Sus­pi­ros

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Si fue­ra poe­ta y pu­die­se fi­jar el re­vo­le­teo de las ideas en ri­mas bri­llan­tes y ági­les co­mo una ban­da­da de ma­ri­po­sas blan­cas de pri­ma­ve­ra con al le­res su­ti­les de oro; si pu­die­ra cris­ta­li­zar los sue­ños en ra­ras es­tro­fas, ha­ría un ma­ra­vi­llo­so poe­ma en que ha­bla­ra de los sus­pi­ros, de ese ai­re que vuel­ve al ai­re, lle­ván­do­se con­si­go al­go de las es­pe­ran­zas, de los can­san­cios y de las me­lan­co­lías de los hom­bres.

Y pa­ra huir de los sus­pi­ros de con­ven­ción, de las ro­man­zas sen­ti­men­ta­les, lle­nas de lu­na de pa­co­ti­lla y de rui­se­ño­res tri­via­les, ha­bla­ría de los sus­pi­ros an­gus­tio­sos que otan en el ai­re es­pe­so e im­preg­na­do de olor de áci­do fé­ni­co, en la luz do­ra­da de los ci­rios, en­tre el aro­ma va­go de las ores mor­tuo­rias, cer­ca de aque­llos cu­yos ojos, ce­rra­dos pa­ra siem­pre, guar­dan las hue­llas vio­lá­ceas de los úl­ti­mos in­som­nios, y cu­yos la­bios se aja­ron con el frío de la muer­te...

¡Ah, no! Ese sus­pi­ro se­ría de­ma­sia­do tris­te pa­ra ha­blar de él; su re­cuer­do ha­ría nu­blar­se los ojos nue­vos de las lectoras, los ojos os­cu­ros unas ve­ces co­mo no­ches de in­vierno, azu­les y cla­ros otras, co­mo el agua de los lagos quie­tos.

Pa­ra que no se nu- bla­ran, ha­bla­ría del sus­pi­ro de vo­lup­tuo­si­dad y de can­san­cio que ota en el ai­re ti­bio de una sa­la de bai­le, ilu­mi­na­da co­mo el día, re eja­da por es­pe­jos ve­ne­cia­nos; del sus­pi­ro de una mu­jer her­mo­sa y jo­ven agi­ta­da por el vals, cu­ya piel de du­razno se son­ro­sa, y cu­yos de­dos de ha­da es­tre­chan fe­bril­men­te el aba­ni­co de plumas exi­bles que le be­san la fal­da; del sus­pi­ro sen­sual y va­go que se pier­de en­tre las blan­cu­ras ro­sa­das en el ai­re don­de pal­pi­ta el iris de los dia­man­tes, don­de la luz se quie­bra en el ai­re de los ru­bíes, en el azul mis­te­rio­so de los za ros, en el ai­re que arras­tra ten­ta­cio­nes de ter­nu­ras y de be­sos... ¡Ah, no! Ese sus­pi­ro se­ría de­ma­sia­do dul­ce pa­ra ha­blar de él; su re­cuer­do ha­ría arru­gar­se la fren­te can­sa­da, y blan­quea­ría las ca­nas de los ló­so­fos, por cu­yas ve­nas no co­rre, en olea­da ar­dien­te, la san­gre de la ju­ven­tud. Pa­ra que pu­die­ran leer­me, ha­bla­ría más bien del sus­pi­ro de can­san­cio de un vie­jo, de un sus­pi­ro oí­do una tar­de de oto­ño, en el ca­mino que va del pue­blo al ce­men­te­rio, un ca­mino don­de ro­da­ba la ho­ja­ras­ca em­pu­ja­da por el vien­to, don­de un hi­lo de agua de­ja­ba oír su que­ja mo­nó­to­na, don­de los ár­bo­les, en­vuel­tos en nie­bla, to­ma­ban ex­tra­ños as­pec­tos, y en cu­yo ho­ri­zon­te en­tre las nu­bes frías y hú­me­das, se po­nía el sol. ¡Oh! Aquel sus­pi­ro pa­re­cía sa­lir, más que de un pe­cho hu­mano, can­sa­do de la vi­da, del pai­sa­je mis­mo, del ce­men­te­rio don­de duer­men los hue­sos ba­jo la yer­ba, de la ve­ge­ta­ción que­ma­da por el frío, de las os­cu­ri­da­des va­gas del ho­ri­zon­te; pa­re­cía ser una que­ja de la na­tu­ra­le­za de­seo­sa de dor­mir en de ni­ti­vo des­can­so, fa­ti­ga­da de su ta­rea eter­na, de la su­ce­sión in ni­ta de los ve­ra­nos y de los in­vier­nos, de la luz y de la sombra...

¡Si fue­ra poe­ta y pu­die­se jar el re­vo­lo­teo de las ideas en ri­mas bri­llan­tes y ági­les co­mo una ban­da­da de ma­ri­po­sas blan­cas de pri­ma­ve­ra con cla­vos su­ti­les de oro; si pu­die­ra cris­ta­li­zar los sue­ños; si pu­die­ra en­ce­rrar las ideas, co­mo per­fu­mes, en es­tro­fas cin­ce­la­das, ha­ría un ma­ra­vi­llo­so poe­ma en que ha­bla­ra de los sus­pi­ros, de ese ai­re que vuel­ve al ai­re, lle­ván­do­se al­go de los can­san­cios, de las es­pe­ran­zas y de las me­lan­co­lías de los hom­bres!

Aun sien­do poe­ta y ha­cien­do el poe­ma ma­ra­vi­llo­so, no po­dría ha­blar de otro sus­pi­ro... del sus­pi­ro que vie­ne a to­dos los pe­chos hu­ma­nos cuan­do com­pa­ran la fe­li­ci­dad ob­te­ni­da, el sa­bor co­no­ci­do, el pai­sa­je vis­to, el amor fe­liz, con las fe­li­ci­da­des que so­ña­ron, que no se rea­li­zan ja­más, que no ofre­ce nun­ca la reali­dad, y que to­dos nos for­ja­mos en inú­ti­les en­sue­ños.

Jo­sé Asunción Sil­va

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