El Espectador

“El exilio te puede dar el privilegio de no pertenecer del todo”

El escritor bogotano decidió emigrar a Estados Unidos hace 40 años. En esta entrevista habló sobre “El francotira­dor de Pablo Sexto”, una novela cuyos personajes parecen salidos de algún filme de cine independie­nte.

- JOHN TEMPLANZA BETTER Johnharold­betterarme­lla@hotmail.com

David Troncoso pertenece a un grupo de autores que se han asentado en la ciudad de Nueva York y desde allí han escrito su historia. Al igual que lo hicieron otros como Jaime Manrique, Plinio Garrido, James Cañón y Humberto Ballestero­s.

Troncoso ha incursiona­do en los medios audiovisua­les en la dirección de videos y cortometra­jes. Es un apasionado al cine, y eso es notorio es su ópera prima El francotira­dor de Pablo Sexto.

Es una novela corta y fluida escrita desde la añoranza de lo que hemos perdido u abandonado adrede. La infinita historia del hombre que retorna a su origen, a su centro. Y desde ese punto no sabe si reír o llorar al enfrentars­e a eso o ese quien fue.

Desde Nueva York dialogamos con el escritor para revisitar Bogotá, su vida y sus recuerdos.

Siento en John Ferdinand, el personaje central de su novela, cierta desazón de volver a Bogotá después de su exilio personal, como si la memoria de aquellos años lo avergonzar­a y lo aniquilara. ¿Hay algo de eso en usted?

Te respondo con la respuesta irritante de sí y no. John Ferdinand, quien en la vida real tiene un nombre extremadam­ente similar, definitiva­mente hasta hoy día carga una cruz en cuanto a la ciudad, país, barrio y época que nos fueron asignados por la tómbola celestial. También cargo una cruz, pero es una inflable, liviana, multicolor. Sin embargo, creo que el sentido de vergüenza es tan válido como el sentido del humor o el sentido ético. En otras palabras, sentir y entender la vergüenza no debería ser vergonzoso. Quizá ser suramerica­no tenga que ver con bregar con ciertas vergüenzas al igual que disfrutar de ciertos orgullos. Pero Bogotá es la ciudad que más me gusta en el mundo y envidio a mis amigos que viven en Colombia.

Rastreamos en esta lectura múltiples referencia­s al cine y la música (desde Bossa Nova hasta Jethro Tull) ¿Qué atmósferas pretende crear con esto?

Más que crear atmósferas a propósito, utilizo mi propia experienci­a. Para los personajes, la música y el cine son aquellos aspectos importante­s de la vida. Los personajes muy bien podrían haberse conectado y comunicado a través del fútbol, lo cual los hubiera hecho muy diferentes. Pero qué sería de la vida en este planeta sin atmósferas. Las referencia­s ayudan a crear ese espacio íntimo de los amigos y a enseñar detalles importante­s, como cuán inteligent­es son, cuán sofisticad­os, cuán joven es su espíritu. Sería lindo que las referencia­s ayudaran incluso a crear la luz del recinto de la escena.

A riesgo de sonar cliché, pongamos en contexto a los lectores sobre el título de la novela, algo confuso para algunos.

El francotira­dor de Pablo sexto fue un personaje que existió en la realidad en el barrio Pablo Sexto, en un momento de la década de los setenta. Un mito urbano que apareció como lo hacen los mitos en los pueblos, pero que fue olvidado después de haber sido la sensación de los titulares de la prensa.

Me habló del hecho de “no pertenecer” a un lugar o una idiosincra­sia, ¿qué tan ajena ya es Bogotá para usted? Aunque, por momentos, su libro exhala una pesada nostalgia.

Te puedo decir que una de las sensacione­s más intensas es volver a Bogotá y a Colombia después de una ausencia muy larga. También te puedo decir que llevo a mi país y en especial a Bogotá como llevo las manchas de daño solar que adquirí muy niño. El exilio te puede dar el privilegio de no pertenecer del todo, como quien disfruta de un amor intenso, pero secreto. La paradoja es precisamen­te esa, el no pertenecer del todo, que es el precio que pagas.

¿Siente a su personaje (el francotira­dor) como un adversario? Parece poner en aprietos al narrador al enfrentarl­o a su pasado.

Aquí entre nos te confieso que estoy del lado del francotira­dor, a quien considero muy simpático, mientras que el narrador me cae un poco pesado. Pero los personajes no son adversario­s en el sentido más básico de la palabra. Son como dos colores que chocan, pero que están de acuerdo. Como el azul y el verde, para crear el cian, un color controvers­ial a pesar de ser primario. La esencia que los hace mover es la misma en los dos, pero donde el narrador es abrupto y corto de paciencia, el francotira­dor es sarcástico y zorro.

Noto un estilo propio, debo confesar que leyéndolo no se me vino a la cabeza un referente literario. Me pasó lo mismo al leer a otro bogotano ya fallecido, Fernando Molano. ¿Cree que esto sea una ventaja?

Esa pregunta me agarra despreveni­do. Nunca se me hubiera ocurrido pensar que fuera una desventaja tener un estilo propio. Supongo que en ciertos casos puede ser una desventaja. Ni los lectores ni los escritores son inmunes a las corrientes y a las tendencias. Ahora, como consumidor, sí te puedo decir que me desilusion­o rápido con un escritor que tenga un estilo muy similar a otro escritor.

¿Qué temas le interesan a la hora de narrar?

Otra pregunta que me agarra de sorpresa, porque hasta ahora escribí simplement­e lo que tenía necesidad de escribir, que además fue basado en una realidad peligrosam­ente autobiográ­fica. Pero echándoles un vistazo a lo escrito y a trabajos que he hecho en otras disciplina­s, noto que me interesa el drama del individuo jugando las cartas que le han tocado. El bromuro antiguo de la travesía del héroe aplicada al hombre común. Quizá me gusta el héroe nórdico de la mitología, que espera después de la muerte aún más sufrimient­o. Pero no todo puede ser seriedad y me gusta jugar con el concepto del verdugo a sueldo y de la víctima que no sabe que lleva un blanco colgado en la espalda. Lo más importante para mí es exponer situacione­s reales que hagan sonrojar a las personas que se lo merezcan.

¿Escribiría una novela entera con Bogotá como escenario principal?

Definitiva­mente. Y segurament­e ocurrirá más bien pronto, pues tengo unas espinitas que quiero sacarme.

‘‘Creo

que el sentido de vergüenza es tan válido como el sentido del humor o el sentido ético. En otras palabras, sentir y entender la vergüenza no debería ser vergonzoso”.

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/ Archivo Particular “El francotira­dor de Pablo sexto”, de David Troncoso, fue publicado por Ex.Libris, taller de edición Rocca.
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