Un adiós Y UN NUE­VO CO­MIEN­ZO

LA TO­YA MON­TO­YA SE RE­TI­RA DE LAS PA­SA­RE­LAS POR LA PUER­TA GRAN­DE: PRO­TA­GO­NI­ZÓ LOS DES­FI­LES MÁS APLAUDIDOS DE CO­LOM­BIA­MO­DA, LA FE­RIA QUE VIO NA­CER SU CA­RRE­RA, Y ACLA­RA QUE SU ROL DE MO­DE­LO CON­TI­NÚA EN OTROS ES­CE­NA­RIOS.

Fucsia - - COLOMBIA MODA -

LA VI­GÉ­SI­MO NO­VE­NA edi­ción de Co­lom­bia­mo­da mar­có un an­tes y un des­pués en la ca­rre­ra de María Vic­to­ria ‘La To­ya’ Mon­to­ya. Lue­go de pro­ta­go­ni­zar las pa­sa­re­las na­cio­na­les du­ran­te más de 15 años, eli­gió 2018 pa­ra de­cir­les adiós. Con nos­tal­gia, pe­ro so­bre to­do con gra­ti­tud, la mo­de­lo y pre­sen­ta­do­ra di­ce que ya cum­plió un ci­clo y que re­co­no­cer­lo es cre­cer.

‒ ¿Qué es lo que más va a ex­tra­ñar del ‘co­rre co­rre’ de los des­fi­les? To­ya Mon­to­ya (T. M.): La adre­na­li­na, siem­pre me ha gus­ta­do esa sen­sa­ción. Tal vez por eso dis­fru­to los de­por­tes ex­tre­mos. Al­gu­nos no sa­ben que en­tre des­fi­le y des­fi­le te­ne­mos so­lo 15 mi­nu­tos pa­ra alis­tar­nos y es­tar im­pe­ca­bles pa­ra el si­guien­te di­se­ña­dor sin im­por­tar qué look ten­gas. Me gus­ta el am­bien­te de las fe­rias de mo­da, la gen­te es­tá ale­gre, con ga­nas de tra­ba­jar y de dar lo me­jor. Vol­ve­ré, se­gu­ro que sí, pe­ro en otro rol.

‒ ¿Qué no ex­tra­ña­rá?

T. M.: Creo que cuan­do se es cons­cien­te de que los ci­clos se cie­rran es di­fí­cil pen­sar en ello. Lo que fue, fue y por tan­to ha­ce par­te de la his­to­ria. Los za­pa­tos chi­qui­tos que te tor­tu­ran los pies, las caí­das en pa­sa­re­la, los ves­ti­dos que se des­aco­mo­dan mien­tras des­fi­las, los ja­lo­nes de pe­lo, las ho­ras de es­pe­ra, to­do, to­do, to­do me lo lle­vo en mi me­mo­ria aun­que no lo va­ya a ex­tra­ñar.

‒ ¿En qué se en­fo­ca­rá aho­ra?

T. M.: El he­cho de des­pe­dir­me de las pa­sa­re­las no me ale­ja de es­ta ca­rre­ra. Con­ti­nua­ré tra­ba­jan­do con las mar­cas que se han con­ver­ti­do en par­te de mi fa­mi­lia y en­fo­can­do mis fuer­zas en un pro­yec­to que pron­to sal­drá a la luz y en el que ga­na cohe­ren­cia to­do lo que es mi fi­lo­so­fía de vi­da. Es­ta­rá en­fo­ca­do al bie­nes­tar fí­si­co y al de nues­tro pla­ne­ta, pues me en­can­ta de­di­car­les mi tiem­po y ener­gía a co­sas con pro­pó­si­to, esas que de al­gu­na u otra ma­ne­ra apor­tan y ge­ne­ran im­pac­to en las per­so­nas.

‒ Ha­cien­do un ba­lan­ce de su pe­ri­plo por las pa­sa­re­las, ¿cuál es el des­fi­le que más re­cuer­da de su ca­rre­ra?

T. M.: Di­fí­cil es­co­ger uno des­pués de tan­to tiem­po en es­ta pro­fe­sión. To­dos me han mar­ca­do en ma­yor o me­nor me­di­da:

mi pri­mer des­fi­le, mi pri­mer di­se­ña­dor in­ter­na­cio­nal, aque­llos en los que he te­ni­do que son­reír y bai­lar (que, por cier­to, me cues­ta mu­cho tra­ba­jo), esos en los que ex­pe­ri­men­ta­ba in­co­mo­di­dad con la ro­pa y otros en los que me sen­tía su­per­po­de­ro­sa. Me los lle­vo en mis re­cuer­dos co­mo una gran eta­pa de mi vi­da.

‒ ¿Cuál fue el más di­fí­cil?

T. M.: Ro­ber­to Ca­va­lli en Ca­li Ex­pos­how. La pa­sa­re­la era bri­llan­te, lle­na de luz; la pues­ta en es­ce­na, ma­ra­vi­llo­sa; la mú­si­ca, per­fec­ta. El pi­so de es­pe­jos y los za­pa­tos de ta­cón, una ne­fas­ta com­bi­na­ción. Al des­fi­lar, la pa­sa­re­la se iba rom­pien­do ba­jo tus pies; era di­fí­cil con­cen­trar­se en mos­trar bien los di­se­ños, dar pa­sos y ha­cer ca­ra de que na­da es­ta­ba pa­san­do mien­tras sen­tías que en cual­quier mo­men­to te po­días cor­tar.

‒ ¿Pa­ra qué di­se­ña­dor le hu­bie­ra gus­ta­do des­fi­lar?

T. M.: Ch­ris­top­her Rae­burn, un di­se­ña­dor in­glés que tie­ne la par­ti­cu­la­ri­dad de crear re­cons­tru­yen­do, re­ci­clan­do y re­du­cien­do ba­su­ra. Sus pie­zas son el re­sul­ta­do del tra­ba­jo con ma­te­ria­les ya exis­ten­tes, co­mo te­las de pa­ra­caí­das, man­tas mi­li­ta­res y ob­je­tos de se­gun­da mano. Pien­so que la mo­da de­be­ría dar un gi­ro y apos­tar­le a es­ta fi­lo­so­fía.

‒ ¿Cuál es el re­to más gran­de de las mo­de­los du­ran­te Co­lom­bia­mo­da?

T. M.: Sien­to que to­das ha­ce­mos un gran es­fuer­zo por es­tar allí. Co­men­zar no es fá­cil: en Co­lom­bia hay mu­chas mu­je­res her­mo­sas y hay es­pa­cio pa­ra po­cas den­tro de los des­fi­les. El desafío más gran­de es acep­tar el ‘no’ co­mo res­pues­ta; no ser se­lec­cio­na­da y no to­már­se­lo per­so­nal. No to­das te­ne­mos el fí­si­co o la ac­ti­tud que les gus­ta a cier­tos di­se­ña­do­res o no te­ne­mos el per­fil que va con lo que trans­mi­te su mar­ca. Mu­chas ve­ces due­le, frus­tra y des­ani­ma, pe­ro es­tá en uno se­guir in­sis­tien­do por los sue­ños.

‒ ¿Qué lec­ción apren­dió du­ran­te su pa­so por las pa­sa­re­las?

T. M.: Mu­chas. Siem­pre he pen­sa­do que es­ta ca­rre­ra me ha en­se­ña­do la im­por­tan­cia de la dis­ci­pli­na, la pun­tua­li­dad, la pa­sión y la ac­ti­tud con la que te en­fren­tas no so­lo a los cas­tings sino a la vi­da. Sue­na cli­ché, pe­ro siem­pre lo he di­cho: no im­por­ta si no eres la mu­jer más be­lla fí­si­ca­men­te, si tie­nes ac­ti­tud y crees en ti, la gen­te ve­rá eso. Esa es una de las lec­cio­nes más po­de­ro­sas que me de­jan es­tos años en pa­sa­re­la. Apren­dí a ser per­sis­ten­te, a no dejarme afec­tar por los re­cha­zos; apren­dí que la hu­mil­dad es uno de los va­lo­res más im­por­tan­tes de la vi­da; apren­dí a ser pa­cien­te, a tra­ba­jar en un mun­do de mu­je­res her­mo­sas sin sen­tir en­vi­dia del éxi­to de otra. Apren­dí que al igual que otras ca­rre­ras es­ta me­re­ce res­pe­to, de­di­ca­ción y mu­cho co­ra­zón.

“APREN­DÍ A SER PER­SIS­TEN­TE, A NO DEJARME AFEC­TAR POR LOS RE­CHA­ZOS; APREN­DÍ QUE LA HU­MIL­DAD

es uno de los va­lo­res más im­por­tan­tes de la vi­da; apren­dí a ser pa­cien­te, a tra­ba­jar en un mun­do de mu­je­res her­mo­sas sin sen­tir en­vi­dia del éxi­to de otra”.

‒ ¿Qué re­cuer­dos ate­so­ra tras bam­ba­li­nas?

T. M.: Las in­ter­mi­na­bles ho­ras de char­las, ri­sas y lá­gri­mas; las his­to­rias com­par­ti­das de to­das las mo­de­los con quie­nes tu­ve la suer­te de tra­ba­jar. Creo que no hay un me­jor lu­gar pa­ra co­no­cer a al­guien que en las fe­rias; aquí se ex­pe­ri­men­tan mu­chas emo­cio­nes: pa­sas de la eu­fo­ria al abu­rri­mien­to y la frus­tra­ción, y de la ac­ción a te­ner sue­ño, ham­bre, pe­re­za, ra­bia, de­ses­pe­ra­ción, can­san­cio. Aquí co­no­ces di­fe­ren­tes la­dos de la gen­te. Me lle­vo gran­des ami­gas, gran­des te­so­ros.

‒ ¿Se lle­va al­gún sin­sa­bor? T. M.: So­lo gra­ti­tud; im­po­si­ble de­cir lo con­tra­rio..

1.

“No im­por­ta si no eres la mu­jermás be­lla fí­si­ca­men­te, si tie­nes ac­ti­tud y crees en ti, la gen­te ve­rá eso. Esa es una de las lec­cio­nes más po­de­ro­sas que mede­jan es­tos años en pa­sa­re­la”.

2.“No me lle­vo sin­sa­bo­res, so­lola nos­tal­gia de de­cir adiósy ce­rrar es­te ci­clo con mu­choamor”.

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