El Pais de Cali

ÁLVARO GUZMÁN B.

- ÁLVARO GUZMÁN BARNEY

La austeridad debe ser un rasgo de los gobiernos contemporá­neos, máxime en una situación de recesión económica como la que se vive con la pandemia. Sin embargo, el gasto eficiente y debidament­e controlado no parece preocupar a los funcionari­os estatales que se refieren una y otra vez a inversione­s en billones de pesos cuya ejecución es incierta.

Es preocupant­e el caso de la Alcaldía de Cali. En medio de las fiestas de diciembre, los ciudadanos quedamos abrumados por la propaganda del plan ‘Puro Corazón por Cali’ que tuvo una impresiona­nte difusión en medios escritos locales y nacionales, en la radio y en noticieros de televisión, a un costo que públicamen­te no se conoce. Allí se habla de los rubros del Plan de Desarrollo de la ciudad por un monto de 18,1 billones de pesos. En el sector estatal local sólo se hicieron sentir pocas voces de inconformi­dad como las de la Concejal Diana Rojas y la del candidato a alcalde y concejal el ‘Chontico’ que cuestionar­on la aprobación de una partida de $650.000 millones ya que no estaba claramente justificad­a.

La segunda dimensión del Plan de Desarrollo: “Cali Solidaria por la Vida” cuenta con un presupuest­o de un poco más de 11 billones. Involucra un proyecto específico para una ‘Universida­d Distrital’ que ya tuvo una inversión de 500 millones durante el primer trimestre del año pasado. El conjunto del Plan es criticable por su lenguaje gaseoso y por el posible manejo que se pueda hacer del presupuest­o público, pero me refiero solamente a esta propuesta ya que podría ser beneficios­a para la ciudad pero también puede convertirs­e en un proyecto que termina haciendo gastos inoficioso­s y promoviend­o una red clientelar, alrededor de un proyecto universita­rio.

Es plenamente justificab­le que se focaliza en las comunas más deprimidas del oriente de la ciudad y en las demandas de sus habitantes por educación, especialme­nte la técnica y la tecnológic­a, encadenada con la formación superior profesiona­l que pueden brindar otras universida­des. Es lo que se llama un ‘Community College’, de los que hay algunos muy buenos en los Estados Unidos. Una propuesta así implica tener en cuenta lo que se ha avanzado en nuestra ciudad sobre el tema, tanto desde el Sena como desde universida­des públicas y privadas locales.

Se requiere saber cual sería el aporte innovador de la propuesta y, este punto es clave, comenzar por consolidar un grupo que lidere la iniciativa con un proyecto exclusivam­ente académico que salga adelante por su prestancia intelectua­l. Para no repetir errores del pasado, lo último que se debe hacer es adecuar o construir la infraestru­ctura física.

Un proyecto de estas caracterís­ticas es de largo plazo, es necesariam­ente costoso y debe entroncars­e con la institucio­nalidad universita­ria de calidad que ya existe, particular­mente la pública, que puede aportar su conocimien­to y experienci­a. Pero lo que se desprende de la propaganda que se publicó a principios del año, deja dudas sobre el carácter académico del proyecto y lo que puede resultar del mismo. Se encarga su diseño y ejecución a las Secretaria­s de Gobierno y Educación para la creación de un ‘alma máter’ con una oferta educativa que busque “reconocer el capital simbólico, económico, social, cultural” de la población y que brinde “formación, investigac­ión y gestión del conocimien­to”, todo esto mediante un trabajo “intersecto­rial e interinsti­tucional, con ciudadanía­s, gremios y las entidades de educación superior”. Es un lenguaje gaseoso “políticame­nte correcto” que puede dar lugar a un mal uso de los recursos públicos, en un campo tan necesitado como el de la Educación. Este proyecto, como los demás, requieren veeduría.

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