¡Que no se aca­be el Car­na­val!

Gente Caribe - - Índice - POR Pa­dre Al­ber­to Li­ne­ro @Pli­ne­ro www.el­ma­nes­ta­vi­vo.com www. jai.com.co

Ver­se al es­pe­jo y po­der­le dar gra­cias al Dios de la vi­da lo que so­mos, es fun­da­men­tal pa­ra ser fe­li­ces. Nos han he­cho creer que te­ne­mos que vi­vir pa­ra agra­dar a los de­más, que la fe­li­ci­dad de­pen­de de la apro­ba­ción que re­ci­bi­mos de aque­llos con los que com­par­ti­mos la his­to­ria. Es­to nos ha lle­va­do a te­ner unas vi­das pres­ta­das. Son mu­chos los que no ex­pre­san lo que son, no se de­jan lle­var por las fuer­zas in­te­rio­res que los de­fi­nen, no ma­ni­fies­tan las ideas cla­ras y dis­tin­tas que di­se­ñan su for­ma de pen­sar. Son per­so­nas que usan más­ca­ras, que tie­nen po­ses pa­ra re­ci­bir elo­gios y creen que la úni­ca po­si­bi­li­dad de sentirse sa­tis­fe­chos con la vi­da es re­ci­bir ad­mi­ra­ción de los de­más. Les da mie­do que los mi­ren co­mo “bi­chos ra­ros” y quie­ren siem­pre ac­tuar de la ma­ne­ra co­rrec­ta, aun­que es­to im­pli­que cer­ce­nar ras­gos de su esen­cia.

Es­to ha­ce que vi­vía­mos en una so­cie­dad de do­ble mo­ral, don­de oí­mos dis­cur­sos que no cree­mos, nos sa­lu­da­mos sin es­cu­char la res­pues­ta del otro, nos son­reí­mos co­mo si siem­pre se es­tu­vie­ra trans­mi­tien­do por Ins­ta­gram, ha­ce­mos pho­tos­hop a to­das nues­tras imá­ge­nes por­que no po­de­mos mos­trar co­mo es­ta­mos sino có­mo an­he­la­mos ser, fir­ma­mos con­tra­tos de no-ver­dad pa­ra de­cir­nos los pi­ro­pos que sa­be­mos no di­cen la reali­dad, nos lle­na­mos de co­sas ma­te­ria­les pa­ra tra­tar de ver có­mo lle­na­mos el va­cío del co­ra­zón, pen­sa­mos que lo úni­co im­por­tan­te es ex­hi­bir­nos pa­ra que los vo­yeu­ris­tas de turno pue­dan ver­nos. Y to­do, ca­da vez más, nos ha­ce más ri­cos, más pro­duc­ti­vos y, has­ta, más fa­mo­sos, pe­ro me­nos fe­li­ces.

Creo que la cla­ve de la fe­li­ci­dad es­tá en ser uno mis­mo. En co­no­cer­se ca­da vez más, acep­tar­se tal cual se es y amar­se con fuer­za y de­ci­sión. Sien­do due­ño de sí mis­mo y te­nien­do un plan de me­jo­ra­mien­to per­so­nal que nos lle­ve a dar la me­jor ver­sión de no­so­tros mis­mos. Se­gu­ro hay lu­ga­res en los que no ca­bes y no tie­nes por­qué ir, se­gu­ro hay per­so­nas con las que nos pue­des ha- blar –son de un ma­yor es­tra­to que tú–, se­gu­ro hay al­gu­nos que les mo­les­ta tu for­ma de ha­blar y de ser, y eso lo tie­nes que acep­tar por­que se­gu­ro tam­bién hay gen­te que te ama y te va­lo­ra tal cual eres y te quie­re ver fe­liz; con es­tos va­le la pe­na com­par­tir y ser so­li­da­rio. Los otros pue­den se­guir su vi­da y ser fe­li­ces des­de sus op­cio­nes.

La fies­ta del car­na­val es una bue­na me­tá­fo­ra del mun­do mo­derno. Aun­que la ma­yo­ría cree que es­ta es una ce­le­bra­ción en la que las per­so­nas se dis­fra­zan, yo creo lo con­tra­rio. Creo que es la fies­ta en la que la gran par­te de las per­so­nas se qui­tan los ha­bi­tua­les dis­fra­ces. Sí, los doc­to­res pa­re­cen se­res or­di­na­rios, los co­rrec­tos has­ta vul­ga­ri- da­des di­cen, los hie­rá­ti­cos no pue­den es­cu­char el rá­pi­do so­ni­do del ma­pa­lé por­que se “so­yan” a bai­lar. Hay trans­for­ma­cio­nes que que­dan es­con­di­das en los dis­fra­ces que mues­tran lo que real­men­te son. Eso sí, cuan­do pa­sen las fies­tas car­nes­to­len­das se vol­ve­rán a dis­fra­zar de bue­nos, co­rrec­tos, edu­ca­dos y vol­ve­rán al re­ba­ño que la mo­da ha for­ja­do. Cla­ro que lo más do­lo­ro­so son los que son ale­gres so­lo por es­tos días y que al mo­rir Jo­se­li­to, vuel­ven a sus tris­te­zas de siem­pre. GC

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