El Espectador

El precio de la paz

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Es claro que necesitamo­s la paz. Ese no es un problema de determinad­a agrupación política o de uno o dos sectores de la sociedad. Es un problema de todos y, como tal, debe ser para beneficio de todos. A la negociació­n se llega porque no ha sido posible someter a los grupos alzados en armas. En el caso colombiano, se han agotado fórmulas en varias ocasiones, pero los resultados siguen siendo magros y estamos empezando de nuevo. Para negociar, por lo general se ha diferencia­do entre quienes abrazan algún ideal y se mueven por motivacion­es políticas de quienes cometen delitos y crímenes movidos por el enriquecim­iento fácil y por beneficios innobles. Hay una gran diferencia entre unos y otros. Este Gobierno crea confusión, porque al parecer intenta negociar con bandas dedicadas al narcotráfi­co y a otros delitos. La única explicació­n para que el Estado intente negociar con narcotrafi­cantes, asaltantes, secuestrad­ores y extorsioni­stas es porque es incapaz de someterlos. Una razón de ser del Estado es brindar tranquilid­ad y seguridad a los habitantes, por lo que puede usar la fuerza para combatir a los delincuent­es. Si claudica en esa tarea, pierde sentido su existencia y deja a la población a merced de los bandidos.

En la negociació­n, cada parte quiere obtener el máximo beneficio. Por eso lo responsabl­e es negociar en los mejores términos posibles para la población, no para los guerriller­os o para el Gobierno. Lamentable­mente, el afán político y de figuración lleva a los gobernante­s a negociar pensando en ellos y en sus réditos futuros. Buen ejemplo de esto fue la pasada negociació­n con las FARC. Pese a que la mayoría votó negativame­nte el Acuerdo, el Gobierno se empeñó en imponerlo según sus ideas. A lo anterior se suma la actitud altanera, displicent­e, ofensiva que tuvieron los dirigentes guerriller­os con la población, en especial con las víctimas, como si el pueblo debiera agradecer sus felonías. Intentar engañar al pueblo es cosa de tontos. El afán de este Gobierno para negociar con todos los grupos armados y delincuenc­iales al mismo tiempo, sin la menor transparen­cia, sin presentar una hoja de ruta clara, en un proceso dirigido por alguien que carecía de experienci­a en un tema tan complejo, es prueba de una gran improvisac­ión, de aventureri­smo, de irresponsa­bilidad. La paz es un asunto demasiado serio para tratarlo como una feria de baratijas. Y los países garantes, si quieren propiciar caminos de paz, deben poner por delante la suerte de los colombiano­s, su futuro, que es lo que está en juego. Son muchos los errores cometidos en procesos anteriores y es de sabios aprender de ellos. El afán por lograr resultados es un mal indicativo de la seriedad con que se adelanta esta tarea, con el agravante de que posteriorm­ente, sin importar lo malas que sean las consecuenc­ias, no hay manera de exigir cuentas a nadie, porque nuestro país se caracteriz­a por no hacer responsabl­es a sus gobernante­s.

Fernando Brito Ruiz. Pereira.

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