La emo­ti­va car­ta de un hi­jo a su ma­dre que to­das las ma­más de­be­rían leer

La Opinión - Imágenes - - Portada - Va­ri­nia Sig­no­re­lli C.

(La si­có­lo­ga chi­le­na Va­ri­nia Sig­no­re­lli nos mues­tra una con­mo­ve­do­ra car­ta en la que un hi­jo le di­ce a su ma­dre to­do lo que pien­sa so­bre su la­bor).

“Acá es­toy. Por n me tie­nes en bra­zos co­mo so­ña­bas o co­mo te­mías; sea co­mo sea es­toy acá, y res­pi­ro so­bre ti. Te mi­ro por­que tus ojos tie­nen luz y es ca­si lo úni­co que pue­do ver bien. Sien­to olo­res dis­tin­tos y otras tex­tu­ras, la fuer­za de gra­ve­dad me ha­la ha­cia aba­jo y te­mo caer: pe­ro vie­nen tus ma­nos y me acu­nan, así es que na­da ma­lo pue­de pa­sar. Los pri­me­ros mo­men­tos son in­ten­sos, pe­ro ca­da día se­rá más fá­cil y me­nos abru­ma­dor. Pa­ra mí tam­bién lo se­rá, no es fá­cil es­tar acá afue­ra, pe­ro pue­des ha­cer­me sen­tir muy bien cuan­do sien­to tu cuer­po cer­ca.

Ma­má, dé­ja­te lle­var por lo que ne­ce­si­to, no lu­ches. Soy par­te de tu cuer­po y es­toy de tu la­do. No vine a pe­lear ni a ha­cer­te las co­sas di­fí­ci­les; vine a mos­trar­te lo que eres, de lo que eres ca­paz. Soy la luz que alum­bra­rá tus rin­con­ci­tos os­cu­ros y te ayu­da­ré a co­no­cer­te me­jor. Soy par­te de tu cuer­po, sién­te­me, has lo que tu ins­tin­to di­ga, no es­cu­ches ni creas, crée­me a mí, por­que tú mis­ma me creas­te.

Ol­ví­da­te de las ho­ras, dis­fru­ta. Ha­brá días que se­rán no­ches y no­ches que se­rán días, pe­ro si te de­jas lle­var nos ten­dre­mos el uno al otro y to­do se­rá más fá­cil.

Es­ta es la vi­da real, el amor real, el can­san­cio real, la fe­li­ci­dad real, lo de­más fue en­sa­yo. Pe­ro si no te re­sis­tes a de­jar­te lle­var, se­rá ma­ra­vi­llo­so.

To­do lo que se ve ya no lo ne­ce­si­tas, ne­ce­si­tas eso que vie­ne de aden­tro y que no se re eja: ol­ví­da­te del es­pe­jo, tu cuer­po es per­fec­to por­que me sos­tie­ne y me hace sen­tir vi­vo, man­te­ner­me vi­vo. Sin ese cuer­po na­die exis­ti­ría. Siem­pre se­rás la de an­tes, pe­ro ten­drás la opor­tu­ni­dad de lle­gar a tu me­jor ver­sión. No te an­gus­ties, se pa­sa rá­pi­do, muy rá­pi­do.

Ma­má que­ri­da, gra­cias por amar­me tan­to. Aun­que a ve­ces quie­ras tu vi­da de vuel­ta y pien­ses en ir­te le­jos pa­ra po­der es­tar en paz, eso tam­bién es par­te de ser ma­má y a to­das les pa­sa, pe­ro es un se­cre­to que na­die cuen­ta.

Las no­ches en ve­la, el tra­ba­jo dia­rio, to­do lo que has de­ja­do de la­do por mí lo ten­dré en cuen­ta y lo de­ja­ré plas­ma­do en mi co­ra­zón. Este tra­ba­jo que tie­nes, el de cui­dar­me, su­ma­do a to­dos los tra­ba­jos que tie­nes que ha­cer dia­ria­men­te, sin du­da son la ba­se de nues­tra so­cie­dad. Gra­cias por tra­tar­me con res­pe­to por­que me en­se­ñas a res­pe­tar a los de­más, gra­cias por res­pon­der a mis ne­ce­si­da­des y co­rrer an­te mi llan­to, así me en­se­ñas que soy me­re­ce­dor de amor y que de adul­to de­bo que­rer­me co­mo tú me quie­res. Gra­cias por lo que cons­tru­yes, por­que en el fon­do cons­trui­mos jun­tos, y aun­que es­te­mos ro­dea­dos de gen­te o so­los, siem­pre se­rá un te­ma de dos.

Te ado­ro, Ma­má.

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