‘Las flo­res del mal’

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Char­les Bau­de­lai­re

Poe­ta, no­ve­lis­ta y crí­ti­co de ar­te fran­cés, na­ci­do en Pa­rís en 1821. Con­si­de­ra­do co­mo mo­de­lo y pa­dre de la poe­sía mo­der­na, pu­bli­có en 1857 su má­xi­ma obra, “Las flo­res del mal”, desatan­do una gran po­lé­mi­ca por con­si­de­rar­la co­mo una ofen­sa con­tra la mo­ral pú­bli­ca. Lue­go apa­re­cie­ron “Pe­que­ños poe­mas en pro­sa” y Pa­raí­sos ar­ti­fi­cia­les pu­bli­ca­dos en 1860. La sí­fi­lis le pro­du­jo afa­sia y pa­rá­li­sis par­cial que lo con­du­jo a la muer­te en 1867. TRISTEZAS DE LA LUNA

Es­ta no­che la luna sueña con más pe­re­za, Cual si fue­ra una be­lla hun­di­da en­tre co­ji­nes Que aca­ri­cia con mano dis­cre­ta y li­ge­rí­si­ma, An­tes de ador­me­cer­se, el con­torno del seno. So­bre el dor­so de se­da de des­li­zan­tes nu­bes, Mo­ri­bun­da, se en­tre­ga a pro­lon­ga­dos éx­ta­sis, Y pa­sea su mi­ra­da so­bre vi­sio­nes blan­cas, Que as­cien­den al azul igual que flo­ra­cio­nes. Cuan­do so­bre es­te glo­bo, con lan­gui­dez ocio­sa, Ella de­ja ro­dar una fur­ti­va lá­gri­ma, Un pia­do­so poe­ta, enemi­go del sue­ño, De su mano en el hue­co, co­ge la fría go­ta co­mo un frag­men­to de ópa­lo de iri­sa­dos re­fle­jos. Y la guar­da en su pe­cho, le­jos del sol vo­raz.

CAM­PA­NA HENDIDA

En las no­ches de in­vierno es amargo y es dul­ce Es­cu­char, jun­to al fue­go que pal­pi­ta y humea, Co­mo se al­zan muy len­tos los re­cuer­dos le­ja­nos Al son de ca­ri­llo­nes que sue­nan en la bru­ma. ¡Fe­liz cam­pa­na aque­lla de enér­gi­ca gar­gan­ta Que, pe­se a su ve­jez, con­ser­va­da y aler­ta, Con fi­de­li­dad lan­za su gri­to re­li­gio­so ¡Co­mo un vie­jo sol­da­do que vi­gi­la en su tien­da! Pe­ro mi al­ma es­tá hendida, y, cuan­do en sus has­tíos, Quie­re po­blar de can­tos la frial­dad noc­tur­na, Con fre­cuen­cia su­ce­de que su can­sa­da voz Se­me­ja al es­ter­tor de un he­ri­do ol­vi­da­do Jun­to a un la­go de san­gre, ba­jo un mon­tón de muer­tos, Que ex­pi­ra, sin mo­ver­se, en­tre es­fuer­zos in­men­sos.

ELE­VA­CIÓN

Por en­ci­ma de es­tan­ques, por en­ci­ma de va­lles, De mon­ta­ñas y bos­ques, de ma­res y de nu­bes, Más allá de los so­les, más allá de los éte­res, Más allá del con­fín de es­tre­lla­das es­fe­ras, Te des­pla­zas, mi es­pí­ri­tu, con to­da agi­li­dad Y co­mo un na­da­dor que se ex­ta­sía en las olas, Ale­gre­men­te sur­cas la in­men­si­dad pro­fun­da Con vo­lup­tuo­si­dad in­de­ci­ble y vi­ril. Es­cá­pa­te muy le­jos de es­tos mór­bi­dos mias­mas, Sube a pu­ri­fi­car­te al ai­re su­pe­rior Y apu­ra, co­mo un no­ble y di­vino li­cor, La luz cla­ra que inun­da los lím­pi­dos es­pa­cios. De­trás de los has­tíos y los hon­dos pe­sa­res Que abru­man con su pe­so la ne­bli­no­sa vi­da, ¡Fe­liz aquel que pue­de con brio­so ale­teo ¡Lan­zar­se ha­cia los cam­pos lu­mi­no­sos y cal­mos! Aquel cu­yas ideas, cual si fue­ran alon­dras, Le­van­tan ha­cia el cie­lo ma­tu­tino su vue­lo -¡Que pla­nea so­bre to­do, y sa­be sin es­fuer­zo, ¡La len­gua de las flo­res y de las co­sas mu­das!

LA DES­TRUC­CIÓN

A mi la­do sin tre­gua el De­mo­nio se agi­ta; En torno de mi flo­ta co­mo un ai­re im­pal­pa­ble; Lo tra­go y no­to có­mo abra­sa mis pul­mo­nes De un de­seo lle­nán­do­los cul­pa­ble e in­fi­ni­to. To­ma, a ve­ces, pues sa­be de mi amor por el Ar­te, De la más se­duc­to­ra mu­jer las apa­rien­cias, y acu­dien­do a es­pe­cio­sos pre­tex­tos de adu­lón Mis la­bios acos­tum­bran a fil­tros de­pra­va­dos. Le­jos de la mi­ra­da de Dios así me lle­va, Ja­dean­te y des­he­cho por la fa­ti­ga, al cen­tro De las hon­das y so­las pla­ni­cies del Has­tío, Y arro­ja an­te mis ojos, de con­fu­sión re­ple­tos, Ves­ti­du­ras man­cha­das y en­tre­abier­tas he­ri­das, ¡Y el san­grien­to apa­ra­to que en la Des­truc­ción vi­ve!

REVERSIBILIDAD

Án­gel lleno de go­zo, ¿sabes lo que es la an­gus­tia, La cul­pa, la ver­güen­za, el has­tío, los so­llo­zos Y los va­gos te­rro­res de esas ho­rri­bles no­ches que al co­ra­zón opri­men cual pa­pel aplas­ta­do? Án­gel lleno de go­zo, ¿sabes lo que es la an­gus­tia? Án­gel de bon­dad lleno, ¿sabes lo que es el odio, Las lá­gri­mas de hiel y los pu­ños cris­pa­dos, Cuan­do su in­fer­nal voz le­van­ta la ven­gan­za ven ca­pi­tán se eri­ge de nues­tras fa­cul­ta­des? Án­gel de bon­dad lleno: ¿sabes lo que es el odio? Án­gel de sa­lud lleno, ¿sabes lo que es la Fie­bre, Que a lo lar­go del mu­ro del le­cho­so hos­pi­tal, Co­mo los exi­lia­dos, mar­cha con pie can­sino, en pos del sol es­ca­so y mo­vien­do los la­bios? Án­gel de sa­lud lleno, ¿sabes lo que es la Fie­bre? Án­gel de bel­dad lleno, ¿sabes de las arru­gas? ¿Y el mie­do a en­ve­je­cer, y ese odio­so tor­men­to De leer el se­cre­to ho­rror del sa­cri­fi­cio en ojos don­de un día los nues­tros abre­va­ron? Án­gel de bel­dad lleno, ¿sabes de las arru­gas? ¡Án­gel lleno de di­cha, de luz y de ale­gría! Da­vid ago­ni­zan­te cu­ra­ción pe­di­ría A las ema­na­cio­nes de tu cuer­po he­chi­ce­ro; Pe­ro de ti no im­plo­ro, án­gel, sino ple­ga­rias, ¡Án­gel lleno de di­cha, de luz y de ale­gría! Da­vid: alu­sión a la le­yen­da, se­gún la cual, el rey Da­vid, de­bi­li­ta­do por la edad, tra­tó de re­co­brar sus fuer­zas me­dian­te el con­tac­to con cuer­pos jó­ve­nes.

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