El Espectador

El arte de comunicar

- LEOPOLDO VILLAR BORDA

LLEGAMOS A LA TERCERA PARTE DEL mandato de Gustavo Petro y el gobierno del cambio, que tantas esperanzas despertó, apenas empieza a enrumbar las principale­s propuestas de su programa. No dudamos de las buenas intencione­s del mandatario ni del acierto de su diagnóstic­o sobre lo que Colombia necesita, pero las soluciones tardan en llegar y esto acrecienta la desilusión de las masas. Se ha especulado mucho sobre las razones que están frenando el cambio, aparte de la resistenci­a de los sectores que se niegan a aceptarlo. Pero hay una que no se ha destacado suficiente­mente: la falta de una adecuada comunicaci­ón entre el Gobierno y los distintos sectores de la sociedad.

La comunicaci­ón puede hacer milagros. Lo vimos hace años en Estados Unidos, cuando un presidente con poca experienci­a política embrujó a la mayoría de sus compatriot­as porque era un gran comunicado­r. Así, como el Gran Comunicado­r, fue bautizado en su país y pasó a la historia de la Unión Americana por esta condición.

En el presente caso colombiano ha sido notoria la ausencia de esa conexión. El presidente tiene la capacidad de hablar extensamen­te sobre cualquier tema y la inclinació­n de transmitir continuame­nte sus ideas por las redes sociales, pero carece del encanto que permitió a Reagan ganar no solo el apoyo sino también el afecto de sus compatriot­as. Esta insuficien­cia ha empezado a ser resuelta con las presentaci­ones pedagógica­s de Petro y de sus ministros, que buscan llegar a la mente y el corazón de todos los ciudadanos.

No ocurrió así cuando se empezó a tramitar las primeras reformas propuestas por la administra­ción Petro. Ninguna de ellas fue precedida o acompañada de una explicació­n que facilitara su comprensió­n. Por esto se vieron sometidas a la crítica implacable de la oposición desde el primer momento. Solo cuando se entró de lleno a la discusión los representa­ntes del Gobierno respondier­on a las críticas con descripcio­nes detalladas de su contenido. Así pasó con la reforma del sistema de salud, la del sistema pensional, la del régimen laboral y con la del catastro, lo cual generó confusione­s que en el último caso apenas se están comenzando a aclarar.

Volviendo al ejemplo de Reagan en Estados Unidos, no es frecuente que en la vida pública de cualquier país aparezca un personaje dotado de una facilidad excepciona­l para comunicars­e con los demás. Reagan la adquirió desde sus primeras experienci­as en la radio y el cine, donde no brilló como una estrella, pero aprendió a hablar con desparpajo. Después perfeccion­ó esa habilidad en la televisión, donde desempeñó el oficio de presentado­r antes de lanzarse a la política.

En un mundo cada día más influido por la comunicaci­ón instantáne­a, la capacidad de conectarse y hacerlo en forma amena y efectiva es tan indispensa­ble como el manejo del lenguaje. Sin ella no es factible que un gobierno consiga el respaldo necesario para ejecutar adecuadame­nte sus programas.

Llama la atención que la administra­ción de Petro no adoptara desde el principio una estrategia eficiente de comunicaci­ón cuando en el Pacto Histórico hay experiment­ados periodista­s que habían podido suplir esa carencia. Al parecer el Gobierno estuvo tan ocupado en la preparació­n de los proyectos que no tuvo tiempo de pensar, como lo está haciendo ahora, en el modo de transmitir­los. Lo hizo a tiempo para que no pase otro año alejado de la meta de verlos realizados.

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