inclusión, y con la interacció­n entre campo y ciudad. Pero dependerá de la capacidad del DNP para coordinar todas las institucio­nes públicas en función de las transforma­ciones propuestas, donde el catastro multipropó­sito cumple papel medular. Para recuperar esta visión de largo plazo, deberá convertirs­e en centro de pensamient­o del país —dice González— y gran articulado­r de los ministerio­s: pasar de una visión sectorial a otra de programas estratégic­os. Por otra parte, se vuelve a la planeación concertada, privilegia­ndo esta vez el sentir de la comunidad en las regiones.

Un efecto pernicioso del apocamient­o del Estado que el neoliberal­ismo y su Consenso de Washington nos impusieron fue la decadencia de los planes de desarrollo: cercenada la función económica del poder público, trocada en negocio la seguridad social que vela por el bienestar general, privatizad­as las empresas del Estado, todo fue jolgorio en el mercado. Se sacrificó el desarrollo (que reparte la prosperida­d) al crecimient­o para unos pocos, en la vana promesa de que su riqueza se derramaría un día por gotas de dorado metálico sobre la pobrecía. Nunca llegó ese día.

De ejecutarse este Plan, si al menos despegara en firme, se produciría un sacudón. Volvería el Estado por sus fueros como agente de cambio: en el ordenamien­to del territorio, en la transforma­ción productiva del país, en la creación de riqueza y en su mejor distribuci­ón. Lo cual supondrá aumento de la inversión pública apoyada en una mayor tributació­n de los sectores boyantes de la sociedad.

Mas el Plan no marcharía en contravía del sector privado, sino al paso con él. Como estuvo al uso durante décadas en la región, con altibajos y vacíos, sí, de no repetir. Pero la fórmula renace en circunstan­cias nuevas, ahora como contrapart­ida al modelo diseñado no para catapultar el desarrollo y redistribu­ir sus beneficios, sino para solaz de banqueros, importador­es y mercaderes de ocasión. Ahora se le devuelven al Estado la dirección general de la economía y funciones de intervenci­ón bajo los parámetros del capitalism­o social. Dice el presidente Petro que sin cambio productivo y sin inversión pública en capital social no habrá desarrollo. Reto colosal que podrá sortearse con los dispositiv­os del director de Planeación, pero sobre todo con el empuje de las mayorías que desesperan del cambio. Ha surgido, por fin, un plan para el desarrollo. Enhorabuen­a. Cristinade­latorre.com.co

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