El jar­di­ne­ro

La Opinión - Imágenes - - Portada - Ra­bin­dra­nath Ta­go­re

El jar­di­ne­ro es una an­to­lo­gía rea­li­za­da per­so­nal­men­te por el poe­ta. Ba­jo los ár­bo­les, al ai­re li­bre, en pleno con­tac­to con la na­tu­ra­le­za, los ni­ños apren­dían a desa­rro­llar sus sen­ti­dos, a co­no­cer y a controlar su cuer­po, edu­cán­do­se en el res­pe­to ha­cia sí mis­mos y ha­cia sus com­pa­ñe­ros. Allí, ba­jo las ra­mas, des­cu­brie­ron que la na­tu­ra­le­za for­ma par­te in­di­so­lu­ble del hom­bre y su­pie­ron que quien la com­pren­da se­rá afor­tu­na­do, pues ha­brá des­cu­bier­to el resplandor de las co­sas sen­ci­llas de la vi­da.

FRAG­MEN­TOS II

“Ay, poe­ta, se acer­ca la no­che; tu pe­lo se es­tá po­nien­do cano.

¿Oyes en tus me­di­ta­cio­nes so­li­ta­rias el men­sa­je del más allá?”.

“Se es­tá ha­cien­do de no­che, di­jo el poe­ta, y yo es­toy es­cu­chan­do por­que al­guien pue­de lla­mar­me des­de la al­dea, aun­que sea tar­de.

Ob­ser­vo por si dos co­ra­zo­nes jó­ve­nes y erran­tes se en­cuen­tran, y dos pa­res de ojos ar­dien­tes su­pli­can que sue­ne una mú­si­ca que rom­pa su si­len­cio y ha­ble por ellos.

¿Quién hay que te­ja sus can­cio­nes apa­sio­na­das si yo me sien­to en la ri­be­ra de la vi­da a con­tem­plar la muer­te y el más allá?”.

“Des­apa­re­ce la pri­me­ra es­tre­lla de la no­che.

El resplandor de una pi­ra fu­ne­ra­ria se ex­tin­gue des­pa­cio jun­to al río ca­lla­do.

Los cha­ca­les aú­llan a co­ro des­de el pa­tio de la ca­sa de­sier­ta a la luz de la lu­na can­sa­da. Si al­gún pa­sean­te, de­jan­do su ca­sa, vi­nie­ra aquí a ob­ser­var la no­che y a es­cu­char con la ca­be­za ba­ja el mur­mu­llo de la os­cu­ri­dad, ¿quién es­ta­ría aquí pa­ra su­su­rrar­le al oí­do los se­cre­tos de la vi­da si yo, ce­rran­do mis puer­tas, tra­ta­ra de li­be­rar­me de las mor­ta­les ata­du­ras?”. “Po­co im­por­ta que mi pe­lo se es­té po­nien­do cano. Siem­pre soy tan jo­ven y tan vie­jo co­mo el más jo­ven y el más vie­jo de es­ta al­dea.

Unos tie­nen una son­ri­sa dul­ce y sen­ci­lla, y otros tie­nen en los ojos un cen­te­lleo de as­tu­cia.

Unos tie­nen lá­gri­mas que bro­tan a la luz del día y, otros, lá­gri­mas que se ocul­tan en la os­cu­ri­dad.

To­dos ellos me ne­ce­si­tan, y yo no ten­go tiem­po pa­ra me­di­tar so­bre la vi­da de des­pués.

Ten­go la edad de ca­da cual, ¿qué im­por­ta si mi pe­lo se es­tá po­nien­do cano?”.

III

Por la ma­ña­na eché mi red al mar. Sa­qué del ne­gro abis­mo co­sas de as­pec­to ex­tra­ño y de ex­tra­ña be­lle­za: unas res­plan­de­cían co­mo una son­ri­sa, otras cen­te­llea­ban co­mo lá­gri­mas, y otras en­ro­je­cían co­mo las me­ji­llas de una no­via. Cuan­do con la car­ga del día vol­ví a ca­sa, mi amor es­ta­ba sen­ta­da en el jar­dín des­ho­jan­do ocio­sa los pé­ta­los de una or. Du­dé un ins­tan­te, y lue­go co­lo­qué a sus pies to­do lo que ha­bía sa­ca­do, y me que­dé en si­len­cio. Ella las mi­ró por en­ci­ma y di­jo: “¿Qué son es­tas co­sas ra­ras? ¡No sé pa­ra qué sir­ven!”. Ba­jé la ca­be­za, aver­gon­za­do y pen­sé: “No he lu­cha­do por ellas, no las com­pré en el mer­ca­do; no son re­ga­los dig­nos de ella”. Du­ran­te to­da la no­che es­tu­ve arro­ján­do­las una a una a la ca­lle. Por la ma­ña­na vi­nie­ron unos via­je­ros; las re­co­gie­ron y se las lle­va­ron a paí­ses le­ja­nos.

IX

Cuan­do voy de no­che a mi ci­ta de amor, los pá­ja­ros no can­tan, el vien­to no se mue­ve, las ca­sas de am­bos la­dos de la ca­lle es­tán si­len­cio­sas.

Son mis ajor­cas las que tin­ti­nean fuer­te­men­te, y me da ver­güen­za.

Cuan­do me sien­to en mi bal­cón y es­cu­cho sus pi­sa­das, las ho­jas no su­su­rran en los ár­bo­les, y el agua es­tá se­re­na en el río co­mo la es­pa­da en las ro­di­llas de un cen­ti­ne­la que se ha que­da­do dor­mi­do.

Es mi co­ra­zón el que la­te con furia. No sé có­mo aquie­tar­lo.

Cuan­do lle­ga mi amor y se sien­ta a mi la­do, cuan­do tiem­bla mi cuer­po y se me cie­rran los pár­pa­dos, la no­che se en­som­bre­ce, el vien­to apa­ga la lám­pa­ra, y las nu­bes cu­bren con un ve­lo las es­tre­llas.

Es la jo­ya de mi pe­cho la que bri­lla y da luz. No sé có­mo ocul­tar­la.

XV

Co­rro co­mo co­rre un al­miz­cle­ro a la som­bra del bos­que, en­lo­que­ci­do por su pro­pio per­fu­me.

La no­che es la no­che de me­dia­dos de ma­yo, la bri­sa es la bri­sa del sur.

Pier­do mi ca­mino y voy erran­te, bus­co lo que no pue­do en­con­trar, en­cuen­tro lo que no bus­co.

Sa­le de mi co­ra­zón la ima­gen de mi pro­pio de­seo y se po­ne a bai­lar.

Re­vo­lo­tea la ful­gu­ran­te vi­sión. Yo tra­to de co­ger­la con fuer­za, me evi­ta y ha­ce que me ex­tra­víe.

Bus­co lo que no pue­do en­con­trar, en­cuen­tro lo que no bus­co.

XXII

Cuan­do pa­só por mi la­do con pa­sos ve­lo­ces, el bor­de de su fal­da me ro­zó.

Des­de la is­la des­co­no­ci­da de un co­ra­zón vino un so­plo de ai­re pri­ma­ve­ral re­pen­tino y cá­li­do.

La vi­bra­ción de un rá­pi­do con­tac­to me ro­zó y se des­va­ne­ció, co­mo un pé­ta­lo arran­ca­do a una or a im­pul­sos de la bri­sa.

Ca­yó en mi co­ra­zón co­mo un sus­pi­ro de su cuer­po y un su­su­rro de su co­ra­zón.

XLVI

Me de­jas­te y se­guis­te tu ca­mino. Creí que es­ta­ría tris­te sin ti y que pon­dría en mi co­ra­zón so­la­men­te tu ima­gen la­bra­da en una can­ción de oro. Pe­ro, ay, ma­la suer­te mía, el tiem­po es bre­ve. La ju­ven­tud se mar­chi­ta año tras año; los días de pri­ma­ve­ra son fu­ga­ces; las frá­gi­les ores se mue­ren pa­ra na­da, y el sa­bio me ad­vier­te que la vi­da es só­lo una go­ta de ro­cío en la ho­ja de un lo­to. ¿Ha­bré de ol­vi­dar­me de to­do es­to pa­ra que­dar­me con­tem­plan­do a la que me ha vuel­to la es­pal­da?

Es­to se­ría du­ro y ne­cio, pues el tiem­po es bre­ve.

Ve­nid, pues, no­ches de llu­via mías, con vues­tros pies pe­que­ños; son­ríe, do­ra­do oto­ño mío; ven, ato­lon­dra­do abril, que lan­zas be­sos por do­quier. ¡Ven tú, y tú, y tú tam­bién! Amo­res míos, sa­béis que so­mos mor­ta­les. ¿Es sen­sa­to des­tro­zar­se el co­ra­zón por una que se lle­va el su­yo le­jos? Pues el tiem­po es bre­ve.

Es dul­ce sen­tar­se en un rin­cón y es­cri­bir en ver­so que eres to­do mi mun­do.

Es he­roi­co abra­zar­se al do­lor y de­ci­dir no ser con­so­la­do.

Pe­ro un nue­vo ros­tro se aso­ma a mi puer­ta y le­van­ta sus ojos a los míos.

No pue­do sino se­car­me las lá­gri­mas y cam­biar el ai­re de mi can­ción.

Pues el tiem­po es bre­ve.

LXXV

El que que­ría ser as­ce­ta de­cla­ró: “Ha lle­ga­do la ho­ra de que de­je mi ca­sa y bus­que a Dios. Ay, ¿quién me ha man­te­ni­do tan­to tiem­po en es­te en­ga­ño?”.

Dios su­su­rró: “Yo”, pe­ro los oí­dos del hom­bre es­ta­ban ta­pa­dos.

Con un ni­ño dor­mi­do en el pe­cho es­ta­ba su mu­jer dur­mien­do apa­ci­ble­men­te a un la­do de la ca­ma. Di­jo el hom­bre: “¿Quié­nes sois que me ha­béis en­ga­ña­do du­ran­te tan­to tiem­po?”. La voz ha­bló de nue­vo: “Ellos son Dios”, pe­ro él no oía. El ni­ño gri­tó en sue­ños, es­tre­chán­do­se más a su ma­dre. Dios or­de­nó: “De­ten­te, lo­co, no aban­do­nes tu ca­sa”, pe­ro él se­guía sin oír. Dios sus­pi­ró y se que­jó: “¿Por qué mi sier­vo an­da erran­te en mi bus­ca, aban­do­nán­do­me?”.

LXXIX

Con fre­cuen­cia me pre­gun­to dón­de se en­cuen­tran los lí­mi­tes del re­co­no­ci­mien­to en­tre el hom­bre y el ani­mal cu­yo co­ra­zón ig­no­ra to­do el len­gua­je ha­bla­do.

¿A tra­vés de qué pa­raí­so ori­gi­nal en una ma­ña­na re­mo­ta de la crea­ción se ex­ten­día el sen­ci­llo ca­mino por el que sus co­ra­zo­nes se vi­si­ta­ban?

Aque­llas hue­llas de su pa­so cons­tan­te no se han bo­rra­do to­da­vía, aun­que su pa­ren­tes­co se ha­ya ol­vi­da­do ha­ce mu­cho tiem­po.

No obs­tan­te, con al­gu­na mú­si­ca sin pa­la­bras, el va­go re­cuer­do se des­pier­ta de pron­to, y el ani­mal mi­ra al hom­bre a la ca­ra con tier­na con an­za, y el hom­bre ba­ja la vis­ta ha­cia sus ojos con di­ver­ti­do afec­to.

Pa­re­ce que los dos ami­gos se en­cuen­tran en­mas­ca­ra­dos, y que se re­co­no­cen en­tre sí a tra­vés de su dis­fraz.

LXXXV

¿Quién eres, lec­tor, que lees mis poe­mas den­tro de cien años?

No pue­do en­viar­te ni una so­la or de es­ta abun­dan­cia de la pri­ma­ve­ra, ni un so­lo ra­yo de oro de esas nu­bes. Abre tus puer­tas y mi­ra fue­ra. De tu jar­dín ore­cien­te co­ge los fra­gan­tes re­cuer­dos de las ores que des­apa­re­cie­ron cien años atrás.

En el go­zo de tu co­ra­zón has de sen­tir el go­zo vi­vo que can­tó una ma­ña­na de pri­ma­ve­ra, en­vian­do su ale­gre voz a tra­vés de cien años.

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