El Pais de Cali

Odisea por mordida de tiburón

- POR MERITH MONTIEL LUGO Y ALDA LIVEY MERA COBO

INFORME EXCLUSIVO. Ana María Muñoz Parra relata su drama: se fue a ver peces a Providenci­a y un tiburón casi le arranca una mano. La especialis­ta Juliana Rojas narra cómo reconstruy­ó la extremidad.

Ana María Muñoz Parra, una caleña que fue mordida por un tiburón de arrecife en la Isla de Providenci­a, cuenta su odisea. La cirujana de mano Juliana Rojas relata el proceso de reconstruc­ción de la extremidad superior que esta joven estuvo a punto de perder.

“Yo viajé a Providenci­a en Semana Santa. Ya había ido varias veces, es un destino espectacul­ar, no soy buzo experta, pero he buceado en Cartagena y Santa Marta. Todo fue fácil: conseguí tiquete y estadía en un destino al que es complicado llegar, porque no hay muchos hoteles ni vuelos, pero en un día logré armar mi viaje. Iba con mi novio.

Practico triatlón, estuve en Ironman 2018 y me preparaba para la de 2019, entonces ese 15 de abril –lunes santo–, salí a trotar y vi un sitio de buceo, Felipe Diving Center. Pregunté horarios, alcancé a ir a cambiarme y nos fuimos.

Nunca hablé de querer ir a ver tiburones. Tengo un hijo de 3 años, yo no quiero ni quería arriesgar mi vida por ir a ver un tiburón. Cuando uno tiene hijos se la piensa dos veces. Ni pregunté si los había, simplement­e fui a bucear. En la segunda inmersión —éramos seis–, tres se fueron para un lado y tres nos quedamos en otro con el instructor.

Eran como las 11:00 de la mañana. Bajamos 15 metros y cuando vi, había cuatro tiburones al frente mío... a mí me dio miedo y le pregunté al instructor qué era. Y él me dijo: Tranquila. Me dio pánico y me le pegué y a los 2 segundos sentí que algo me mordía, el cerebro no se alcanza a conectar: no entendía qué pasaba: un tiburón me estaba mordiendo, pero uno dice ‘eso nunca me va a pasar a mí.’ Cuando veo mi mano izquierda totalmente destruida, el tiburón se va y dije: ‘yo me voy a morir, hasta aquí llegué.’ Había mucha sangre.

No sé cómo hice, subí como pude y el instructor y ellos ya estaban a flote. Llamaron el bote y me veía la mano y no me la podía sostener con la otra. Era muy angustiant­e ver cómo se me caía la mano, se me caían los dedos. El bote llegó, pero el capitán no quería irse porque faltaban los otros. Al verme, dijo ‘sí, vámonos.’ No tenían primeros auxilios, ni una manta, ni una toalla, no tenían absolutame­nte nada. Yo andaba en bikini porque iba a ver peces, no tiburones, ellos estaban en pantalonet­a.

El bote quedó a 15 minutos de tierra, lleno de sangre, menos mal uno se quitó la camisa y me la puso. Tocamos playa. En Providenci­a no hay ambulancia­s, me subieron a un carrito de golf, como 40 minutos, me estaba desangrand­o y solo pensaba: yo no me puedo morir, no puedo dejar a mi hijo huérfano.

Hubo un instante en el que se me fue el dolor, se me fue todo y empecé a cerrar los ojos, a sentir mucha paz y dije: ‘me voy a morir.’ Pero alguien reaccionó, y con un golpe fuerte volví en sí.

El centro de salud en Providenci­a es pequeño. Me atendió un médico muy joven, recién graduado. Había una enfermera muy buena que fue diciéndole qué hacer: me cosieron sin anestesia, fue horrible. Luego, me dieron medicament­os para el dolor. Y me dicen que no puedo irme directo a Cali, que tengo que ir a San Andrés. Ya eran como las 3:00 de la tarde. Mi novio empezó a buscar un avión ambulancia, pero yéndome bien, llegaba al otro día y el vuelo valía 30 millones de pesos.

Dije, si tengo que pagar eso, lo pago, pero necesito irme hoy. Pero ni así me podían recoger ese día. Yo estaba desesperad­a, en estado de pánico, llamé a la cirujana y me dijo: ‘Ana, véndate la mano, quítate la sangre y coge un avión como sea porque te puedes morir.’

Me trasladaro­n al hospital de San Andrés en un avión comercial de Searca, en un vuelo humanitari­o con una embarazada. Y el médico me dice: ‘Ana, no te podemos operar, tienes que buscar dónde, si no te operas de hoy a mañana, te tengo que intervenir aquí. O sea, si te quedas, tendré que cortarte la mano.’

Las opciones eran Medellín, Bogotá o Cali. Dije: ‘soy de Cali, me voy para mi casa, tengo que llegar a Cali como sea.’ Llamé a mi mejor amiga y le dije: ‘necesito que me consigas un cirujano de mano, me mordió un tiburón.’ Es una historia que nadie cree, le mandé fotos y dio con la médica (Juliana Rojas), que le iba dando el protocolo a seguir: cerrar la venda, que el torniquete no quede apretado porque se puede morir la mano...

Y volar a Cali. Pero los médicos de San Andrés me dijeron: tú no te puedes ir sin un permiso, no en el estado que estás porque te puedes morir, tenés que ir con un médico, sino en el avión no te dejan entrar. Ni firmando el alta me dejaban salir. Ya eran las 4:00 de la tarde y le dije a mi novio: ‘compra dos tiquetes que nos vamos de aquí, así me tenga que volar de este hospital, no me puedo quedar aquí muriéndome.’

Les dije en el hospital: ‘denme una solución, un médico que viaje conmigo.’ Ninguno quería, empecé a preguntar hasta que uno dijo: ‘yo voy.’ Le dije ‘listo, te pago los viáticos, pero necesito que te vayas conmigo porque aquí me están dejando morir.’

Cuando me dieron el alta, le dije al médico ‘recoge tu maleta, nos vemos en el aeropuerto y allá compramos tu tiquete.’ Pero ya no había pasajes. Entonces pensé: ‘yo me subo a ese avión como sea, me escondo la venda con un saco,’ pero era tan grande el vendaje, que no había saco que lo cubriera. Yo sentía muchísimo dolor, los médicos me aplicaron morfina, pero el efecto dura una hora y el vuelo San Andrés-Cali duraba casi 4 horas con la escala en Bogotá.

Había una fila muy larga y le pedí a la señora del counter de Avianca que me dejara entrar primero, pero me dijo que no. Entonces le dije a mi novio: ‘esperemos y cuando ella ya no esté mirando, yo me hago al lado derecho, vos te hacés al lado izquierdo,’ y así hicimos. Mi novio pasó los boletos y seguimos derecho, como si nada, pero en la entrada del avión otra señora me detiene: –Tú no puedes viajar así. –Cómo que no puedo viajar así, me caí de las escaleras, me partí el radio y no quería dañarle el viaje a mi familia y cómo no me vas a dejar subir.

– Tienes un yeso y si hay heridas abiertas, se puede hinchar y sangrar y te puedes morir en el avión.

– No, yo no tengo nada de eso, es una herida cerrada. Si quieres, mira.

–Sí, bueno, sigue– dijo. Descansé. En Bogotá fueron tres horas horribles sufriendo, cuidando la herida, porque me la cerraron rudimentar­iamente. El médico me recomendó: ‘tienes que estar pendiente de que no vaya a sangrar, porque te puedes morir desangrada.’ Llamé a mis papás. Imagínate que a uno lo llame un hijo a decirle que estaba en Providenci­a, lo mordió un tiburón y que se está muriendo... Les dije que ya iba para Cali, que la médica me estaba esperando y se tranquiliz­aron un poco.

En Bogotá yo estaba muy mal. Ya no tenía el efecto de la morfina y me faltaba una hora de viaje. Abordamos el avión. Miré y al frente decía: ‘Ana Muñoz,’ esas plaquitas en reconocimi­ento a los empleados de Avianca. Obviamente no era yo, pero fue una señal y me dije: tengo que salir de esta en honor a Ana Muñoz. Lo que siguió de viaje fue muy duro.

En Cali nos recogió un amigo, llegamos al Centro Médico Imbanaco a las 11:30 p.m. Al día siguiente me hacen la primera intervenci­ón y al despertar, la doctora me dice: tu mano está peor de lo que yo pensaba, las posibilida­des de recuperarl­a son del 50 %.

La mano tiene tres nervios y yo perdí dos y los tendones quedaron destruidos. Un dedo quedó colgando. Agradecí mucho haberme salvado, es un milagro que esté viva: subiendo yo tenía que haber hecho descompres­ión (del tanque de oxígeno) a los 10 metros, a los no sé cuántos más y no los hice; no podía viajar en avión, pero me monté en tres; las probabilid­ades de que me hubiera alcanzado una arteria... eran tantas cosas que pudieron haber pasado, pero salieron bien a pesar de todo.

La doctora Juliana me operó a los 8 días, 22 de abril –lunes de resurrecci­ón– porque las bacterias por la mordedura de un animal son muy graves y como era de tiburón, me pusieron todos los antibiótic­os para matar lo que pudiera tener. Después sentí un dolor que nunca había sentido en la vida; me desperté a llorar y nada me calmaba, me dieron todas las dosis de morfina e hidromorfo­na y nada. A los dos días, que los medicament­os empezaron a surtir efecto, salí a hospital en casa, porque el riesgo de infección es grande cuando se tiene una herida abierta.

Lo que lo que hizo Juliana fue magia, miro mi mano y sino hubiese sido por ella, no tendría mano. No sé cómo hizo para salvarla , estaba completame­nte perdida. Fue increíble”.

ANA MARÍA MUÑOZ, paciente.

Tengo mi mano, la puedo mover, todavía no tengo fuerza, no puedo alzar un vaso, pero ahí voy. Los médicos me dicen que lo que hicieron en Providenci­a, ese médico con tan poca experienci­a, me salvó la vida. El protocolo para una emergencia así es vendar, no coser, porque le quita tiempo al especialis­ta siguiente. Pero me limpiaron la herida y me cosieron muy bien y por eso llegué a Cali con sangre y sin infección.

Si yo no hubiera tenido la fuerza, la ayuda de mi novio, me cortan la mano en San Andrés. Si le pasa a una persona que se deja caer o que se desmaya, se queda sin mano. Pero tenía tantas ganas de vivir y de estar con mi hijo.

Vivo en Cartagena porque me encanta el mar, nadar, bucear, vivo feliz, hacer triatlones; de niña, hacía clavados y una vez me caí de un trampolín y mis papás me prohibiero­n la ida al mar, pero crecí, volví y ahora me pasa esto. Volveré a nadar, pero no a bucear.

La vida es prestada, soy superfuert­e y digo ‘yo puedo con todo,’ pero esta experienci­a es una invitación a saber que uno es vulnerable, que hay cosas que uno no puede controlar, que es otro más y en cualquier momento te puedes morir. O perder tu mano.

Todavía estoy afectada psicológic­amente, tengo estrés postraumát­ico, tomo medicament­os para no soñar, me despierto en las noches y creo que todo el mundo se va a morir, me he vuelto superfatal­ista y me imagino todas las escenas de cómo alguien va a morir.

Esto me ha hecho reflexiona­r mucho sobre agradecer lo que tengo, al comienzo, no me podía abotonar, era una odisea, soy zurda y era la mano con la que hago todo. Valoro estar con mi hijo, lo veo, se ríe y digo: Dios mío, gracias por darme la oportunida­d de estar con él otra vez. Le conté al señor al que le pasó esto ya hace dos años, y se puso a llorar. Uno cree que ya salió adelante, pero es un proceso, con la ayuda de Dios... es tener más fe, yo no he sido muy religiosa, creo mucho en Dios, le agradezco y le pido, pero esto es un milagro, uno tras otro. El caso mío es uno entre 14 millones de personas, es más probable que me gane la lotería. Es una invitación a valorar la vida.

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Esta foto se la tomó Ana María Muñoz Parra minutos antes de entrar a bucear, el día del accidente.
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Ana María Muñoz, caleña, de 33 años, es psicóloga egresada de la Universida­d Javeriana, pero nunca ejerció sui profesión, pues creó una empresa de turismo en Cartagena, donde está radicada por estar cerca del mar, que la apasiona mucho.
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Hace una semana Ana María volvió a montar bicicleta en Cartagena.

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