La vida con Dios es una fiesta

Gente Caribe - - Los Temas Del Padre - POR Pa­dre Alberto Li­ne­ro

Cuan­do a Je­sús los es­cri­bas y fa­ri­seos de la épo­ca le cues­tio­nan por qué se sien­ta a la me­sa con pe­ca­do­res –ex­pre­sión de co­mu­nión con ellos–, Él les cuen­ta tres pa­rá­bo­las de­ján­do­les cla­ro que Él es mi­se­ri­cor­dio­so por­que el Pa­dre Dios es mi­se­ri­cor­dio­so. Es de­cir, de­fi­ne y de­ja cla­ro que Dios es perdón y re­con­ci­lia­ción. Dios no bus­ca con­de­nar y cas­ti­gar al hom­bre sino que bus­ca per­do­nar­lo y ha­cer­lo fe­liz.

Las tres pa­rá­bo­las son co­no­ci­das co­mo las pa­rá­bo­las de la mi­se­ri­cor­dia (Lu­cas 15,1-32) y mues­tran có­mo Dios, siem­pre, es­tá dis­pues­to a per­do­nar al hom­bre que se ale­ja de Él y mal­gas­ta su vida.

La pri­me­ra pa­rá­bo­la es la de la ove­ja per­di­da. Allí se des­ta­ca la ac­ti­tud de pas­tor que tie­ne Dios pa­ra ir a bus­car a la ove­ja per­di­da, sale de sí en bus­ca de aquel al que ama. Pu­die­ra de­cir que esa ‘ove­ja’ se me­re­ce su des­tino y que de­be su­frir las con­se­cuen­cias de ha­ber­se per­di­do en el la­be­rin­to de la vida por no es­tar aten­ta a la guía que Él co­mo pas­tor le ha da­do, pe­ro no lo di­ce sino que va a bus­car­la. Y cuan­do la en­cuen­tra se ale­gra, la to­ma en sus bra­zos, la le­van­ta, la sa­na y la trae de nue­vo al re­dil. Eso es lo que ha­ce Dios con el que se ha per­di­do por no es­cu­char su Pa­la­bra y mar­gi­nar­se de su Vo­lun­tad: sale a bus­car­lo pa­ra traer­lo don­de pue­de ser ple­na­men­te fe­liz. La in­vi­ta­ción es a que te de­jes en­con­trar por Dios.

La se­gun­da pa­rá­bo­la es la de la mo­ne­da per­di­da. Aquí el én­fa­sis es­tá en el va­lor que te­ne­mos pa­ra Dios. So­mos va­lio­sos. Na­da nos qui­ta ese va­lor; ni nues­tros pe­ca­dos y las con­se­cuen­cias del mis­mo. El Pa­dre Dios quie­re en­con­trar­nos por­que nos ama y sa­be cuán­to va­le­mos. Vuel­ve a des­ta­car­se la ale­gría que ex­pe­ri­men­ta Dios al en­con­trar­nos. No hay re­pro­ches, no hay un “te lo di­je”, hay amor, ter­nu­ra y aco­gi­da. La in­vi­ta­ción es a que nun­ca du­des del va­lor que tie­nes.

La ter­ce­ra pa­rá­bo­la es la del Hi­jo Pró­di­go. Aquí el Pa­dre no sale a bus­car al Hi­jo que se ha mar­cha­do a mal­gas­tar la he­ren­cia, que no ha tra­ba­ja­do pe­ro que ha re­ci­bi­do des­de la ge­ne­ro­si­dad del Pa­dre, sino que lo es­pe­ra. El tex­to nos ha­ce pen­sar en que el Pa­dre sa­lía a es­pe­rar­lo. Él sa­bía que el hi­jo vol­ve­ría a bus­car­lo por­que sin Él no pue­de vi­vir fe­liz. La ma­ne­ra co­mo el tex­to re­la­ta ese en­cuen­tro mues­tra a un pa­dre tierno que se con­mue­ve en­te el arre­pen­ti­mien­to del hi­jo y que se ale­gra has­ta or­de­nar una fiesta. Pa­ra que que­de cla­ro que la vida con Dios es una fiesta.

El au­tor del evan­ge­lio de Lu­cas quie­re de­jar cla­ro que la re­la­ción con Dios es ale­gría, go­zo, jú­bi­lo y ple­ni­tud. Na­die pue­de vi­vir la vida sin ga­nas, su­frien­do, que­ján­do­se es­tan­do con el Pa­dre Dios. La fal­ta de ale­gría por la vida pue­de ser un cri­te­rio de dis­cer­ni­mien­to pa­ra sa­ber que no se es­tá con Dios. Hay que sos­pe­char de los que vuel­ven la re­la­ción con Dios una fuen­te de su­fri­mien­to y de­pre­sión. Ese no es el Dios del Nue­vo Tes­ta­men­to.

Hoy te in­vi­to a re­no­var tu re­la­ción con Dios y a vi­vir­la en la ale­gría del amor. No de­jes que las di­fi­cul­ta­des, las crí­ti­cas, los mie­dos, las preo­cu­pa­cio­nes y las frus­tra­cio­nes te qui­ten las ga­nas de son­reír y de dis­fru­tar las ben­di­cio­nes de Dios. De­ja que su po­der te im­pul­se y te ha­ga des­cu­brir que pue­des ven­cer to­do y ser fe­liz.

Te ben­di­go y te ani­mo a se­guir ade­lan­te. GC

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