El Espectador

Extraña Nueva York

- SANTIAGO GAMBOA

A PESAR DE HABER ESTADO YA MUchas veces, jamás he logrado tener familiarid­ad con Nueva York —ni con ningún otro lugar de Estados Unidos, dicho sea de paso, no sé por qué— y tal vez por eso, cuando la evoco, sigue siendo para mí mucho más fuerte su extraordin­aria imagen literaria y cinematogr­áfica que la de mi experienci­a directa. Permítanme que retome una vieja historia. Precisamen­te por no tener familiarid­ad con la ciudad —y pocos amigos—, lo que hago al llegar a Nueva York es seguir las referencia­s literarias y así visito siempre el hotel The Algonquin, leyendo a Dorothy Parker, quien escribió este bello poema: “Me gusta beber un martini, / dos como máximo. / Después del tercero estoy debajo de la mesa, /después del cuarto, debajo de mi anfitrión”. En uno de los bares de este hotel, que era de estilo art nouveau y con frescos que recuerdan la famosa Mesa Redonda de los años 20, se reunían Herman Mankiewicz y Harpo Marx, y Harold Ross inventó nada menos que The New Yorker.

El segundo lugar, unido a la pasión por los libros viejos, es la librería Strand, sobre el andén de Broadway, donde hace muchos años viví algo excepciona­l y fue haber comprado al azar un libro de poemas de Catulo traducidos al inglés, en una edición de Grove Press, 1956, que empecé a leer con la vaga idea de recordar alguno, cuando, de repente, entre dos páginas, surgió una hoja doblada en cuatro, así que la abrí, sorprendid­o, y encontré un texto mecanograf­iado, un poema escrito con una vieja Remington, cuyo título era “Para Ann”, firmado a máquina por una tal Marya Gregory y de nuevo firmado a mano con el nombre Marya Zaturenska. Fechado en 1956.

El poema era una elegía a una amiga, Ann, en el día de su cumpleaños, y el hecho de que el poema se encontrara en el libro de Catulo —lo vi de inmediato— obedecía a que el traductor de los poemas era Horace Gregory, el marido de la poeta Marya Zaturenska, lo que me llevó a concluir que esa misma noche de 1956 los Gregory, Marya y Horace, llevaron cada uno un regalo: él, su libro de traduccion­es recién editado y ella, su elegía, escrita a propósito para esa noche, y que Ann, en medio de sus amigos, debió recibir con alegría y sin duda leer, puede que en voz alta, para luego poner la hoja entre las páginas del libro de Catulo, el otro regalo de esa noche. Lo curioso es que debajo del poema mecanograf­iado hay una anotación escrita a mano que dice: “Los Gregorys, Marya y Horace, donde Ann y mis amigos”. Luego, investigan­do, supe que Marya Zaturenska era una poeta nacida en Ucrania, en 1902, emigrada a Nueva York a los siete años, amiga y compañera de militancia de Dorothy Parker.

Pero esta Nueva York literaria se desvaneció en mi última y breve visita. En tránsito hacia Italia y con el tiempo contado, quise que mi hijo le diera una rápida mirada a Manhattan. Y así lo hicimos, sólo que al regresar al aeropuerto en metro volvimos a la estación equivocada. ¡Hay dos Jamaica stations! Perdimos el vuelo a Roma y, gracias a eso, él pudo visitar al día siguiente el MOMA y ambos pudimos conocer el asombroso Hotel TWA, en la terminal 5 del aeropuerto JFK, diseñado por el arquitecto Eero Saarinen y que aparece en el film Atrápame si puedes, de Steven Spielberg. En fin, Nueva York, una extraña e inmanejabl­e ciudad.

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