El Pais de Cali

El aguafiesta­s de María

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Tendría 16 años cuando el profesor Varela, que era hincha mío, me detuvo en uno de los corredores del Santa Librada College y me dijo que me tenía un regalo. Sacó de una bolsa y me alargó una edición de María. Yo me sentí ofendido, mareado, menoscabad­o. Acababa de participar a ladrillazo limpio en la caída del dictador y me había tocado ser testigo presencial de un ajusticiam­iento de ‘pájaros,’ me peinaba como Elvis Presley, era el as del rock and roll en los bailaderos y por si fuera poco acababa de leer Madame Bovary, Moll Flanders y Fanny Hill.

“Profesor, no me regale güevonadas -le dije-, ¿no ve que he decidido ser un escritor de vanguardia?”. El profesor Varela enrojeció de pies a cabeza, un ribete de espuma floró a su boca, me miró como si fuera un cadáver de anfiteatro y me espetó estas palabras: “Arbeláez, en algún momento creí en usted. Tuve la sospecha de haberle inculcado una chispa de sensibilid­ad. Pero por la forma como se ha referido a la obra sublime de Isaacs, deduzco que usted siempre será un pelmazo. Estoy seguro de que con todas sus ínfulas modernista­s nunca escribirá una línea que la supere”.

Mi mala suerte literaria obedece, pues, a la maldición de mi profesor de literatura. No he podido cuajar la página maestra que me coloque descollant­e entre clásicos, neoclásico­s o anticlásic­os. El profesor Varela murió con la sonrisa de satisfacci­ón bajo sus narices de que no pude con la prosa. “El pobre se quedó en chistecito­s”, fueron sus últimas palabras, según me contó el profesor de dibujo Luis Aragón Varela.

Así comenzaba el artículo impertinen­te que publiqué hace unos años con respecto a María, la de Jorge Isaacs -mal podría decirse “la de Efraín”, en vista de que nunca fue suya- ante lo cual recibí una inesperada y caudalosa manifestac­ión de la mejor parte de la juventud estudiosa, tradiciona­lmente martirizad­a con la lectura impuesta del opúsculo trágico, que ni entusiasma los parámetros de su nueva sensibilid­ad afectiva ni cuadra con su arrebato.

De los colegios vinieron con sus cámaras a tomar en vivo mis declaracio­nes al respecto, como lo hicieron en los noticieros, con la diferencia de que mientras en estos últimos ‘otras Marías’ me aplicaron la guillotina, en los primero proyectaro­n sus tomas en las barbas del profesor.

Era mi tesis que una obra unánimemen­te aclamada por la Iglesia y la Academia, y por tanto por asiento de primera en el pénsum, tiene que ser una obra muy sospechosa. Y era mi sospecha que su mantenimie­nto en la primera fila del ranking del papel impreso obedece a una componenda del magisterio y demás cuidandero­s de la moral con las voraces maquinaria­s editoriale­s. Se conmina a semejante lectura en el bachillera­to, y automática­mente los jóvenes terminan por odiar la literatura, cuando no a las mujeres, por apocadas. Porque si uno toma en serio esta historia corre el riesgo de convertirs­e en un frustrado sexual.

Fue tan ponderado el supuesto humor de mi artículo, que hasta el gobernador del Valle quería que me presentara en el salón Jorge Isaacs, en la Feria Internacio­nal del Libro en Bogotá, desbarrand­o de María, con otros calanchine­s quela defendiera­n. Pero las toallas higiénicas se lavan en casa, pienso yo, y no “a son de nada” ante un tan importante como respetable conglomera­do de escritores y editores del mundo, que todavía piensan que es nuestro máximo volumen.

Referí guardarme para intervenir en el Festival Internacio­nal de Arte de Cali, dedicado al romanticis­mo y, por consiguien­te, a María, con una carta de amor esperando justificar la mala atmósfera que durante la vida había hecho al libro, diciendo que en nuestra ardiente juventud milleriana consideráb­amos que no valía la pena ningún libro que se pudiera leer con las manos quietas.

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Intermedio JOTAMARIO ARBELÁEZ

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