Poe­mas de Vi­cen­te Ger­ba­si

Vi­cen­te Ger­ba­si (na­ci­do en Ca­noa­bo, Ca­ra­bo­bo, el 2 de ju­nio de 1913, Ca­ra­cas, Ve­ne­zue­la, 28 de di­ciem­bre de 1992), bri­llan­te escritor, poe­ta, po­lí­ti­co y di­plo­má­ti­co ve­ne­zo­lano. Agre­ga­do cul­tu­ral en la em­ba­ja­da ve­ne­zo­la­na en Bo­go­tá, Cón­sul y con­se­je­ro de V

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Bos­que de mú­si­ca

Mi ser flu­ye en tu mú­si­ca, bos­que dor­mi­do en el tiem­po, ren­di­do a la nos­tal­gia de los lagos del cielo. ¿có­mo ol­vi­dar que soy ocul­ta me­lo­día y tu adus­ta pe­num­bra voz de los mis­te­rios? He in­te­rro­ga­do los ai­res que be­san la sombra, he oí­do en el si­len­cio tris­tes fuen­tes per­di­das, y to­do ele­va mis sue­ños a mú­si­cas ce­les­tes. Voy con las pri­ma­ve­ras que te vi­si­tan de no­che, que dan vi­da a las flo­res en tus som­bras azu­les y me re­ve­lan el va­go su­frir de tus secretos. Tu so­por de lu­ciér­na­gas es len­ta as­tro­no­mía que gi­ra en mi su­su­rro de fo­lla­je en el vien­to y alas da a los sus­pi­ros de las al­mas que es­con­des. ¿Mu­rió aquí el ca­za­dor, al pie de las or­quí­deas, el ca­za­dor nos­tál­gi­co por tu ma­gia em­bria­ga­do? Oh, bos­que: tú que sa­bes vi­vir de so­le­da­des ¿adón­de va en la no­che el hon­do sus­pi­rar?

En el fon­do fo­res­tal del día

El ac­to sim­ple de la ara­ña que te­je una es­tre­lla en la pe­num­bra, el pa­so elás­ti­co del gato ha­cia la ma­ri­po­sa, la mano que res­ba­la por la es­pal­da ti­bia del ca­ba­llo, el olor si­de­ral de la flor del ca­fé, el sa­bor azul de la vai­ni­lla, me de­tie­nen en el fon­do del día. Hay un res­plan­dor cón­ca­vo de he­le­chos, una re­so­nan­cia de in­sec­tos, una pre­sen­cia cam­bian­te del agua en los rin­co­nes pé­treos. Reconozco aquí mi edad he­cha de so­ni­dos sil­ves­tres, de lum­bre de orquídea, de cá­li­do es­pa­cio fo­res­tal, don­de el pá­ja­ro car­pin­te­ro ha­ce so­nar el tiem­po. Aquí el atar­de­cer in­ven­ta una ro­ja pedrería, una cons­te­la­ción de lu­ciér­na­gas, una caí­da de ho­jas lú­ci­das ha­cia los sen­ti­dos, ha­cia el fon­do del día, don­de se en­can­tan mis hue­sos agres­tes.

Ama­ne­cer

Sien­to lle­gar el día co­mo un ru­mor de ani­ma­les, a la ori­lla del pan­tano, de la fie­bre, del jun­co, más allá, en­tre las co­li­nas de vien­to os­cu­ro, don­de la luz se le­van­ta con des­ga­rra­das ban­de­ras, co­mo res­plan­dor le­jano de una mon­ta­ña de cuar­zo. He aquí la sombra en torno a mi exis­ten­cia, el búho, el río que arras­tra oro, la ser­pien­te de co­ral, el es­que­le­to del ex­plo­ra­dor, el fan­go de mis pies. La no­che ha que­ma­do el maíz, ha apa­ga­do los me­ta­les, ha da­do re­po­so a la ador­mi­de­ra, ha re­fres­ca­do la san­gre, ha li­ber­ta­do los re­fle­jos azu­les de la sel­va, de la ho­ja. Una re­so­nan­cia, una re­so­nan­cia os­cu­ra es mi co­ra­zón: eco en el abis­mo, pie­dra que rue­da por el mon­te, bri­llo en la puer­ta de la cue­va, fos­fo­res­cen­cia del hue­so. En la in­fan­cia, al pie del ar­co iris o del re­lám­pa­go, jun­to al ca­bri­to que sal­ta­ba en torno a la ma­dre, ju­ga­ba con un pe­que­ño ti­gre de cá­li­da voz ron­ca, de sua­ve pe­lam­bre es­tre­lla­da, co­mo un signo del zo­día­co, de ra­bia len­ta y ten­sa, co­mo el des­per­tar de la fu­ria. Aho­ra sien­to en el ai­re lím­pi­do del bam­bú y el he­le­cho, sur­gir las for­mas de las don­ce­llas, ba­jo la fron­da, en la sel­va de ár­bo­les aro­má­ti­cos, co­ro­na­das de or­quí­deas des­cen­dien­do al río, a la cas­ca­da de trans­pa­ren­te cur­va, que re­sue­na en sus dia­man­tes co­mo una le­yen­da. For­mas de la gra­cia, sus per­fi­les aban­do­nan sus me­le­nas a la bri­sa; for­mas de la vi­da y de la muer­te, sus se­nos tiem­blan en las pe­num­bras de los jun­cos; for­mas del os­cu­ro de­li­rio, sus mus­los se sua­vi­zan co­mo una fru­ta par­ti­da; for­mas del tiem­po hu­mano, sus pies ha­cen tem­blar las flo­res sil­ves­tres. Co­mo el ve­na­do tras de su com­pa­ñe­ra en la co­li­na, per­si­go a una jo­ven dio­sa des­nu­da, ba­jo el sol. Vie­ne el olor agrio de los ár­bo­les des­tro­za­dos por la ira de la no­che; vie­ne el olor de la san­gre, del ani­mal de­vo­ra­do, el olor de los mi­ne­ra­les, el olor del río en­tre las raí­ces y las fle­xi­bles lia­nas. El día de­rra­ma su trans­pa­ren­te ma­ra­vi­lla, co­mo un vue­lo, co­mo el co­lor in­nu­me­ra­ble, co­mo la cri­sá­li­da de her­mé­ti­cos des­te­llos, co­mo el in­sec­to pla­tea­do, co­mo el he­chi­zo en las for­mas re­lu­cien­tes, co­mo el vue­lo de ma­ri­po­sas que sa­len de una gru­ta in­cen­dia­da y co­mien­zan a tem­blar en el ar­dien­te cris­tal. Acer­co mis la­bios al cla­ro ma­nan­tial de ín­ti­ma mú­si­ca, jun­to a la sar­di­na y a la pie­dra lim­pia y pu­li­da co­mo una jo­ya; mien­tras la nu­be pa­sa y el ave sa­le de su ni­do, y la ser­pien­te mues­tra su len­gua mal­di­ta, y se en­ros­ca, y es­pe­ra o avan­za por la es­pal­da su­do­ro­sa del día. Me hun­do en las pal­pi­ta­cio­nes re­ver­be­ran­tes, en las on­das, en el tem­blor di­vino, don­de se abre la ro­sa de mon­ta­ña, en los bri­llos fu­ga­ces, en la ima­gen in­son­da­ble de Dios, que ha crea­do los cie­los y la tie­rra, con es­ta geo­gra­fía de fue­go, y ha da­do a mi co­ra­zón la for­ma del día y de la no­che, mien­tras oi­go co­rrer los ani­ma­les, per­si­guién­do­se, amán­do­se, de­vo­rán­do­se, en­san­gren­tan­do las yer­bas, las flo­res y las pe­ñas. Soy el día, y el vien­to le­van­ta sus ra­ma­jes en mi al­ma.

Es­cri­tos en la pie­dra

En el va­lle que ro­dean mon­ta­ñas de la in­fan­cia en­con­tra­mos es­cri­tos en la pie­dra, ser­pien­tes cin­ce­la­das, as­tros, en un ve­rano de ne­gras ter­mi­te­ras. En el si­len­cio del tiem­po vue­lan los ga­vi­la­nes, cantan ci­ga­rras de tris­te­za co­mo en una apar­ta­da tar­de de do­min­go. Con el ve­rano se des­nu­dan los ár­bo­les, se se­ca la tie­rra con sus ca­la­ba­zas. Pe­ro vol­ve­rán las llu­vias y de nuevo na­ce­rán las ho­jas y los pe­que­ños gri­llos de las pra­de­ras ba­jo el so­plo de una mis­te­rio­sa nos­tal­gia del mun­do. Y así pa­ra siem­pre en torno a es­tos es­cri­tos en la pie­dra, que re­cuer­dan una ra­za an­ti­gua y tal vez ha­blan de Dios.

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