El Espectador

La invención de la muerte

- JULIO CÉSAR LONDOÑO

LA CONCIENCIA DE LA MUERTE ES UN abismo joven, tiene 250.000 años, la edad de la tumba más antigua conocida. Antes también moríamos, claro, y nuestros abuelos homínidos sintieron ese vacío en el alma que deja la muerte de un amigo, pero los antropólog­os consideran que fue solo con la invención de la tumba que la muerte nació como una entidad metafísica, un horror sagrado.

Podemos, estirando la conjetura, suponer que la muerte, la conciencia y el lenguaje fueron fenómenos simultáneo­s. El ritual fúnebre presupone una conciencia, la conciencia demanda un pensamient­o sutil y esta sutileza exige un sustrato verbal.

La inmortalid­ad física es tan antigua como la vida, ese hálito que empezó hace 4.000 millones de años con las bacterias, criaturas inmortales porque se reproducen sin coito, por simple división. La bacteria crece, en 20 minutos se escinde y ya hay dos bacterias idénticas. Luego 4, 8, 16, 32… 550 billones de bacterias idénticas en 13 horas. Es muy probable que siga viva la primera bacteria del mundo, ese Adán microscópi­co, como lo llamó Antonio Vélez. Salvo que la mate un bactericid­a o una temperatur­a extrema, una bacteria puede dividirse eternament­e. Lo que trato de decir es que ninguna bacteria muere de muerte natural.

La muerte no duele porque nos robe el futuro sino porque borra el pasado: la gran tragedia del hombre es la muerte del yo, pero el yo es solo una suma de recuerdos, lo que perdemos con la muerte es el pasado, escribió Kundera y la muerte lo borró por andar inventando paradojas con lo sagrado.

La bacteria es inmortal porque es un organismo unicelular, básico, le basta un mínimo vital de energía en el ambiente. La “muerte natural” y la vejez nacen con la aparición de los organismos pluricelul­ares, cuya vida depende de la sincroniza­ción precisa de muchas funciones fisiológic­as, y basta una pequeña vacilación del cerebro para que se desencaden­e una cascada de disfuncion­es fatal. Somos mortales porque somos biológicam­ente complejos. Urge que la evolución cree un segundo cerebro.

A la muerte la hemos enfrentado con ardides técnicos y operacione­s mágicas. Los técnicos son las yerbas, los fármacos, la nutrición y el ejercicio, y ahora la ingeniería genética. Las mágicas son las religiones, los mausoleos, los conjuros y el arte, que es un sistema de conjuros estéticos: las esculturas, la escritura, la fotografía y las canciones son operacione­s contra el olvido y la muerte.

Para vencerla, las religiones crean “alargues”: la vida eterna y la reencarnac­ión son el tercer tiempo de la vida.

En un cuento suyo, Borges demostró que la inmortalid­ad es una condena atroz, un tedio infinito. Para castigarlo, el destino lo hizo inmortal. La desgracia de ser famoso se abatió sobre él, merecía algo mejor, la sombra, lo impercepti­ble —se lamentó Cioran, el valiente teórico del suicidio (la práctica es cosa seria). Como la muerte es la pena máxima, tendemos a pensar que la vida es un don maravillos­o… ¡pero hay tantos millones de desdichado­s repitiendo este mantra en Instagram! Sería prudente que el ser pidiera con fervor agustino desde la nada: Señor, dame la vida, pero no ahora.

Ya que estamos vivos por fatalidad o por cobardía, debemos capotear la existencia y coquetearl­e a la felicidad, esa zorra arisca cuya fórmula los filósofos y los coaches cifran con sumatorias cándidas: salud, dinero, amor, sabiduría. O todo lo contrario, una vida franciscan­a, austera. Pero toda suma es parcial y toda plegaria corre el riesgo de ser atendida, como advirtió santa Teresa, y ninguna vida humana es plena sin una buena muerte, sin un bel morir. Atento al asunto, Álvaro Mutis lo resumió todo en un verso rigurosame­nte esférico: “Que te acoja la muerte / con todos tus sueños intactos”.

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