Así des­cri­be Vi­da

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“Qui­zás es­tas fo­tos lo­gren ex­pli­car lo que vi­ví, lo que so­ñé y lo que pro­ba­ble­men­te llo­ré”.

La ex­po­si­ción, com­pues­ta por diez fo­to­gra­fías, es­tá acom­pa­ña­da por es­te tex­to, que ce­le­bra la be­lle­za y los ha­llaz­gos in­te­rio­res de Pe­dro San­tos.

“Sin pre­ten­sión al­gu­na, pue­do de­cir que hay mo­men­tos en los cua­les la cá­ma­ra decide ha­blar por mí. Es co­mo si má­gi­ca­men­te em­pe­za­ra a to­mar for­ma y me re­du­je­ra a al­go sin vo­lun­tad, do­ble­ga­do al mo­men­to que es­toy vi­vien­do: em­pie­za a bai­lar con el su­je­to y crea un uni­ver­so que an­tes no ha­bría si­do po­si­ble per­ci­bir.

No sé si hay al­gu­na ma­ne­ra ló­gi­ca que ex­pli­que esa sen­sa­ción que me en­tra por to­do el cuer­po ca­da vez que lo ex­pe­ri­men­to. Me lo he pre­gun­ta­do mu­cho. Qui­zás lo re­la­ciono con la po­si­bi­li­dad de na­rrar lo que siem­pre ha si­do mi ma­yor enig­ma: mi in­te­rior. Uno lleno de in­fi­ni­tas po­si­bi­li­da­des y erro­res, pe­ro pleno de cu­rio­si­dad por aque­llo que me mue­ve y me per­mi­te ser. Eso por lo que to­dos vi­vi­mos, por lo que pe­lea­mos y lo que nos ge­ne­ra tan­ta an­gus­tia. A ve­ces mis ma­yo­res de­mo­nios se vuelven mis me­jo­res ami­gos. Y no es en vano la an­sie­dad que me pro­du­ce vi­vir, des­de que ten­go me­mo­ria. Eso me ha he­cho sen­si­ble a to­do cuan­to hay a mi al­re­de­dor. Ha he­cho que me cues­tio­ne, pe­ro tam­bién que in­ten­te ad­mi­rar la be­lle­za de aque­llo que ja­más voy a en­ten­der en su to­ta­li­dad. Aque­llo que se com­po­ne de ins­tan­tes en los que las fi­gu­ras, el co­lor, el mis­mo olor o la com­pli­ci­dad hu­ma­na se unen pa­ra crear al­go tan sim­ple de sen­tir, pe­ro im­po­si­ble de na­rrar.

¿Có­mo ex­pli­car que dis­fru­to cuan­do me es­toy hun­dien­do? ¿Có­mo en­ten­der que ca­da vez que cie­rro los ojos y ex­pe­ri­men­to un va­cío, los abro y

más vi­vo me sien­to? Ca­da vez que mi al­ma se llena de tris­te­za, más fá­cil me que­da co­nec­tar­me con un sim­ple atar­de­cer o el olor de las flo­res a pun­to de mar­chi­tar­se. Es co­mo si mi cuer­po y mi al­ma en­con­tra­sen un ba­lan­ce per­fec­to pa­ra bai­lar. Es el yin y el yang, en per­fec­ta sin­to­nía, re­cor­dán­do­me que sin el uno, el otro no pue­de vi­vir. Que pa­ra en­con­trar ar­mo­nía ne­ce­si­to una tor­men­ta en el al­ma que me ha­ga apre­ciar la cal­ma que exis­te en un ár­bol a las seis de la tar­de. An­tes no, des­pués tam­po­co. Por­que es en ese se­gun­do exac­to cuan­do mi al­ma va a en­ten­der que no es el ob­je­to so­lo, sino su re­la­ción con la luz y la os­cu­ri­dad. Es el mo­men­to en el que am­bos, en sin­to­nía, de­ci­den mos­trar­me el uni­ver­so en­te­ro den­tro de su sen­ci­llez.

¿Có­mo pue­do ex­pli­car que aque­llo que me ator­men­ta es lo que me ha­ce sen­tir vi­vo? ¿Có­mo ex­pli­car­le al mun­do que ne­ce­si­to que me de­jen gri­tar en llan­to, pues de otra for­ma qui­zá no en­con­tra­ría cal­ma en un agua­ce­ro? Com­ple­jo, ca­si im­po­si­ble, po­ner en pa­la­bras aque­llo que me acom­pa­ña en mi día a día y que tan im­por­tan­te es pa­ra mi vi­da. Qui­zás es­tas fo­tos lo­gren ex­pli­car lo que vi­ví, lo que so­ñé y lo que pro­ba­ble­men­te llo­ré. Oja­lá se vuel­van frag­men­tos fí­si­cos de aque­llos ins­tan­tes de paz e in­fi­ni­ta quie­tud en mi al­ma, en mi ser. En mi ar­te no hay más que eso: mi ser. Mi tor­men­to­so pe­ro va­lio­so ser”.

“Ya no me afec­ta lo que pien­sen de mí. Ha­go lo que me gus­ta, sin afa­nes y, so­bre to­do, con una gran fe­li­ci­dad”.

Vi­da fue se­lec­cio­na­da en­tre 192 pro­pues­tas por los cu­ra­do­res Phi­lip­pa Adams, Ca­ri­dad Bo­te­lla y Ch­ris­top­her Pas­chall.

Es­ta es su mu­li­ta uni­cor­nio. “En­tre lo su­rreal y lo co­ti­diano. Así me sen­tí en el Ne­va­do del Ruiz y en Manizales”.

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