Aco­gi­da, es­cu­cha y diá­lo­go

Gente Caribe - - Los Temas Del Padre - POR Pa­dre Alberto Li­ne­ro

Za­queo (Lu­cas 19,1-10) es uno de los per­so­na­jes del Nue­vo Tes­ta­men­to que más me cues­tio­na y me in­vi­ta a ser me­jor ser hu­mano. Su de­seo por ver a Jesús, su es­fuer­zo por ven­cer los obs­tácu­los que le im­pe­dían ver­lo (su pe­que­ña es­ta­tu­ra y la gen­te), su dis­po­si­ción a aco­ger­lo en su casa, su de­ci­sión de cam­biar de ac­ti­tud an­te la vi­da y de re­sar­cir a los que ha­bía da­ña­do son real­men­te au­tén­ti­cos desafíos pa­ra cual­quie­ra que quie­ra ser un ver­da­de­ro dis­cí­pu­lo de Jesús.

Hoy qui­sie­ra in­vi­tar­los a re­fle­xio­nar en torno a la pe­da­go­gía de Jesús pa­ra con Za­queo: Aco­ger-es­cu­char-dia­lo­gar. “Y cuan­do Jesús lle­gó a aquel si­tio, al­zan­do la vis­ta, le di­jo: «Za­queo, ba­ja pron­to; por­que con­vie­ne que hoy me que­de yo en tu casa». Se apre­su­ró a ba­jar y le re­ci­bió con ale­gría” (Lu­cas 19,5-6).

Al que todo el mun­do re­cha­za por su pro­ce­der, al que al­gu­nos con­si­de­ran que no es hi­jo de Abraham y sim­ple­men­te lo tra­tan co­mo a un pe­ca­dor, Jesús lo aco­ge. Ahí co­mien­za el mi­la­gro de la trans­for­ma­ción del co­ra­zón de Za­queo. No se pue­de pre­ten­der ge­ne­rar un cam­bio en la vi­da de los otros a pun­ta de re­cha­zo y mal­tra­to. No es a gol­pes co­mo la gen­te cam­bia. No es a fuer­za de epí­te­tos, crí­ti­cas des­tem­pla­das, bur­las y hu­mi­lla­cio­nes co­mo los otros caen en cuen­ta de que al­go es­tán ha­cien­do mal. Eso lo úni­co que ha­ce es sa­tis­fa- cer el ego de quien usa es­te mé­to­do y dis­tan­ciar com­ple­ta­men­te al que es­tá “ac­tuan­do mal”. Do­lo­ro­sa­men­te mu­chos si­guen cre­yen­do que el ca­mino es el del re­cha­zo. Se nos ha ol­vi­da­do que es el amor, la aco­gi­da, la acep­ta­ción y el re­co­no­ci­mien­to lo que per­mi­te que uno se con­cien­ti­ce de lo que no es­tá bien en su ac­tuar y to­me de­ci­sio­nes de cam­bio. Jesús nos aco­ge tal cual so­mos. No bus­ca des­pe­lle­jar­nos con sá­ti­ras y re­bus­ca­das ex­pre­sio­nes de re­cha­zo. Él quie­re que sea­mos me­jo­res, y pa­ra ello nos aco­ge. Nos ofre­ce una amis­tad, una re­la­ción sin­ce­ra y sen­ci­lla.

To­dos los que es­tán al­re­de­dor de Jesús y Za­queo tie­nen cla­ro que a es­te úl­ti­mo no hay que acep­tar­lo cer­ca, que no se pue­de ha­cer co­mu­nión con él, que hay que tra­tar­lo co­mo a un mar­gi­na­do: “Al ver­lo, to­dos mur­mu­ra­ban di­cien­do: ‘Ha ido a hos­pe­dar­se a casa de un hom­bre pe­ca­dor” (Lu­cas 19,7). Por lo mis­mo no hay que es­cu­char­le na­da de lo que di­ce. Sus pa­la­bras no son es­cu­cha­das sino des­ca­li­fi­ca­das, se­gu­ro no son más que jus­ti­fi­ca­cio­nes. Jesús es­cu­cha a Za­queo, sa­be que to­dos te­ne­mos al­go qué de­cir y que en lo más pro­fun­do de nues­tro co­ra­zón hay ra­zo­nes/emo­cio­nes que tie­nen que ser ex­pre­sa­das a al­guien, que lo acep­te co­mo un in­ter­lo­cu­tor vá­li­do. Na­die es ma­lo por­que es ma­lo. To­dos te­ne­mos si­tua­cio­nes, com­ple­jos, he­ri­das, mie­dos y ra­zo­nes que nos im­pul­san a creer que lo que ha­ce­mos es lo me­jor. Ten­ga­mos cla­ro que na­die es­co­ge en­tre lo ma­lo y lo bueno, sino en­tre lo bueno y lo me­jor. Quien es­co­ge el mal de al­gu­na ma­ne­ra –per­tur­ba­da, equi­vo­ca­da, in­jus­ti­fi­ca­da, etc.– cree que es­tá ha­cien­do lo me­jor. Por eso to­dos ne­ce­si­ta­mos ser es­cu­cha­dos, to­ma­dos en se­rio. Ahí es­tá el se­gun­do pa­so pa­ra cual­quier cam­bio: sa­ber que le in­tere­so, sin­ce­ra y real­men­te, a al­guien. Sí, que al­guien po­sa sus ojos en mí no pa­ra cri­ti­car­me y da­ñar­me sino pa­ra mos­trar­me que soy va­lio­so a pe­sar de lo que ha­go.

Lue­go, el diá­lo­go. Jesús se sien­ta a la me­sa con Za­queo. ¿De qué ha­bla­ron? No lo sa­be­mos, pe­ro sí sa­be­mos que al­go cam­bió en el co­ra­zón de es­te pu­bli­cano que le ha­ce cam­biar su vi­sión an­te la vi­da y su re­la­ción con los her­ma­nos. Qué bueno dia­lo­gar. Qué bueno po­der com­par­tir con el otro en paz, con sa­bi­du­ría, sin creer­se el due­ño de la ver­dad, sin mal­de­cir al otro, sin que­rer­le dar cá­te­dra de có­mo tie­ne que vi­vir. Po­de­mos sen­tar­nos en torno a la me­sa y dia­lo­gar, de­jar que el co­ra­zón mues­tre el al­ma de las pa­la­bras o que las pa­la­bras de­ve­len lo que hay en el co­ra­zón. Eso sa­na y li­be­ra. Lás­ti­ma que lo que más abun­de es la in­ten­ción de en­se­ñar al otro có­mo tie­ne que vi­vir –que nor­mal­men­te es la ma­ne­ra co­mo yo vi­vo– y tra­tar de im­po­ner­le mi pa­re­cer. Lo que cam­bia a las per­so­nas no es la can­ta­le­ta, ni el jui­cio destructor, ni el de­do ín­di­ce del per­fec­to que se­ña­la sino la aper­tu­ra y el amor. El pa­pa Fran­cis­co lo de­cía así: “El fu­tu­ro es­tá ba­sa­do en una con­vi­ven­cia res­pe­tuo­sa en la di­ver­si­dad y no si­len­cian­do a las re­li­gio­nes. Res­pe­to y amis­tad, sin aban­do­nar las pro­pias ideas”. GC

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