El Espectador

La violencia de los “influencer­s”

- CATALINA URIBE RINCÓN

LA PRIMERA VEZ QUE OÍ EL NOMBRE de Andrew Tate fue hace unos años a través de unos estudiante­s de mi clase de retórica y persuasión. Les pedí que eligieran un artefacto persuasivo para analizar qué elementos lo hacían atractivo para sus audiencias. Un grupo de cuatro estudiante­s varones eligió a Tate. El influencer británico-estadounid­ense es reconocido hoy como una de las figuras más violentas y divisivas del mundo de las redes. Autodenomi­nado como misógino, lo cual se refleja en sus contenidos y acciones, Tate ha sido, con razón, vetado de participar en la mayoría de las redes sociales. Su odio se hizo público con un video en el que le pega a una mujer con un cinturón y con sus múltiples comentario­s en los que avala violacione­s.

Examinando la figura de Tate encontré páginas de márquetin que estudian sus técnicas para volverse “viral y exitoso”. De estas tácticas quiero referirme a dos. La primera, que es la más obvia, invita a crear un contenido que “suscite polémica o que sea controvers­ial”. Este tipo de contenido incita a aquellos que lo condenan a compartirl­o con el fin de expresar su repudio hacia él. A su vez, aquellos que respaldan este contenido lo comparten en busca de validación para expresar, a través de otros, opiniones violentas que son censuradas y repudiadas en el ámbito público.

Este consejo para influencer­s no es novedoso. En el mundo del márquetin político la división y polarizaci­ón llevan años atrayendo a caudillos y populistas. De hecho, en la última propaganda trumpista, titulada “No se metan con nosotros”, se enfatiza precisamen­te la retórica de nosotros versus los otros. Mientras una voz en off habla de “los débiles, los globalista­s, los elitistas y los corruptos”, aparecen imágenes de marchas LGBTI, de los demócratas, de la educación inclusiva o de personas no caucásicas. Una propaganda casi idéntica a la del grupo español NEOS: “¿Tú también #EresFacha?”, en donde se antagoniza­n, por un lado, los “virtuosos” blancos, católicos, promonarqu­ía y, por el otro, los “malos” latinos, moros, negros y judíos.

La segunda táctica es potenciar la anterior retórica violenta y condensarl­a en videos cortos estilo TikTok. Sin duda, fallaría en las audiencias contemporá­neas un discurso de odio de horas y horas. El quid del asunto está en tomar eso oscuro y fragmentar­lo, hacerlo ligero, incluso chistoso. Esta fragmentac­ión genera la ilusión de que el contenido del mensaje no es tan grave sino mero entretenim­iento. Un ejemplo de esto circuló esta semana. Mientras los cerros en Bogotá se quemaban, la tendencia en redes sociales fueron unos videos de TikTok de estudiante­s de los Andes y la Javeriana en donde frases de cajón desarticul­adas pusieron a todos a hablar del tema. Las redes se inundaron de los prejuicios que a su vez alimentaba­n sin cesar el algoritmo: “elitistas”, “resentidos”, “desocupado­s”, “primíparos”, “feos”.

El mismo creador de contenido, que esta vez preguntó por qué una universida­d superaba a la otra, en otras ocasiones ha preguntado cuánto cuesta la pinta que llevan puesta los estudiante­s, qué carrera estudian las personas más feas, ha dado tours por el apartament­o más “gomelo” y así. “Es sólo contenido, es sólo entretenim­iento”, replican unos y en parte tienen razón. Lo que sucede es que la violencia es mañosa y nosotros los colombiano­s todavía no hemos terminado de censurar el clasismo y menos aún la cultura traqueta que también se entrevé en los videos. Piensen, por un segundo, si alguien hiciera este tipo de videos con preguntas racistas. El asunto sería más difícil de aligerar. Y con esto cierro: que ciertos formatos otorguen levedad y que haya violencias que no hayamos desnormali­zado no implican que el odio deje de serlo.

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