Catalina Or­te­ga: “So­mos más que un em­pa­que”

La O (Cúcuta) - - CONTENT -

Mie­do. Esa sen­sa­ción he­ló la piel de Catalina Or­te­ga cuan­do fue diag­nos­ti­ca­da en mar­zo del 2017, con alo­pe­cia area­ta uni­ver­sal, una en­fer­me­dad au­to­in­mu­ne que le pro­du­jo la pér­di­da to­tal del fo­lícu­lo ca­pi­lar en to­do su cuer­po.

El mie­do no le per­mi­tía mos­trar­se tal y co­mo era. Ocul­ta­ba la cal­vi­cie ba­jo una pe­lu­ca cas­ta­ña. Pe­ro en no­viem­bre del 2018, re­na­ció. Mi­ró su ca­be­za rapada en el es­pe­jo y arro­pó su nue­va apa­rien­cia con amor. Sa­lió de ca­sa.

Catalina sol­tó las ama­rras por­que en­ten­dió que el mie­do nun­ca iba a des­apa­re­cer y que era ella la que te­nía el po­der de go­ber­nar­lo. Esa tar­de sus ami­gas la vie­ron cal­va por pri­me­ra vez y la elo­gia­ron.

“Des­de ese día me sien­to li­bre y au­tén­ti­ca. Me sien­to yo”, con­fe­só la cu­cu­te­ña, ca­sa­da y ma­dre de Ig­na­cio, de dos años, quien ha si­do el pi­lar de to­da es­ta trans­for­ma­ción.

Ig­na­cio le en­se­ñó que el amor va más allá de la apa­rien­cia. A ca­da ra­to le lle­na de be­sos la ca­be­za o co­mo él la lla­ma “toc”. “Sus abra­zos son to­car­me la ca­be­za y dar­le mu­chos be­sos”.

Ac­tual­men­te, Catalina es ma­dre a tiem­po com­ple­to. Vino de for­ma tem­po­ral a Cú­cu­ta pa­ra vi­si­tar a sus pa­dres Jorge Luis Or­te­ga y Mer­ce­des Mu­ñoz. Es­pe­ra a fi­na­les de es­te mes, re­en­con­trar­se con su es­po­so en Sui­za. La jo­ven, de 32 años, con­ver­só con La Ó so­bre su con­di­ción:

¿Có­mo vi­vió ese día que sa­lió sin pe­lu­ca?

Fue en no­viem­bre del 2018 e iba a co­mer con mis ami­gas. Iba muy asus­ta­da. In­clu­so pre­fe­rí ir­me so­la en el ca­so de que me arre­pin­tie­ra. Pe­ro fue to­do lo con­tra­rio, la reac­ción de ellas fue tan emo­ti­va, alen­ta­do­ra y ale­gre que se me ol­vi­dó que no te­nía ca­be­llo y lo lla­ma­mos el día ‘0’ en el pro­ce­so.

Des­de ese día ‘0’ has­ta aho­ra ¿tie­ne al­gu­nas anéc­do­tas?

Sí, mu­chas que me han for­ta­le­ci­do. La más re­cien­te fue en un su­per­mer­ca­do. Un hom­bre se me acer­có y me di­jo: ¿Te ra­pas­te la ca­be­za o per­dis­te el ca­be­llo? le con­tes­té que lo per­dí. Me res­pon­dió: “Qué lin­do look, te ves muy bien”. En otra oca­sión, una per­so­na de ca­lle se acer­có al ca­rro, me son­rió y le­van­tó su pul­gar co­mo di­cién­do­me que to­do es­ta­ba ge­nial.

¿Qué sim­bo­lo­gía to­ma el ca­be­llo en pa­cien­tes con su con­di­ción?

La sim­bo­lo­gía del ca­be­llo va­ría de acuer­do a las cul­tu­ras. La nues­tra sim­bo­li­za fe­mi­ni­dad, por eso las per­so­nas que te­ne­mos es­ta con­di­ción so­mos las lla­ma­das a am­pliar y cam­biar ese sig­ni­fi­ca­do, acep­tán­do­nos y ha­cién­do­les ver a los de­más que so­lo es eso, un sím­bo­lo y que nues­tra fe­mi­ni­dad es­tá en nues­tro ser y en nues­tro ac­tuar.

¿Có­mo con­ci­be la be­lle­za?

La con­ci­bo des­de el alma. Creo en la be­lle­za di­ver­sa, pu­ra y real. Aho­ra me mi­ro al es­pe­jo y veo co­sas a las que ja­más le pres­té aten­ción. Ten­go un tor­so y un cue­llo bo­ni­to.

Des­pués de to­do es­te pro­ce­so ¿qué qui­sie­ra en­se­ñar­le a su hi­jo Ig­na­cio?

Él ha si­do el gran pi­lar en es­te pro­ce­so y quie­ro en­se­ñar­le que to­dos so­mos más que un em­pa­que, que ser di­fe­ren­te no de­be ser ex­clu­yen­te, que la be­lle­za del mun­do es­tá en la di­ver­si­dad y que no hay que cum­plir nin­gún ti­po de ex­pec­ta­ti­vas, so­lo de­be­mos acep­tar­nos co­mo so­mos y bus­car nues­tra fe­li­ci­dad.

¿Cuál ha si­do el rol de su fa­mi­lia en es­te ca­mino?

Un va­lio­so so­por­te. Y no so­lo ellos, tam­bién ami­gas, es­pe­cia­lis­tas y per­so­nas que pa­de­cen es­ta mis­ma con­di­ción han si­do fun­da­men­ta­les. Co­mo to­do, tie­ne sus al­tas y sus ba­jas por lo que es tan im­por­tan­te el apo­yo emo­cio­nal y es­pi­ri­tual.

En su red so­cial usa el le­ma #Al­pe­lo ¿qué sig­ni­fi­ca?

Qui­se ju­gar con la con­fir­ma­ción de que uno pue­de ser fe­liz sin te­ner ca­be­llo. De ni­ños usá­ba­mos esa ex­pre­sión pa­ra de­cir que to­do es­ta­ba ge­nial y me en­can­tó vol­ver­la a usar.

¿Có­mo afron­ta el mie­do?

Más que ven­cer el mie­do, es avan­zar con el mie­do. El mie­do ha­ce par­te de nues­tras vi­das y de nues­tro ego. De­pen­de­rá de no­so­tros que es­te nos go­bier­ne o ser no­so­tros quie­nes lo go­ber­na­mos. Por eso des­de ha­ce unos me­ses for­mé un gru­po de apo­yo con otras tres co­le­gas de cau­sa (co­mo se sue­len lla­mar) pa­ra de­rri­bar ta­búes en torno a la alo­pe­cia.

¿Có­mo quie­re ser re­cor­da­da?

Co­mo una per­so­na va­lien­te, ale­gre y son­rien­te, que asu­mió es­te re­to que me dio la vi­da. Quie­ro que me re­cuer­den co­mo una per­so­na que en­ten­dió la di­ver­si­dad y que des­pués de un tiem­po se so­bre­pu­so de una ma­ne­ra amo­ro­sa y tran­qui­la.

¿En qué mo­men­to ini­cian los sín­to­mas de la en­fer­me­dad?

En fe­bre­ro del 2017, a po­cos me­ses de dar a luz. Fui a la pe­lu­que­ría el día del bau­ti­zo de Ig­na­cio y el es­ti­lis­ta me di­jo que te­nía al­gu­nas ‘mo­ne­di­tas’ (pér­di­da de ca­be­llo en círcu­lo) en la ca­be­za. Pen­sá­ba­mos que era nor­mal por los cam­bios hor­mo­na­les y la lac­tan­cia. Lue­go me hi­ce un tra­ta­mien­to na­tu­ral y al la­var­me, se vino una bo­la de pe­lo más gran­de. Así fui per­dien­do ca­be­llo su­ce­si­va­men­te y los de­ja­ba en to­dos la­dos: en el pi­so blan­co de la ca­sa, en la al­moha­da, en la du­cha.

Cuan­do asis­te al mé­di­co ¿cuál fue el diag­nós­ti­co? ¿Qué sa­bía us­ted de la alo­pe­cia?

A fi­na­les de mar­zo, fui diag­nos­ti­ca­da con alo­pe­cia area­ta uni­ver­sal. De la alo­pe­cia area­ta sa­bía que co­men­za­ba con la pér­di­da del ca­be­llo y que es­ta­ba re­la­cio­na­da con el es­trés y que era tem­po­ral.

¿Có­mo fue el tra­ta­mien­to?

Co­men­za­mos con vi­ta­mi­nas y es­te­roi­des. Lue­go, tra­ta­mien­tos na­tu­ra­les y no in­va­si­vos, ya que es­ta­ba lac­tan­do. Me­ses des­pués ini­cié en Sui­za (país en el que re­si­de) un tra­ta­mien­to de me­di­ci­na tra­di­cio­nal con in­mu­no­su­pre­so­res pa­ra es­ti­mu­lar el fo­lícu­lo.

¿Le fun­cio­nó al­guno?

No, nin­guno fun­cio­nó. Pe­ro si­go in­ten­tan­do. Pron­to co­men­za­ré un ter­cer tra­ta­mien­to.

En ma­yo del 2017. Me rapé por­que uno guar­da la es­pe­ran­za de que el pe­lo vol­ve­rá a sa­lir, así co­mo cuan­do po­das una plan­ta, por­que es la ley de la vi­da.

¿Aún guar­da esa es­pe­ran­za?

Sí. Aún no des­car­to la po­si­bi­li­dad de una me­jo­ría.

¿En qué mo­men­to de­ci­dió ra­par­se?

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