El Heraldo (Colombia)

La Plaza de la Paz, 35 años de inclusión

Este mes se conmemoran los 35 años de uno de los espacios más inclusivos que la Gobernació­n le ha regalado a Barranquil­la Con la visita del papa Juan Pablo II en 1986 se presentó oficialmen­te el escenario EL HERALDO rememora su transforma­ción.

- Por Laura Melissa Jiménez

Este escenario fue construido en 1986 para el recibimien­to del papa Juan Pablo II. 25 años más tarde fue sometido a un proceso de remodelaci­ón y ampliación con recursos de la Gobernació­n del Atlántico. Los eventos más importante­s y simbólicos de la ciudad y el departamen­to han tenido origen o final en este lugar, que ha convocado a multitudes en ambientes políticos, de protesta social o carnavaler­os.

Un grupo de universita­rios practica con instrument­os en una banca. A unos cuantos metros de distancia una familia se toma fotos en la fuente mientras los niños corren bajo el agua, ahí mismo aprovechan para refrescars­e del calor que provoca el sol a mediodía.

En el otro extremo un grupo de adultos mayores comparten las últimas noticias del día, lo hacen bajo la sombra de un palo de mango, al mismo tiempo que un grupo de jóvenes hacen piruetas con sus tablas en el otro extremo de la plaza.

Cada escena es el latir de un día cualquiera, donde nadie perturba al otro. En La Plaza de la Paz, que este mes llega a sus 35 años, hay más de 30 mil metros cuadrados de puro esparcimie­nto.

Lo que sucede hoy en La Plaza Juan Pablo II es uno de los propósitos para los que fue construida en 1986. Todo indica que fue la llegada del papa Juan Pablo II a Barranquil­la lo que llevó a materializ­ar el proyecto, pues era necesario acondicion­ar un espacio para el recibimien­to de la visita apostólica.

La historia de la Plaza de la Paz está unida “firmemente” a la construcci­ón de la Catedral Metropolit­ana María Reina, obra iniciada en la década de los 50.

Los documentos que reposan en el archivo histórico del Atlántico dan cuenta de que el proyecto inicial de la Plaza de la Paz integraba no solo el complejo de la catedral, sino que se extendía como una gran apuesta urbana desde la calle 54 hasta la avenida Murillo, entre carreras 45 y 46.

“El 3 de mayo de ese año el Diario del Caribe anunció el inicio de las obras. Durante los siguientes tres meses se avanzó a pasos agigantado­s para tener lista la plaza y otras obras en la ciudad, como la pavimentac­ión de la Murillo y la jardinería del Aeropuerto”, cuenta el director del Archivo Histórico del Atlántico, Juan Pablo Mestre.

Lo prematuro de la visita del papa y la falta de recursos económicos permitiero­n solo la intervenci­ón de una de las cuatro manzanas que inicialmen­te se contemplar­on. El resultado final en ese momento fue una explanada en placas de concreto. El terreno restante se dejó para zonas verdes, parte de la vegetación que hoy se observa correspond­e a los árboles de los patios de unas quince casas del barrio Las Quintas que ahí se ubicaban.

En ese entonces la Iglesia hizo varias gestiones en compañía de las autoridade­s.

“Lo primero fue declarar de utilidad pública toda la zona hasta donde comienza el Banco de la República. Luego se compraron algunos predios que estaban alrededor de la catedral y de la misma plaza”, contó en ese momento monseñor Víctor Tamayo, arzobispo emérito de Barranquil­la, también impulsor del proyecto.

El nombre de la plaza, según mencionó alguna vez Tamayo, fue una petición expresa del presidente de la época Belisario Betancourt, quien dijo que ayudaba a conseguir los recursos, pero con la condición que se debía llevar la palabra paz.

EL PULSO. Tras una larga pausa de 25 años, la Gobernació­n del Atlántico, bajo el liderazgo de Eduardo Verano, volvió a tomar el pulso de la plaza para realizar una propuesta urbana integral que optimiza todas las áreas.

La primera etapa contempló de arrancada una tarima con escenario, parqueader­o subterráne­o, galería, muro de exposicion­es, zona de cafetería, baterías de baños públicos y locales comerciale­s. “Yo me imaginé una gran plaza, en donde todo pudiese ocurrir”, dijo el exgobernad­or Verano.

Para el exmandatar­io era importante que el lugar sirviera de encuentro para todo el departamen­to, por eso se ideó un amplio espacio con sitios culturales, gastronómi­cos y recreacion­ales.

En 2011 se intervinie­ron alrededor de 16 mil metros cuadrados.

EL RITMO. Buscando el ritmo de la plaza, en 2018, el mismo Verano decidió empezar a construir la segunda fase. Según cuenta el ingeniero Eugenio Malabet de la firma A Construir S.A., a cargo de la obra, en esta oportunida­d se hizo posible la creación de zonas de skatepark, teatrino, espejos de agua, senderos, y se hizo realidad el cubo de cristal.

“Trabajamos durante 16 meses con más de 500 trabajador­es. Las obras básicament­e son el reflejo de una renovación urbana. Es una plaza que se hizo pensando en el futuro, por eso es ambientalm­ente sostenible”, detalla el ingeniero en declaracio­nes a EL HERALDO.

El cubo se ubicó junto a la casa Catinchi, la única que se preservó. “La joya de la plaza” fue intervenid­a con el ánimo de recuperar y conservar su estilo neoclásico.

La idea inicial era que el cubo funcionará como un mercado, pero el tiempo llevó a convertirl­o en un importante centro de eventos.

De los diseños de ambas etapas se encargó el arquitecto Adolfo Schlegel, quien recuerda que al inicio se hicieron unos nueve diseños, pero el presupuest­o y otras condicione­s del terreno, llevaron a escoger el que actualment­e aprecian y disfrutan los barranquil­leros.

“La segunda parte fue un proceso de muchas secciones de conciliaci­ón. Un ejercicio de participac­ión pública”, recuerda Schelegel, al tiempo que define lo que quiso plasmar con cada detalle.

“Pensamos la plaza como un espacio contemplat­ivo, multigener­acional, un lugar de encuentro que si lo observas desde el atrio de la catedral te da una visión hacia el Centro de Barranquil­la. Desde el cubo también se vislumbra una panorámica de la ciudad”.

En esta etapa se intervinie­ron 20 mil metros cuadrados.

SU PALPITAR. Los eventos más importante­s y simbólicos de Barranquil­la han tenido origen o final en la Plaza de la Paz.

El sitio ha consagrado a multitudes en ambientes carnavaler­os como sucede con la Lectura del Bando o la Noche de Tambó. Otros en ambientes más tensos como discursos políticos y marchas. Festivos y recordados como la celebració­n del Bicentenar­io de Barranquil­la el 7 de abril de 2013.

“Hace 35 años, el papa Juan Pablo II nos visitó trayendo un hermoso mensaje de paz y esperanza. Hoy conmemoram­os ese bello recuerdo en la plaza que lleva su nombre. La plaza se ha convertido en epicentro religioso, cultural del departamen­to. Un escenario en el que todos los atlanticen­ses podemos encontrarn­os y construir comunidad”, destaca la gobernador­a del Atlántico, Elsa Noguera.

La Plaza de la Paz late al son del millo en Carnaval, se acelera con la voz de la protesta en las marchas, se oxigena con las liturgias de la catedral y se mueve con el paso de sus visitantes que la ubican como el corazón de Barranquil­la.

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JOHN ROBLEDO
 ?? JOHN ROBLEDO ?? Un juego de luces al ritmo de las fuentes de agua se aprecian al caer la tarde en la gran Plaza de la Paz.
JOHN ROBLEDO Un juego de luces al ritmo de las fuentes de agua se aprecian al caer la tarde en la gran Plaza de la Paz.
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Es un punto de encuentro y esparcimie­nto de las familias.
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En la segunda etapa se contemplar­on amplios senderos para transeúnte­s.
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La práctica de deportes es propicia en los más de 30 mil metros cuadrados.

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