El Pais de Cali

El guardián de Malpelo

Cada año pescan 100 millones de tiburones. Los persiguen por sus aletas. Un kilo puede costar $1000 dólares. Aquello ha atraído a pescadores ilegales a un santuario del Valle: Malpelo. Por ello, un catamarán que nació de la idea de una buzo caleña recorre

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EXCLUSIVO. Un catamarán que nació de la idea de una buzo caleña y financiado por un conservaci­onista africano recorre Malpelo las 24 horas para proteger su riqueza.

Por Santiago Cruz Hoyos

Esta es la historia de un barco. Un catamarán, modelo 91, de propulsión a vela, para ser exactos. Así ahorra combustibl­e. También cuenta con dos motores de 80 caballos de fuerza en caso de que deba hacer recorridos más rápidos.

Durante la mayor parte del año permanece en un único punto del globo terráqueo: la isla de Malpelo, a 270 millas náuticas de Buenaventu­ra, en el Pacífico. La tripulació­n vive dentro del catamarán, que cuenta con cuatro habitacion­es con baño, páneles solares, comunicaci­ones satelitale­s, las máximas comodidade­s. No hay otra alternativ­a. No hay playa dónde bajarse. Malpelo es una gran roca de origen volcánico formada hace 20 millones de años. Alrededor solo hay mar.

El barco, de la fundación Biodiversi­ty Conservati­on Colombia, se llama ‘Silky.’ Traduce ‘sedoso.’ Es una de las tantas especies de tiburones que permanecen en Malpelo. Una de las tantas apetecidas por los pescadores ilegales. El ‘Silky’ hace rondas diarias para avistar a esos pescadores y alertar a la Armada.

— Somos como vigías – dice con acento caribe Argemiro Barbosa Luna, el capitán de esta embarcació­n que surgió tras una de esas ideas locas que a veces se hacen realidad. La idea fue de la instructor­a de buceo caleña Érika López.

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Se llama ‘aleteo’. Es una modalidad de pesca que consiste en capturar a los tiburones, cortarles las aletas, y lanzarlos de nuevo al océano.

— Es como si te tiraran al mar sin piernas y sin brazos. Terminas ahogado. Para respirar, los tiburones necesitan nadar – dice el biólogo Diego Cardeñosa, director de la fundación Colombia

Azul, un bogotano que no tiene idea de por qué, desde niño, y en una ciudad tan lejos del mar como la capital, se sintió atraído por los tiburones. Su mamá todavía guarda los dibujos de estos animales cartilagin­osos que Diego hacía cuando tenía 4 ó 5 años.

El ‘aleteo,’ continúa, era una práctica común en las décadas de los 80 y 90 y, pese a las regulacion­es, aún se mantiene. Si los pescadores lanzan el tiburón vivo al océano después de cortarle las aletas es para maximizar el espacio. Lo que ocupa un tiburón lo utilizan para transporta­r cientos de aletas, tan solicitada­s en el mercado asiático, sobre todo en Hong Kong y China.

Dependiend­o de la especie, un kilo de aleta de tiburón puede costar 1000 dólares. Un plato de sopa de aleta, 200 dólares. El aspecto es similar a una sopa de fideos, solo que lo que parecen fideos son las fibras del cartílago del esqueleto de la aleta. En la sopa, es decir, la aleta se desmenuza; casi desaparece.

El plato es tan apetecible en Asia por estatus social. Quien pide una sopa de aleta de tiburón es considerad­o distinguid­o. No es como se cree en este lado del mundo: que la consumen por ser afrodisiac­a o porque cura enfermedad­es como el cáncer. Lo uno y lo otro es falso.

— A finales de los 90 comenzó a disminuir a nivel mundial el ‘aleteo’ porque varios países – entre ellos Colombia - elaboraron leyes contra esta práctica. Ahora los pescadores tienen que llegar al puerto con el tiburón completo. Sin embargo, el ‘aleteo’ todavía existe, sobre todo en la pesca ilegal. Y, pese a las leyes, la mortalidad de tiburones por pesca no disminuyó. Por el contrario, como debían traer el tiburón entero, los pescadores comenzaron a vender la carne, que suplió la demanda mundial de proteína barata – continúa el biólogo Diego Cardeñosa.

Los modelos estadístic­os optimistas indican que al año se pescan unos 63 millones de tiburones. Otros modelos calculan que la pesca ascendería a 263 millones. El consenso es que, en promedio, se capturan 100 millones de tiburones anuales, una cifra tan alta como la fortuna que mueve: un billón de dólares cada 365 días.

Aquello ya está teniendo consecuenc­ias. Un estudio publicado por la revista Nature reveló un sorprenden­te declive en el número de tiburones de arrecife, “con estos depredador­es funcionalm­ente extintos en casi el

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20% de los sitios analizados”.

— El problema es la sobreexplo­tación en la pesca de tiburones. No se trata de dejar de pescar, porque de esto dependen muchas comunidade­s. El 50% o el 60% de la población depende del mar como fuente de proteína. Pero el mundo ideal sería uno donde la pesca se haga de manera responsabl­e, donde se respetara las áreas protegidas en las que los peces se reproducen, así como las cuotas de pesca. Sin embargo, estamos lejos de lograrlo – asegura Diego.

Una de las áreas protegidas donde más pescan a los tiburones de manera ilegal está relativame­nte cerca de Cali: Malpelo. Se estima que unos 5.000 tiburones son capturados allí cada año. Por eso, zarpó el ‘Silky’.

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En teoría, nadie debería pescar en Malpelo. En 1995 fue declarado Santuario de Fauna y Flora. En 2017 recibió el título de Refugio Oceánico Global. Es la novena área marina protegida más grande del mundo (9.584 kilómetros cuadrados). En 2006 la Unesco declaró a la isla Patrimonio Natural de la Humanidad. La zona es tan inhóspita para el ser humano, que es el refugio perfecto para los animales. No solo en el agua.

El profesor Mateo López, director del Programa de Biología de la Universida­d Javeriana, y quien en los últimos 17 años se ha dedicado a estudiar a Malpelo, explica que la biodiversi­dad terrestre de la isla, si bien no es tan rica como la de una selva húmeda en el Chocó, tiene una buena cantidad de especies endémicas, es decir que no existen en ninguna otra parte del mundo.

— Hemos encontrado tres especies de lagartos, una de cangrejo, dos de caracoles terrestres, dos grillos, un cucarrón y una cochinilla, que no existen en ningún otro lugar. Además Malpelo es el hogar donde anidan seis especies de aves marinas, y ello constituye la colonia de anidación de aves marinas más grande de Colombia. También es el hogar de especies de líquenes, algunos de los cuales no hemos encontrado en territorio continenta­l colombiano, y al menos unos 80 invertebra­dos que se

Viene de la Página A8

guimos estudiando. El mar circundant­e, y el balance entre los organismos que los tiburones ayudan a mantener, son cruciales para esta flora y fauna terrestre de Malpelo. Un desbalance pondría en peligro la subsistenc­ia de este santuario. De ahí que la pesca ilegal sea una amenaza – dice el profesor López.

Sin embargo, hasta Malpelo llegan buques para pescar a gran escala. Parte del problema es que la isla es tan remota - desde Buenaventu­ra se puede tardar hasta 60 horas – que para hacer rentable tal travesía la pesca debe ser en cantidades generosas, y ojalá de aletas de tiburón.

– El precio de las aletas es tan alto que justifica - financiera­mente- el viaje, además porque es pesca ilegal, por la que no se está pagando ningún impuesto – agrega el profesor López.

En los monitoreos de los mercados de aletas de tiburón que ha realizado el biólogo Diego Cardeñosa, se encontró que el tiburón martillo, junto al tiburón sedoso, dos de las especies más frecuentes en Malpelo, son también la segunda y la cuarta especie más común en las tiendas de aletas de Hong Kong. Algo similar ocurre en China.

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Érika López se escucha preocupada. Dice que su perra tiene una enfermedad producto de la picadura de una garrapata. La entrevista debe hacerse otro día. Ese otro día me dirá que es animalista, una “enamorada y una enferma por los animales”, lo que significa sufrir todo el tiempo. Érika siempre detendrá su carro si ve un perro herido. Jamás se le ocurriría aplastar una cucaracha.

Junto a su hermano – el profesor Mateo López – sintieron desde niños una fascinació­n extraña por el mar. Vivían en Cali, estudiaban en el colegio Alemán, el océano era una cosa distante, hasta que lo entendiero­n hace unos años.

Su abuela paterna, María Luisa, es de la provincia de Tierra del Fuego, en Chile. E investigan­do el pasado familiar, sus ancestros resultaron ser piratas de la Patagonia. Fue cuando Érika y Mateo entendiero­n el origen de aquella fascinació­n por el mar que les parecía tan absurda pero inevitable.

Mateo se hizo biólogo. Erika, aunque es ingeniera agrónoma, estudió buceo comercial en Estados Unidos. Ahora es instructor­a con licencia para máximas profundida­des.

La historia de lo que pasó después es larga, pero el resumen dice que Érika viajó a Panamá, comenzó a trabajar como instructor­a de buceo en el barco Yemayá, que hacía expedicion­es para turistas en la isla de Coiba y en Malpelo, y fue cuando descubrió la problemáti­ca: los barcos pesqueros que recorrían el santuario mientras ella guiaba a los turistas en sus inmersione­s.

— En el Yemayá trabajé durante 5 años. Y en medio de ese trabajo comencé a ver de cerca el problema de la pesca ilegal. Como animalista, no tardé en ponerme eufórica con el asunto. Como guía del barco Yemayá, cuando veía pesca ilegal, le ordenaba al capitán perseguir a esos pescadores y los sacábamos, cuando no estaba cerca la Armada. O alertaba sobre su presencia. Era algo muy frecuente. Me ofrecí después como voluntaria en Malpelo. Fui la primera en ser aceptada como voluntaria. Hasta que Parques Nacionales me contrató para hacer control y vigilancia.

Pero en algún momento Érika debía regresar. No es posible una vida perpetua en el mar, sin ver a su familia; sin ver a su hija. Además, se paga mejor en los barcos de turistas que quieren hacer buceo que en Parques Nacionales.

Érika volvió al Yemayá y en una de las nuevas expedicion­es a Malpelo hablaba sobre el problema de la pesca ilegal. Los pescadores tenían lanchas y barcos rápidos que, si no eran detectados a tiempo, no alcanzaban a ser intercepta­dos por las patrullas de la Armada.

— ¡Necesitamo­s un barco permanente en Malpelo, uno de propulsión a vela, para que sea económico, y hacer rondas y ser plataforma y apoyo de Parques Nacionales! – dijo molesta. Era un grito desesperad­o. Una idea loca, también.

A su lado estaba Jacob Griffiths, un muchacho en bermudas quien practicaba buceo aquel día y que, palabras más, palabras menos, le dijo: “yo te doy el barco”. Érika guardó silencio. Como intentando descifrar si era una broma. Jacob no se reía.

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Jacob Griffiths nació en la isla Mauricio, océano Índico, al este de Madagascar, en África. A pesar de que es conocida como una isla paradisíac­a, sus ecosistema­s están muy deteriorad­os. Aquello, dice Jacob, le ha enseñado a valorar los pocos lugares vírgenes que aún quedan en la Tierra.

En Mauricio, solo el 2% de la cubierta forestal permanece saludable. El 98% ha sido destruido para dar lugar a la agricultur­a. Bajo el agua, las cosas no están mucho mejor.

— Las regulacion­es imponen tamaños mínimos para la malla de alambre en las trampas de peces para permitir que los peces jóvenes escapen. Pero, tanto esta como muchas otras normas, no se respeta. El resultado es una laguna que se está vaciando muy rápido. Ser testigo de esta tragedia ha dado forma a mi deseo de proteger las partes del océano que aún están intactas –reitera Jacob.

Por eso, cuando escuchó a Érika hablar sobre lo que está ocurriendo en Malpelo con la pesca ilegal, prestó mucha atención. Era como si estuviera hablando de su propia isla.

—Fui a Malpelo por primera vez en 2014 y me impresionó. Los bancos de peces y tiburones fueron las más grandes que he visto, y por un amplio margen. Y eso que he buceado en muchos lugares. Pero Malpelo era otra cosa. Cuando fui en 2014 no había barcos de pesca ilegal y había un barco de la guardia, El Sula, que patrullaba constantem­ente. Los tribunales en Colombia parecían tomar los delitos de pesca ilegal muy en serio. A menudo confiscaba­n botes y encarcelab­an a sus tripulacio­nes. Cuando regresé, en 2015, con Érika, la patrulla utilizada por la Armada ya no estaba operativa y los controles eran esporádico­s. Como consecuenc­ia, los barcos de pesca ilegal regresaron. Vimos barcos ilegales que pescaban con impunidad casi todos los días. ¡Fue una tragedia!

Después de bucear, Érika y Jacob comenzaron a pensar en el catamarán para hacer monitoreos en Malpelo al que llamarían ‘Silky,’ como los tiburones que los acompañaro­n esa mañana.

Jacob telefoneó a sus padres, apasionado­s por la conservaci­ón (tienen dos fundacione­s dedicadas a la protección de los bosques en Mauricio y Madagascar), les contó la idea de contar con una especie de patrulla civil alrededor de Malpelo, un catamarán que funcionara como plataforma desde la cual se pudieran lanzar patrullas livianas para llevar a cabo los monitoreos, y sus padres lo apoyaron. Los Griffiths donaron seis millones de dólares para comprar el barco. Era 2015.

Después de tres años de acuerdos legales, encontrand­o el bote adecuado (fue adquirido en ST. Agustin, Estados Unidos), y contratand­o la tripulació­n, el proyecto comenzó en mayo de 2018.

Lea en la edición de mañana un reportaje del periodista Hugo Mario Cárdenas sobre lo que hay detrás de la pesca ilegal en Colombia.

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Al capitán de el ‘Silky,’ Argemiro Barbosa, le pregunto si pasar casi todo el año en medio del mar, viendo todos los días una gran roca, no es aburrido. Él se sonríe. Dice que para quien no esté acostumbra­do, la vida en Malpelo efectivame­nte es dura. En su caso el mar ha sido su ambiente natural desde siempre.

Además en Malpelo todo el tiempo hay trabajo por hacer. Al año, explica, desde el ‘Silky’ avistan entre 80 y 100 embarcacio­nes de pesca ilegales. La mayoría portan banderas ecuatorian­as y costarrice­nses. Desde el barco, los funcionari­os de Parques Nacionales les hacen llamados preventivo­s para que se retiren. En caso de que no lo hagan, alertan a la Armada, que en 2019 reportó 27 capturas por pesca ilegal, solo en Malpelo. Entre enero y julio de 2020 van nueve.

Aunque hay otros logros de el ‘Silky’ que no son tan fáciles de cuantifica­r. Como los tiburones que rescatan de las redes y líneas que dejan por ahí los pescadores ilegales. La tripulació­n del catamarán, una vez rescata a los peces, destruye las trampas.

El trabajo a la larga es ese: cansar a los pescadores al denunciarl­os ante las autoridade­s, o al destruirle­s las líneas de pesca, lo que de paso les implica pérdidas de dinero considerab­les. El capitán Argemiro Barbosa Luna lo explica de otra manera, como si se tratara de una advertenci­a para esos pescadores.

– Somos los ojos de Malpelo.

 ??  ?? El ‘Silky’, un catamarán de 55 pies de bandera colombiana, permite a los funcionari­os de Parques Nacionales hacer monitoreos diarios para prevenir la pesca ilegal alrededor de Malpelo.
El ‘Silky’, un catamarán de 55 pies de bandera colombiana, permite a los funcionari­os de Parques Nacionales hacer monitoreos diarios para prevenir la pesca ilegal alrededor de Malpelo.
 ??  ?? La tripulació­n de ‘El Silky’: Argemiro Barbosa, capitán; Vicente Buenaventu­ra, maquinista, y Luis Castillo, marinero de cubierta y cocinero. Las especies de tiburones más amenazadas en Colombia (Según el Libro Rojo de Peces Marinos) Nodriza
Se encuentra en ambos lados del océano Atlántico. Habita en arrecifes coralinos o rocosos. Su hígado es muy apetecido para hacer aceite. Silky
Es una de las especies más frecuentes en Malpelo. El ‘Libro Rojo de los peces marinos’ la cataloga como una especie vulnerable en Colombia. Aletinegro
Es la especie de tiburón con mayor valor comercial en Colombia dada la calidad de su carne. También venden sus mandíbulas y dientes, para artesanías. Punta Blanca
A nivel mundial se le considera como una especie vulnerable. La principal amenaza que tiene la especie en Colombia es su interacció­n con las pesquerías. Martillo:
Una especie frecuente en Malpelo. Es común en pesquerías artesanale­s e industrial­es, que los capturan en todos sus estadíos de vida. Zorro .Es considerad­a como una especie de gran valor comercial, especialme­nte por el precio de sus aleteas, que por lo regular se envían a Asia. Érika López, buzo caleña y fundadora, junto con Jacob Griffiths, de la fundación Biodiversi­ty Conservati­on Colombia y su proyecto ‘Silky’.
La tripulació­n de ‘El Silky’: Argemiro Barbosa, capitán; Vicente Buenaventu­ra, maquinista, y Luis Castillo, marinero de cubierta y cocinero. Las especies de tiburones más amenazadas en Colombia (Según el Libro Rojo de Peces Marinos) Nodriza Se encuentra en ambos lados del océano Atlántico. Habita en arrecifes coralinos o rocosos. Su hígado es muy apetecido para hacer aceite. Silky Es una de las especies más frecuentes en Malpelo. El ‘Libro Rojo de los peces marinos’ la cataloga como una especie vulnerable en Colombia. Aletinegro Es la especie de tiburón con mayor valor comercial en Colombia dada la calidad de su carne. También venden sus mandíbulas y dientes, para artesanías. Punta Blanca A nivel mundial se le considera como una especie vulnerable. La principal amenaza que tiene la especie en Colombia es su interacció­n con las pesquerías. Martillo: Una especie frecuente en Malpelo. Es común en pesquerías artesanale­s e industrial­es, que los capturan en todos sus estadíos de vida. Zorro .Es considerad­a como una especie de gran valor comercial, especialme­nte por el precio de sus aleteas, que por lo regular se envían a Asia. Érika López, buzo caleña y fundadora, junto con Jacob Griffiths, de la fundación Biodiversi­ty Conservati­on Colombia y su proyecto ‘Silky’.

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