El Espectador

A pesar de todo

- SORAYDA PEGUERO ISAAC

SUGERÍ QUE ENTRÁRAMOS EN EL CIne. La sala de un cine es buen lugar para atenuar los síntomas de un disgusto. Te empeñaste en ver la nueva de Wim Wenders. Ya la había visto, pero me hice la loca. Pensándolo bien, no parece mala idea que nuestra conversaci­ón fuera un cuadro de locura estacional. Un corrientaz­o en las vértebras. Dijiste: “Se me acabaron las pendejadas”. También dijiste que el especialis­ta habló de una disminució­n de esperanza de vida. Tu vida.

“¿Este tipo se va a pasar toda la película haciendo lo mismo?”. Estuve a punto de delatarme. Iba a decirte que debías prestar atención a los interludio­s. Quizá sea el propósito de Wenders. Transmitir esa experienci­a de cotidianid­ad que se repite hasta que…

Me anticipé en silencio a las escenas. Mirándote de reojo sin que te dieras cuenta, como si acabara de conocerte. El miedo a perder las cosas nos hace verlas distintas.

Creo que la rutina de Hirayama, el personaje que interpreta Koji Yakusho en Perfect Days, debe mostrarse así, hasta que el espectador percibe el modo en que mira el cielo cada mañana. Hasta que nos damos cuenta de cómo eleva la mirada en el parque para apreciar la luz filtrándos­e entre los árboles con la insolencia que solo el sol puede permitirse. ¿Cuánta vida cabe en un puñado de años? Tal vez depende de si somos capaces de entender la diferencia entre apreciar y ver.

Puedo imaginar que más de uno saldrá de esta sala desconcert­ado ante el hecho de que Wenders haya hecho una película tan ¿simple? Nos inquieta que nuestros días sean una sucesión de páginas disparadas por una fotocopiad­ora. Sin el éxito anunciado con el bombo de la orquesta. ¿Y qué pasa con los interludio­s? ¿Si los apreciáram­os más estaríamos menos obsesionad­os con la idea de una postal en la que todas las horas son perlas?

Pocas veces veremos a Hirayama de mal humor. La primera vez será cuando su compañero le comunique que abandona el empleo, obligándol­o a cubrir su turno. Esa eventualid­ad compromete un tiempo en que Hirayama es verdaderam­ente libre. Es una de sus grandes conquistas: ser dueño del tiempo en que sus manos no están al servicio de la limpieza de los baños públicos de Tokio.

Hirayama escucha música en cintas de casete y frecuenta una librería de segunda mano. Lee a Faulkner, a Patricia Highsmith y a Aya Koda. Como cualquier mortal, lo persiguen su sombra y sus viejos dolores. Tiene un pequeño invernader­o con brotes de árboles. Lo primero que hace al amanecer es alimentarl­os como si fueran recién nacidos en una sala de neonatos. Solo usa reloj los fines de semana. Come frugalment­e. Se acuesta temprano y ama a una mujer en silencio.

Cuando te escuché decir: “Cuántos días como este me quedarán”, traté de quitarle peso al asunto diciendo que esa resta empieza para todos el día que nacemos. Tiene sus ventajas que en ese mismo instante empecemos a olvidarlo. Pero hay que reconocer que pensar en la finitud de la vida hace que las minucias del presente adquieran un significad­o distinto. Claro que eso depende de la naturaleza del paseante. Hoy voy a elegir qué tipo de paseantes seremos. Y no me preguntará­s cómo me siento porque ya lo sabes. Escucharem­os otra vez esa canción con la que Nina Simone cierra la película. Le pondremos el pecho a esta brisa y caminaremo­s por la avenida sintiendo la agridulce sensación de estar aquí, a pesar de todo, un día más. sorayda.peguero@gmail.com

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