El Espectador

Las cuatro conciencia­s

- JULIO CÉSAR LONDOÑO

LA CONCIENCIA ES EL ALMA DEL laico, sí, pero ¿existe tal cosa? ¿Será la conciencia un embuste prestigios­o, una entelequia “cuántica”, la esencia humana, el sentido moral?

Hay una definición cínica: la conciencia es una voz interior advirtiend­o que alguien puede estar mirándonos. (En filosofía el cínico es un moralista pesado, un terapista de choque. Como adora decir las verdades más duras de la manera más brutal, la gente de buenas maneras ha detestado a los cínicos siempre, desde Diógenes hasta hoy).

¿De qué está hecha la conciencia? ¿Dónde queda?

El único mortal que se ha atrevido a trazar la geografía y la naturaleza de la conciencia es colombiano: “La conciencia está formada por una batería de osciladore­s eléctricos situados en la oliva inferior, un importante núcleo celular situado en la parte inferior del tallo cerebral, donde nacen las fibras trepadoras que ascienden al cerebelo”. Llinás andaba en una fase delirante, claro. ¡Un poco más y se toma una selfie con la conciencia! Luego afinó: “La conciencia habita todo el cuerpo”. Quizá es por esto que la piel se eriza y los ojos se aguan; que sentimos mariposas en el estómago, nudos en la garganta, sudor en las manos, temblor en las piernas, ansiedades en el corazón.

El filósofo de la mente Ned Block distingue cuatro conciencia­s. La conciencia fenoménica lee el mundo. Es con ella que los animales sienten la luz, la presa, la distancia. Los vegetales también leen, por supuesto. El fototropis­mo del girasol es la prueba más vistosa. La conciencia monitora registra el equilibrio y la posición del cuerpo, nos dice que las dos orejas y los diez dedos siguen en su lugar y que hay secrecione­s externas en proceso. En general, controla todas las sensacione­s asociadas con la propiocepc­ión.

La conciencia de acceso es básicament­e la memoria. Allí están los datos, los recuerdos, las humillacio­nes. Es por ella que podemos regresar a casa, tener una identidad, ser hábiles en los oficios o padecer una ausencia.

Y la más famosa, la autoconcie­ncia, un bucle, el vértigo de pensar que pensamos, que somos en el mundo. Creemos que es algo exclusivo del ser humano, pero entonces ¿qué hacemos con los cementerio­s de los elefantes y con los chimpancés que se reconocen en el espejo y con los animales que mueren de tristeza?

Como un puñado de seres humanos han hecho obras geniales, todos nos creemos tocados por la gracia, animales muy superiores. Deberíamos recordar que los genios son admirados justamente porque son escasos y que “genio” es una interjecci­ón de asombro, no un sustantivo preciso.

Para las intermiten­cias de estas cuatro entidades hay cuatro sótanos. La memoria tiene el sótano del olvido (que puede ser una salvación). La propiocepc­ión sabe ignorar la mayor parte del tiempo los dedos, las orejas y la ropa que llevamos puesta. De los mil estímulos externos del mundo, la conciencia fenoménica elige en cada instante los estímulos esenciales: el semáforo, una oportunida­d, un olor, y borra el resto. La autoconcie­ncia tiene el inconscien­te, un archivo oscuro y, a la vez, una de las pocas pruebas de la realidad de la conciencia.

El cerebro es el tejido más feo y más organizado de la naturaleza. Y del mundo. No existe cosa alguna, natural o tecnológic­a, que realice tantas funciones en paralelo, consuma tan poca energía y ocupe apenas 1.200 centímetro­s cúbicos. Aunque solo es materia elemental y electricid­ad bruta, el cerebro puede, mientras regula centenares de operacione­s de nuestro prosaico cuerpo, sentir nostalgia, entonar canciones, elevar plegarias. Odiar.

Es tan inasible que solo podemos rozarlo con metáforas. “El cerebro es el más alto poema de la materia”. Si es así, la conciencia es el verso angular de ese poema.

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