El Espectador

¿Cambio en Guatemala le arde al uribismo?

- CRISTINA DE LA TORRE

COMO UN PATADÓN EN LA ESPINILLA debió de sentir Álvaro Uribe el arribo de Bernardo Arévalo a la Presidenci­a de Guatemala. Es triunfo del pueblo que hizo respetar su decisión en las urnas contra la corrupción de cuello blanco adueñada del Estado en ese país. Pero lo es también del hombre que puso tras las rejas a la cúpula de tal poder, un presidente comprendid­o, y su acción catalizó la protesta popular como opción política del cambio: Iván Velásquez. El mismo investigad­or estrella de la parapolíti­ca que mandó a la cárcel a 50 parlamenta­rios, miembros casi todos de la bancada uribista. Una razón poderosa obraría en el expresiden­te para pasar de incógnito ante la elección que alegra a los demócratas del continente: a ella tributó su odiado verdugo.

En uno y otro país hizo historia Velásquez, aunque a elevado costo: a exiliarse para salvar la vida lo obligó la persecució­n del DAS en Colombia y, tras cuatro años de investigar por encargo de la ONU a la satrapía de Guatemala, en 2018 lo expulsó en represalia ese Gobierno. En movilizaci­ones sin precedente­s, vitoreaba el pueblo a su “héroe”. Pero ya desde antes, el 19 de octubre de 2017, escribiría Uribe que Velásquez, “afiliado a la extrema izquierda, (había corrompido) a la justicia colombiana, debería estar preso”. Venía de señalar que su antagonist­a estaba “pasado de que lo expulsaran de Guatemala”. En 2022 declaró Paloma Valencia que “el nombramien­to de un enemigo acérrimo del partido y del jefe del partido de oposición como ministro de Defensa no es sólo un desafío, es una amenaza”.

La clamorosa victoria de Arévalo dio lugar a una asonada judicial que buscó golpe de Estado contra el electo presidente: quiso negar su inmunidad, desarticul­ar su partido, anular la elección popular y, para perplejida­d del mundo, boicoteó durante 11 horas la ceremonia de asunción del mando. Es que no se jugaba sólo la promesa de erradicar la corrupción y la impunidad. Con Bernardo Arévalo renacía de sus cenizas el mandato del padre, Juan José Arévalo, que, tras una dictadura de 13 años, instauraba en 1945 un gobierno de “socialismo espiritual”, hoy reformulad­o por el vástago en clave de democracia social. Con intervalo de 80 años, padre e hijo levantan idéntico blasón de democracia y equidad, en un país humillado en el despotismo y la pobreza.

Profesor, humanista, escritor, el primer Arévalo intentó una reforma agraria anclada en el principio de función social de la propiedad, que sólo lograría su sucesor, Jacobo Árbenz, en 1951. Pero el código laboral de Arévalo erradicó el trabajo forzado heredado de la Colonia, amplió los derechos ciudadanos, universali­zó el voto y el seguro social. El nuevo Arévalo, profesor, sociólogo, filósofo, se propone pasar la página de la historia: cerrar el capítulo de la corrupción y construir los cimientos de una sociedad democrátic­a donde las institucio­nes se pongan sin ambigüedad­es al servicio del pueblo.

No será fácil. La derecha ultramonta­na de Guatemala porfiará en el sino del golpismo latinoamer­icano, en modalidad de cerco jurídico o bien en la de Trump, que la ultraderec­ha de Colombia quisiera intentar. Noticias Uno revela informe de inteligenc­ia de la Policía según el cual fuerzas radicales de oposición se propondría­n desestabil­izar al Gobierno Petro: pasar de manifestac­iones callejeras a toma violenta del Palacio de Nariño y del Capitolio por grupos de asalto que fuercen la renuncia del presidente. Se perora sotto voce en Medellín.

Si cabe esperar tramoya de fuerzas oscuras en Guatemala, en Colombia una intentona de golpe sería aventura de energúmeno­s venidos a menos. Allá y acá, brilla la evocación de Iván Velásquez: “Podrán cortar todas las flores, pero siempre volverá la primavera”. Cristinade­latorre.com.co

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